Comunidad y cultura
Albert Cossery, el último bohemio de la literatura francesa
Albert Cossery. Algo de surrealista y mucho de anarquista. Foto: Archivo / El Sol de México
Organización Editorial Mexicana
30 de junio de 2008

Carlos Siula / Corresponsal

París, Francia.- Con la muerte de Albert Cossery, fallecido el domingo 22 de junio en París a los 94 años, desapareció el último bohemio de la literatura francesa.

Durante más de medio siglo ese egipcio vivió en el Barrio Latino, en pleno corazón de París, sin que sus vecinos adivinaran que era uno de los escritores más talentosos del siglo XX.

A primera vista, Albert Cossery no tenía aspecto de escritor ni representaba su edad.

Siempre vestido con extremo refinamiento -aunque a veces con exceso de combinaciones estridentes-, el autor de "Mendigos y orgullosos" era un excéntrico que vivía en la habitación 58 del hotel La Louisiane de París, en una callejuela ubicada a pocos metros de Saint-Germain-des-Prés. Desde que llegó a ese albergue, en 1945, nunca más abandonó ese refugio de 16 metros cuadrados donde dormía, escribía y recibía a sus amigos -siempre vestido con traje y corbata-, como si estuviera en el salón de una residencia fastuosa. El hotel tampoco fue modernizado, quizás para no obligarlo a tomar conciencia de su anacronismo.

El actor Michel Piccoli, por ejemplo, peregrinaba una vez por semana hasta esa habitación para dialogar durante un par de horas con ese dandy que pasó más de dos tercios de su vida haciendo el elogio de la pereza.

No sólo porque vivía en el Barrio Latino, muchos críticos definían a ese escritor fuera de serie como una mezcla de Boris Vian y de Albert Camus: Sus libros son como bombas de destrucción masiva que estallan lentamente arrasando todo a su paso.

Era también un hombre extraordinario, libre, conmovedor, tierno y sorprendente.

Sin haber trabajado jamás -en el sentido usual del término-, atado a la pasión de la escritura y de la bohemia, Cossery decidió vivir con un mínimo de gestos humanos para concentrar toda su vitalidad en la escritura. Pero él formulaba un razonamiento más prosaico para explicar su longevidad: "Si aún sigo vivo -argumentaba- es porque nunca tuve hijos, ni portera, ni cuentas de electricidad para pagar".

Durante más de 60 años, el universo de Cossery se limitó a unas pocas manzanas del Barrio Latino y dentro de ese perímetro a unos pocos lugares: el café de Flore, el restaurante Lipp y el jardín de Luxemburgo para buscar inspiración.

En ese exiguo perímetro transcurrió casi toda su existencia y se forjó el mito del escritor y del hombre, avaro de palabras, que sólo publicó ocho libros en toda una vida literaria.

"Si no tengo nada qué decir, no escribo", decía.

El verdadero motivo era que Cossery acordaba una importancia casi maniática a cada texto, demoraba días en escoger los adjetivos y modificaba la estructura de cada frase en forma obsesiva: "Para que sean perfectas, tanto en ritmo como en sentido. A veces las reescribo 20 veces", reconocía.

"Puedo quedarme tres meses sin escribir una sola línea. Es una forma de dejar que las cosas se pongan en su lugar", murmuraba.

En sus ocho libros dejó hablar a esos personajes que conoció en su tierra natal: los pobres, los marginados, los mendigos y los vagabundos, los que se arreglan como pueden y los asesinos, los místicos, los locos, las prostitutas y los holgazanes.

"Los conozco a todos. Los vi y les hablé", aseguraba cuando alguien pretendía que esos personajes habían salido de su fértil imaginación.

Cossery alcanzó la celebridad en 1990, cuando su obra recibió el Gran Premio de la Francofonía y, un año después, el Premio Mediterráneo.

Hasta ese momento era considerado como uno de los mayores "autores de culto" de la literatura francesa contemporánea, adorado por un reducido círculo de lectores que comentaban sus libros en cenáculo. Pero totalmente desconocido por el gran público.

Recién comenzó a salir del anonimato hace un par de años, cuando la Société des Gens de Lettres le concedió el Gran Premio Poncetton por el conjunto de su obra: "Ya era tiempo", comentó con ironía en el momento de recibir esas recompensas.

Por esas razones, entre otras, la reciente publicación de sus obras completas se transformó en un acontecimiento literario.

Entrevistar a Albert Cossery constituía un privilegio raro y una experiencia inolvidable.

"Desde que lo operaron de la laringe, hace unos años, casi no puede hablar", solía advertir su editora, Joëlle Losfeld.

Imposible imaginar, sin embargo, que la intervención le dejó apenas un susurro, sólo un hálito que lograba emitir con extrema dificultad para pronunciar cada palabra. No poder hablar lo irritaba y lo desanimaba. Era necesario acercarse a él y prestarle extrema atención.

"No consigo hablar. Tampoco puedo escribir ni caminar por culpa de la artrosis. Por suerte me quedan los ojos para leer", decía sin melancolía poco antes de morir.

Cossery nació en El Cairo, en 1913, en el seno de una familia de pequeños propietarios. Su madre analfabeta sólo hablaba árabe y su padre leía el diario con extrema dificultad.

Pero Albert, que asistió a una escuela católica y al Liceo Francés, siempre supo que sería escritor. Tenía 10 años cuando comenzó a garabatear sus primeras páginas en francés porque "era el idioma de los libros", decía.

Con la adolescencia llegó el descubrimiento de los clásicos. "Leí a Balzac con tanta pasión que cuando llegué por primera vez a Montparnasse, a los 17 años, tenía la impresión de conocer cada rincón del barrio".

En el Saint-Germain-des-Prés de la posguerra, el joven egipcio compartía la mesa del Café de Flore, el Deux Magots o La Rose Rouge con Albert Camus, Lawrence Durrell, Alberto Giacometti, Boris Vian o Henry Miller.

"¡Cuánto amábamos la vida! ¡Y las bellas mujeres! ¡Cada noche era una fiesta! El mundo entero se encontraba en este barrio", evocaba sin un atisbo de nostalgia.

Sin otra actividad que la noche y la literatura, sobrevivió en ese París legendario gracias a su red de amigos. Los galeristas solían regalarle algún cuadro que poco después tenía que vender para pagar la mensualidad de su hotel en el Barrio Latino. En el café de Flore tenía crédito permanente porque su amistad con Camus, Nimier o Durrell "era una garantía más segura que la firma de un banquero".

Henry Miller, que además de amigo era uno de sus grandes admiradores, en 1940 hizo publicar en Estados Unidos su primer libro de cuentos, "Les hommes oubliés de Dieu" ("Los hombres olvidados por Dios"), con un prólogo que decía: "Ningún otro autor vivo ha descrito en forma más sobrecogedora e implacable la vida de aquellos que, en el género humano, forman la inmensa masa sumergida".

Antes de radicarse en París, había recorrido durante días y noches enteras los barrios pobres de El Cairo y, desde entonces, conservó esa obsesión por contar los dramas de una sociedad marginal, sólo preocupada por sobrevivir. "La miseria siempre me sublevó", insiste.

Cossery tenía algo de surrealista en la forma de narrar y mucho de anarquista en su arte de vivir.

Los personajes de sus novelas son los heraldos de esa filosofía que, en realidad, es mucho más sutil y compleja de lo que parece. Por ejemplo, Gohar, el profesor de "Mendigos y orgullosos", opta por la pobreza "porque enseñar la vida sin haberla vivido es el crimen de ignorancia más detestable". El profesor se convierte entonces en administrador de un burdel y escribe la correspondencia de las prostitutas hasta que su destino, bajo los efectos del haschisch, se transforma en una novela policial.

Cossery siempre detestó el orden establecido y naturalmente detestaba el poder, "todos esos caminos tortuosos por los cuales llega la corrupción", decía. Esa toma de conciencia precoz lo llevó a adoptar una absoluta indiferencia por los bienes materiales.

"No poseo nada -afirmaba-, soy totalmente libre".

Su vida ha sido un elogio a la pereza: "A esos que reflexionan sobre el mundo", corrige. Para Cossery, era del arma absoluta: "Cuando el hombre puede reír de lo que le sucede, no hay ningún poder que pueda dominarlo. En Egipto, la gente sabe tomarse el tiempo para burlarse de todo".

El ejercicio de la contemplación terminó por acordarle el don de la profecía. "Une ambition dans le désert" ("Una ambición en el desierto"), escrito en 1984, anuncia claramente la Guerra del Golfo. En "Los colores de la infamia", publicado en francés en 1999, es difícil no ver la premonición del 11 de septiembre.

"Mis libros son la verdad, como aparece en los diarios. Lo más original que puede contar un escritor se encuentra en la calle", aseguraba con la simplicidad de aquellos a los que ya nada podía sorprender.

Sin embargo, hasta el último suspiro supo conservar una sensibilidad de adolescente. Esa capacidad de emoción y de cólera habitaba sus libros y cada uno de sus gestos. También estaba presente en un cuidado extremo de sí mismo, a pesar de la edad y de la enfermedad. Ese eterno esmero, junto al "ejercicio existencial de la inactividad", contribuyó a forjar su reputación de dandy.

"Siempre puse un cuidado particular en vestirme bien. Eso es todo. Es una cuestión de respeto. Mi padre se vestía como un príncipe", explicaba.

Sentado en la minúscula salita de recepción de ese hotel modesto y sin pretensión de la rue de Seine, Cossery recibía "como en su casa".

"Por el momento estoy vivo. Es lo esencial", se excusaba con una sonrisa.

Totalmente ajeno al impacto de sus libros, su ambición literaria se resumía a un solo deseo: "Sólo me gustaría que, después de haberme leído, la gente no tenga ganas de ir a trabajar al día siguiente".