Opinión / Columna
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Arturo Ramo García
Reflexión sobre el hombre... Segunda parte
El Sol de Parral
27 de noviembre de 2009
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Esta consideración sugiere un panorama de enormes posibilidades a realizar conforme al proyecto del hombre; que no ha sido creado para el desastre, el deshonor, la mentira, el abandono, o el escándalo del egoísmo rastrero y repugnante, sino para la felicidad, la grandeza, el honor, para mirar de frente a las estrellas, que son la bóveda de la grandeza del universo, que ostenta y puede y debe alcanzar la persona humana, que tiene por meta al mismo Dios. Este horizonte antropológico define al hombre como un misterio de grandeza o de indignidad, según el uso que hace de su libertad. Puede ser modelo que imitar, admirado y celebrado por lo que es, o el personaje que suscita odio y rechazo por deshonrar la condición natural del ser racional. En uno y otro caso el juicio de la vida siempre se mueve entre dos extremos indefectibles que miden la existencia: la relación con Dios y la relación con los demás, pues por naturaleza el hombre es un ser racional y libre, un ser social. Es así de manera inevitable, a costa de la sensatez de quien se conoce y sabe lo que es y lo que vale, ocupando su sitio en el universo y en la sociedad de los hombres; o si se extrapola como ectropión de la raza, ocupado siempre en el disparate de su personalismo, de su engolamiento independiente, que desprecia lo que es orden, rectitud, decencia, paz y solidaridad.
3. Al final de la vida nos visita a todos un extraño poder: la muerte, con un despacho que nivela a todos los hombres por igual; desconoce rangos y culturas y fortunas; no distingue a nadie, sólo distingue las obras del individuo, que se somete a juicio inminente. Nadie le puede resistir, y la mayor sabiduría es vivir atentos a sus reclamaciones, ya que en el momento se ventila el destino inmortal de la persona, al tener que rendir cuentas de sus obras. La muerte viene por delegación del Supremo Juez, Dios, que mide y sentencia con justicia inexorable la conducta de la libertad de la persona. Bien lo expresaba el caudillo egipcio, tembloroso ante la muerte. Le recordaba uno de sus generales las victorias gloriosas que había conquistado. ¿Por qué temía a la muerte? La respuesta sincera y sensata fue: no, si no temo a la muerte, tengo miedo a lo que sigue después.
Puede haber alguien que por obcecación irracional y estúpida blasone: A mí, nada ni nadie... Lo verá al morir. Dios le dijo: Insensato, esta misma noche te van a reclamar el alma; lo que has preparado, ¿para quién será? (Lc 21,20), anota el Evangelio. Sería una desgracia pensar que esto pertenece a la esfera de la religión y no afecta al hombre irreligioso; como las leyes fiscales que no afectan al indigente que se gana la vida mendigando. ¡Tremendo error! Afecta a la esencia misma de la libertad, y por tanto, al hombre, a todo hombre, que es un ser libre. ¡Y mortal inmortal!; mortal en el cuerpo, inmortal en el alma. El juicio de la libertad es definitivo, irreformable, para siempre, eterno. De manera que el hombre en aquel instante alcanza la felicidad eterna, si la han merecido sus obras, o la desesperación eterna, si las obras fueron reprobables. Día a día se gana la paz y la dicha eterna, día a día se pierde la felicidad para siempre; más claro, merece dolor eterno, si sus obras no fueron buenas. La bondad o malicia no la determina la subjetiva necedad irresponsable, sino el orden determinado en normas por la sabiduría infinita de un gobierno inapelable.
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