Opinión / Columna
 
Fidencio Aguilar Víquez 
La verdad de las mentiras
El Sol de Puebla
3 de junio de 2009

  "Una persona que no lee, o lee poco, o lee sólo basura, puede hablar mucho

pero dirá siempre pocas cosas":

MARIO VARGAS LLOSA

Fidencio Aguilar Víquez*

Al leer estas líneas de Vargas Llosa (La verdad de las mentiras, 2007) ha acudido a mi mente la imagen de cierto preciso personaje que habla mucho, rápidamente, de manera atropellada y que, me da la impresión, no digiere lo que dice. De ahí que diga una cosa y a los siguientes minutos, al increparle el sentido de su palabra, diga algo así: "A ver, ¿a qué hora dije eso?" Y si se le responde (con dos o más testigos afirmando) que lo dijo casi en el instante anterior, nuestro preciso personaje añade: "No, yo no dije eso". Con lo cual, el referido, emite este mensaje: "Lo dije, pero no lo dije".

Tal actitud, además de consignar un elenco mínimo y deficiente de palabras para expresarse, denota no sólo una limitación verbal sino -dice Vargas Llosa (2007: 410)- "al mismo tiempo, una limitación intelectual y de horizonte imaginario, una indigencia de pensamientos y de conocimientos". Y ello por una sencilla razón: las palabras son el signo del pensamiento, del entendimiento, de los conceptos y de las ideas. Con alguien que carece de estos, resulta imposible hablar.

Por eso es importante la buena literatura, sobre todo para una sociedad que dícese ser democrática, pues a través de ella (la literatura) el espíritu crítico ha hecho posible las luchas por las libertades políticas ante lo omnímodo que quieren ser los poderes establecidos.

La literatura, en primer lugar, pone en común rasgos de humanidad que permiten que nos entendamos: experiencias, imágenes, ideas, palabras, gracias a lo cual "los seres vivientes se reconocen y dialogan, no importa cuán distintas sean sus ocupaciones y designios vitales, las geografías y las circunstancias en que se hallen, e, incluso, los tiempos históricos que determinen su horizonte." (Vargas Llosa, 2007: 406).

En segundo lugar, entre otros, la literatura nos recuerda que el mundo que vivimos "está mal hecho, que mienten quienes pretenden lo contrario -por ejemplo, los poderes que lo gobiernan-, y que podría estar mejor, más cerca de los mundos que nuestra imaginación y nuestro verbo son capaces de inventar." (Vargas Llosa, 2007: 416).

Los libros, las novelas, la literatura, muestran siempre nuestra rebeldía, nuestra insatisfacción, nuestra inconformidad con este mundo, con estas circunstancias, con estas condiciones con las cuales nuestra dignidad no compagina; "el hombre rechaza al mundo tal como es", sostiene Camus (1989: 291), "sin aceptar abandonarlo." Esa es nuestra condición y nuestra contradicción. La literatura nos la muestra a cada rato.

Pero incluso para construir una sociedad cada vez más libre, más crítica y más constructiva es necesaria la (buena) literatura: "Para formar ciudadanos críticos e independientes, difíciles de manipular, en permanente movilización espiritual y con una imaginación siempre en ascuas" (Vargas Llosa, 2007: 416). Sin esta rebeldía, si no dejamos la mediocridad, "viviríamos todavía en un estadio primitivo" (Vargas Llosa, 2007: 418). Más aún, la literatura es necesaria para denunciar esas condiciones primitivas, "donde a menudo yacen las motivaciones de las conductas y los comportamientos inusitados" (Vargas Llosa, 2007: 422).

Por eso, cuando un personaje como el presidente del Instituto Electoral se contradice y, a nombre de la transparencia oculta información (que debe conocer toda la ciudadanía, como lo son los informes de auditoría y de contraloría), uno no puede sino indignarse: porque atenta contra el corazón mismo de una democracia que se precie de serlo, es decir, rendir cuentas, sobre todo cuando se trata de dinero público.

Pero eso no es todo, su actitud no colabora a construir una sociedad abierta, sino una sociedad cerrada. "En una sociedad cerrada el poder no sólo se arroga el privilegio de controlar las acciones de los hombres -lo que hacen y lo que dicen-; aspira también a gobernar su fantasía, sus sueños y, por supuesto, su memoria." (Vargas Llosa, 2007: 27). Parece que no bastó el siglo XX con sus guerras y totalitarismos.

Quizá es necesario que alguien le recuerde al susodicho personaje que ya estamos en el siglo XXI y, claro, que tiene que leer, aunque sea poco, cosas que valgan la pena. Ah, por cierto, cuando él manifiesta que duda de que yo lea, quizá no se da cuenta que cuando uno habla, por cortesía, tiene que ponerse al nivel de su interlocutor.



Bibliografía:

Camus, Albert (1989): El hombre rebelde, Alianza Losada, México.

Vargas Llosa, Mario (2007): La verdad de las mentiras, Punto de lectura, Madrid.



*Consejero electoral del IEE.


 
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