Opinión / Columna
 
Arturo Ramo García 
Por una verdadera cultura por la tolerancia
El Sol de Parral
30 de diciembre de 2009

  En colaboración con: Alfonso Aguiló



La tolerancia, entendida como respeto y consideración hacia la diferencia, como una disposición a admitir en los demás una manera de ser y de obrar distinta a la propia, o como una actitud de aceptación del legítimo pluralismo, es a todas luces un valor de enorme importancia.

Estimular en este sentido la tolerancia puede contribuir a resolver muchos conflictos y a erradicar muchas violencias. Y como unos y otros son noticias frecuentes en los más diversos ámbitos de la vida social, cabe pensar que la tolerancia es un valor que necesaria y urgentemente hay que promover.

Sin embargo, promover una acertada aplicación de la tolerancia es algo extremadamente difícil y complejo, que conviene analizar con calma, sin trivializarlo, para no caer en simplistas reduccionismos.

En primer lugar, la tolerancia tiene que ser en justa medida. A nadie se le ocurre que hay que tolerar el robo, la violación o el asesinato. Ni nadie cree de verdad que imponer la ley o un sistema de autoridad haya de considerarse como una grosera manifestación de intolerancia. Si nos dejamos llevar por estos errores, terminaríamos bajo la ley del más fuerte. Sería imposible establecer un sistema de derecho o cualquier tipo de ordenamiento jurídico. Sería como la ley de la selva. No habría forma de vivir pacíficamente en sociedad.

Promover la tolerancia no es tolerarlo todo, porque es evidente que no se puede permitir todo.

Por eso, ni siquiera el anarquismo más radical ha considerado la tolerancia como algo ilimitado, puesto que sólo con imaginar un colectivo humano en el que todo debiese ser tolerado, es fácil comprender que sería un caos completo y absoluto.

La tolerancia ha de tener unos límites. Una interpretación superficial de ella, la llevaría a su ruina: Al escepticismo del todo se vale.

La verdadera tolerancia, como ha señalado Norberto Bobbio, no se fundamenta en el escepticismo, sino en una firmeza de principios, que se opone a la indebida exclusión de lo diferente.

O como señalaba Federico Mayor Zaragoza: La tolerancia no es una actitud de simple neutralidad o de indiferencia, sino una posición resuelta que cobra sentido cuando se opone a su límite, que es lo intolerable.

La cuestión es, como apunta Rafael Navarro Valls, acertar con una noción de tolerancia que no sea simplemente fruto del cansancio intelectual o de la indiferencia, y que logre equilibrar los derechos de la verdad con los de la conciencia individual. No quedarse en afirmaciones obvias.

Aunque acabamos de referirnos a la tolerancia como un espíritu de apertura y de respeto hacia la diversidad, a la hora de hablar de tolerancia, lo difícil, y lo importante, es profundizar en su sentido más específico: la tolerancia del mal.

Podría decirse que la palabra tolerancia se aplica con toda propiedad cuando se refiere a la tolerancia del mal. No suele decirse que el lenguaje corriente, por ejemplo, que no tolere que le haya tocado la lotería, haya aprobado unas oposiciones, juegue muy bien al baloncesto, o tenga muy buena memoria; no se habla de que lo tolere, sino más bien de que tiene la suerte, o el mérito, de contar con eso, que para él son bienes.

Es más, en sentido estricto no debería hablarse de tolerancia como respeto a la legítima diversidad, puesto que debe ser respetada y no simplemente tolerada, aún que pueda costarnos mucho aceptarla. Ser alto o bajo, rubio o moreno, pertenecer a una o a otra raza o clase social, ser seguidor (apasionado si se quiere, pero pacífico) de tal o cual equipo de fútbol, etc., no parece en principio, diversidades que deban ser toleradas, sino

simplemente respetadas.

El problema surge, como decíamos, cuando esa diversidad deja de ser legítima, o entra en colisión con el bien común, o con los derechos de los demás, y comenzamos a adentrarnos en el proceloso mar de la tolerancia del mal.

El Diccionario de la Real Academia señala dos acepciones de la palabra tolerancia, que engloban quizás lo que acabamos de decir. Una es: El respeto y consideración hacia las opiniones o prácticas de los demás, aunque sean diferentes a las nuestras.

Y la otra que recoge quizás su sentido más específico, señala que la tolerancia es: Permitir algo que no se tiene por lícito, sin aprobarlo expresamente; o sea, no impedir pudiendo hacerlo que otro u otros realicen determinado mal.

En ambos casos, el quid de la cuestión está en determinar el límite de lo no tolerable: la legítima diversidad siempre debe tolerarse (respetarse), pero la ilegítima puede tolerarse o no, según los casos.








 
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