Opinión / Columna
 
Fidencio Aguilar Víquez 
Equidad electoral
El Sol de Puebla
29 de julio de 2009

  Fidencio Aguilar Víquez*

Los vasos medios llenos o medios vacíos, aquello que hace distintas las perspectivas, que define a los optimistas de los pesimistas, tienen algún referente en estas poco más de tres décadas de andamiaje electoral que se ha construido en el país.

Primero fue la legalidad en oposición a la clandestinidad y a la lucha armada (con sus luces y sus sombras) la que significó un paso en la participación de la sociedad y de los ciudadanos en los asuntos públicos. Luego fue la ciudadanización, como factor de confianza en los organismos electorales, lo que dibujó un paso más en la democratización del país.

Más tarde fue el dinero público y la fiscalización del mismo en las arcas de los partidos. Luego de esto, fue el acceso equitativo a los medios de comunicación. Pero, al tiempo que se resolvían problemas, surgían nuevos y más complejos; y uno de ellos fue, justamente, la necesidad de regular precampañas y actos anticipados de precampañas. En fin, el problema latente, de principio a fin, seguía siendo la equidad de las contiendas, tanto al interior de los partidos como entre éstos.

Aunado a lo anterior, el tema del acceso a medios masivos, en particular radio y televisión; el dinero se volcaba en ellos que la reforma de 2007 quiso resolver ese problema centralizando dicho acceso en el IFE y, además, restringiendo la contratación de esos espacios a particulares. Si eso restringe la libertad de expresión o no, es un tema que también se vuelve discutible y necesariamente de debate.

Pero el problema latente, sin duda, es el de la equidad; para eso se buscó, con la mencionada reforma, que no fuera el dinero en radio y televisión un factor de inequidad, y sin embargo uno se puede preguntar, ¿y no sigue la inequidad cuando, sobre todo funcionarios públicos, se placean en esos medios generando ventajas de imagen y exposición al público electoral?

Eso busca regular la legislación cuando pretende establecer las reglas de precampañas, pero queda la duda, como ocurre en el ámbito local, ¿y de qué sirve eso sí, en el criterio de las autoridades jurisdiccionales, sólo se vuelven sancionables dichos movimientos dentro del marco temporal de los periodos de precampañas?

Es decir, fuera de esos espacios temporales de precampañas, los actos de promoción se vuelven indefinibles justamente porque no se encuadran en el marco temporal referido, pero esa indefinición en los hechos lo que genera es lo que se buscaba evitar: la ventaja de los actores que, dada su posición pública, mantienen una exposición mediática que otros actores o miembros de partido político no tienen.

Ese problema no es nuevo, en la acción de inconstitucionalidad 26/2003 promovida ante la Suprema Corte por el Partido del Trabajo en contra de la ley electoral de Baja California Sur, el ministro Góngora hacía notar justamente eso: cómo la inmovilidad (en este caso una regulación de precampañas) lo que hace es beneficiar a las grandes figuras de un partido, o a los funcionarios públicos en funciones, limitando a los militantes comunes y corrientes o a los ciudadanos de a pie.

Si no se atiende este problema, la inequidad seguirá subsistiendo bajo las sutiles formas de la influencia mediática y sus extensiones en la prensa escrita y las columnas políticas. Este es, sin duda, uno de los grandes retos para las democracias contemporáneas, amenazadas, como sostiene Vargas Llosa, por "un sistema que, además de mostrar una creciente ineptitud para resolver los problemas, parece en tantos países paralizado por la corrupción, la rutina, la burocracia y la mediocridad" (1).

Por paradójico que parezca, justamente el desinterés y la apatía de grandes sectores de la sociedad sobre estos temas representan el abono propicio para que la inequidad campee y se alce victoriosa, y la democracia se vuelva tan inútil que se anhele, por momentos, el retorno del autoritarismo. Venezuela, Perú y hasta Honduras, al decir de varios periodistas y escritores, se presentan como íconos de esos derroteros.



Nota bibliográfica:



(1) Vargas Llosa, Mario: El lenguaje de la pasión. Un auténtico legado que proporciona las claves para entender la complejidad de nuestro tiempo, Punto de lectura, Madrid, 2a. ed. octubre 2002, p. 33.



*Consejero electoral del IEE.


 
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