Opinión / Columna
 
Fidencio Aguilar Víquez 
¿Realidad o ficción?
El Sol de Puebla
27 de mayo de 2009

  Fidencio Aguilar Víquez*

¿Qué es lo que, en el fondo, distingue a una realidad de una ficción? O bien, ¿qué distingue una historia real de una historia inventada? ¿Cuáles son los rasgos esenciales de una y de otra? Quizá sea ahí, en los elementos esenciales, donde se puedan encontrar no tanto las diferencias sino las cosas en común que tiene la realidad y la ficción, la historia y la novela: ambas son narraciones de sucesos, ambas muestran personajes, hechos, situaciones y tramas, derroteros, secuencias, en fin, un hilo conductor que hilvane momentos previos con momentos subsecuentes, cadenas temporales.

En cierto sentido, no habría diferencia entre una (la historia) y otra (la novela) ya que ambas muestran no sólo personajes y situaciones eslabonados por momentos temporales, sino hasta un argumento que seguir, una actuación, un destino. Y, sin embargo, en apariencia distinguimos perfectamente cuando una narración es historia y cuando es novela. De manera simple, una ocurre en la realidad, fuera del sujeto, de la mente del sujeto, y otra, la novela, no es sino el resultado de la imaginación del sujeto.

Cuando estudiaba mis últimos semestres de la carrera de filosofía la cuestión me llevó a dos textos que me ilustraron al respecto, uno era de Antonio Millán Puelles (1955: 25ss) y el otro de Carlos Baliñas (1965: 45-47). La clave estaba, y así lo acepté, en que, desde el punto de vista esencial (tomada la esencia en sí misma) la historia y la novela no se distinguen; y se distinguen en el plano existencial (una se realiza y otra no). Y luego vendrían otras distinciones entre el plano fáctico (que estudiaría la historia) y el plano óntico (que estudiaría la ontología o filosofía de la historia).

Algunas otras distinciones advendrían a mi acervo mientras me convertía yo en profesor de filosofía de la historia, como las de García Venturini (1972: 22-26), donde recorría tesis de diversos autores clásicos y contemporáneos, como la de Hegel y su definición de filosofía de la historia: "la consideración pensante de la historia"; o la de Sawicki, definida como la deducción de causas y leyes de los hechos históricos; o la de Collingwood, en el sentido de (ser la filosofía de la historia) una inquisición especial que escruta la actividad de la investigación histórica organizada y sistemática.

Otros dos textos que volvieron a iluminarme el camino -respecto a la historia como realidad, en oposición a la ficción- fueron el de Jacques Maritain (1985) y el de Jean Guitton (1977); uno, me ayudó a comprender ciertas "leyes", en el sentido de humanización de la historia; y el otro a vislumbrar el tema del destino como una proyección benéfica no para la humanidad en general, sino para cada persona en particular y en lo personal.

Yo tenía, sin embargo, la sensación (sí, sensación, literalmente) de que la verdadera historia no es la que se ve, sino la que no se ve, la que se calla, la que queda en lo recóndito de la conciencia humana; en suma, no sé cómo ni por qué, pero creía que la historia verdadera y auténtica es la que sucede en el corazón del ser humano. Seguramente esta tesis se la debía yo a san Agustín (1988: 142), en el sentido de que en el corazón humano se define la lucha entre los ciudadanos de la ciudad terrena y los de la ciudad celeste.

Con el paso del tiempo, desde luego, esta convicción (de que la historia verdadera no es la que se reconstruye por los documentos, puesto que éstos se pueden alterar, sino la que acaece en el corazón de cada hombre o mujer) me salió al encuentro de nueva cuenta, aunque ahora más complicada, en el vínculo entre historia y novela.

Resulta que la historia y la novela, ambas, muestran algo y ocultan algo; o, para ser más preciso, muestran verdades y también las ocultan. La historia, en efecto, a través del documento y el monumento, muestra la verdad de los hechos, aunque no toda y, a veces, no suficientemente. Más aún, tanto el documento como el monumento pueden alterarse y modificarse, por lo cual, los historiadores serios ya no dan tanta validez a los documentos oficiales y tiene que prestar mayor atención a otros elementos no oficiales como los testimonios deshilvanados de la gente sencilla y hasta de los periódicos y pasquines.

Por otra parte, la novela -que parte del hecho de ser una ficción- tiende a mostrar también una serie de verdades que sólo mediante la narrativa puede ser mostrada, y eso por una razón sencilla: los seres humanos no estamos conformes con la vida que vivimos y, en el fondo, querríamos cambiarla. La novela muestra los deseos y los sueños que le permiten al hombre y la mujer salir de la dureza de la vida cotidiana: salir de ese caos y entrar en un "orden" deseado donde se cumplan sus expectativas.

La ficción, como escribe Vargas Llosa (2007: 24), le permite al ser humano tomar una alternativa ante lo complicado de la existencia y de su dureza: "Salir de sí mismo, ser otro, aunque sea ilusoriamente, es una manera de ser menos esclavo y de experimentar los riesgos de la libertad."

A final de cuentas, "somos lo que hemos visto" (Botero, 2006: 168); pero más aun, como escribió Valle Inclán, las cosas no son como las vemos, sino como las recordamos. Y yo sé un tipejo que, cobijado por el burocratismo de una institución pública, oculta la verdad, alterando documentos, oscureciendo información (protegido por un sistema, claro). Por ello, ante una situación así de grave, la novela podrá mostrarnos lo que los documentos oficiales son incapaces de hacer.

¿No fue así como se descubrió que Leopoldo II, rey belga y colonizador de El Congo, había engañado a toda Europa (mostrándose como el cristianísimo benefactor de los africanos) y se había enriquecido inconmensurablemente a costa de la vida de seis millones de congoleses? Sí, fue así, con una novela de Conrad (2006), como se desenmascaró a este gran hipócrita.



Bibliografía:



Agustín, san (1988): De civitate Dei, PL 438 [versión castellana: La ciudad de Dios, t. 2º. En Obras completas de san Agustín, t. XVII, edición bilingüe, trad. Santos Santamaría del Río y Miguel Fuertes Lanero, BAC, Madrid, 4ª. Ed.].

Baliñas, Carlos A. (1965): El acontecer histórico. Un estudio ontológico sobre el tema del historiador, Rialp, Madrid.

Botero, Juan Carlos (2006): El arrecife, Planeta colombiana (Seix Barral, Biblioteca breve), Bogotá.

Conrad, Joseph (2006): El corazón de las tinieblas, Agebe, Buenos Aires.

García Venturini, Jorge L. (1972): Filosofía de la historia. Enjuiciamiento y nuevas claves, Gredos, Madrid.

Guitton, Jean (1977): Historia y destino, Rialp, Madrid.

Maritain, Jacques (1985): Filosofía de la historia, Club de lectores, Buenos Aires.

Millán Puelles, Antonio (1955): Ontología de la existencia histórica, Rialp, Madrid.

Vargas Llosa, Mario (2007): La verdad de las mentiras, Punto de lectura, Madrid, 2ª. Ed.



*Consejero electoral del Estado.


 
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