Opinión / Columna
 
Patricia Acosta de Mendoza 
Páginas Sueltas... León Tolstoi y Mahatma Gandhi
El Sol de Parral
15 de noviembre de 2009

  Uno de los más grandes escritores de todos los tiempos fue León Tolstoi. La vida en sus novelas es más intensa que en cualquier otra obra literaria. Hay allí paz y guerra, amor y aventuras, nacimientos y muertes, un caleidoscopio de escenas memorables.

En "La Guerra y la Paz", novela gigantesca que el autor tardó siete años en escribir y de la que hay traducciones en todas las lenguas, nos muestra esa Rusia ya desaparecida con su brillante corte imperial, sus grandes bailes palaciegos, sus apuestos oficiales, sus nobles terratenientes, sus cosacos que hacen retumbar la estepa con los cascos de sus caballos... porque esa fue la vida que vivió el propio Tolstoi y que plasmó en su obra con una sensibilidad que sólo su amor cristiano puede explicar.

León Tolstoi nació en 1828 en Yasnaia Poliana, hijo del Conde Tolstoi y de la princesa María Vollkonski, quien heredó a sus hijos parte de la más orgullosa sangre azul de la aristocracia rusa. A pesar del brillo del mundo social en que se movía, llegó a convertirse en santo patriarca, no sólo para los cristianos, sino para gente de otras religiones y para muchos que todavía andan en busca de la fe.

En su ávida busca de la verdad religiosa, se acogió por algún tiempo en la iglesia ortodoxa rusa, pero se dio cuenta de que ese ritual de antorchas encendidas, viejos iconos y espesas nubes de incienso no bastaban para hacerlo a uno cristiano: "¡El Reino de Dios está dentro de vosotros!" exclamaba.

Con el tiempo, Tolstoi llegó a basar toda su fe en la palabra de Cristo. "No resistas al mal", dice el Sermón de la Montaña; esto para Tolstoi significaba que toda forma de violencia, toda fuerza armada es contraria a las enseñanzas de Jesucristo. Por esto sufrió la ira combinada del Zar, la Iglesia y el ejército, pero no se atrevieron a hacer un mártir del ruso más conocido de su tiempo. Más tarde, después de su muerte intentaron convertirlo en héroe de la revolución comunista que él ni siquiera alcanzó a conocer.

Tolstoi se carteaba con infinidad de gente. Uno de ellos fue un jovenzuelo de la India llamado Gandhi, el futuro hombre sagrado de la India, quien a través de Tolstoi aprendió mucho de Jesucristo en cuanto a la fuerza de la resistencia pasiva.

Y hablando de Gandhi, su nieto, el Dr. Arun Gandhi, fundador del Instituto M.K. Gandhi para la Vida sin Violencia, comparte la siguiente anécdota:

"Yo tenía 16 años y vivía con mis padres en el Instituto que mi abuelo había fundado a 18 millas de la ciudad de Durban en Sudáfrica. Era un lugar muy alejado y no teníamos vecinos, así que a mis dos hermanas y a mí, siempre nos entusiasmaba ir a la ciudad a visitar amigos o ir al cine. Un día mi padre me pidió que le llevara a la ciudad para asistir a una conferencia que duraba el día entero, y yo aproveché esa oportunidad.

Como iba a pasar todo el día en la ciudad mi madre me dio una lista de cosas que necesitaba y mi padre me pidió que llevara el auto al taller. Cuando nos despedimos me dijo: nos vemos aquí a las 5 p.m. y volvemos a casa juntos.

Realicé rápidamente todos los encargos, y me fui hasta el cine más cercano. Me concentré tanto en la película que me olvidé del tiempo. Eran las 5:30 cuando me acordé. Corrí al taller, recogí el auto y corrí hasta donde mi padre me estaba esperando. Eran casi las seis. Él me preguntó con ansiedad: ¿Por qué llegas tarde? Me sentía mal por eso pues no podía decirle que estuve viendo una película; entonces le dije que auto no estaba listo y tuve que esperar... lo dije sin saber que mi padre ya había llamado al taller.

Cuando se dio cuenta que había mentido, me dijo: "Algo no anda bien en la manera como te he criado puesto que no te he dado la confianza de decirme la verdad. Caminaré las 18 millas a la casa y reflexionaré qué es lo que hice mal contigo.

Así que, vestido con su traje y sus zapatos elegantes, empezó a caminar hasta la casa por caminos sin pavimentar y sin luz. No lo podía dejar solo... así que manejé 5 horas y media detrás de él, viéndolo sufrir una agonía por una mentira estúpida que yo había dicho. Decidí desde ahí que nunca más iba a mentir. Cuando me acuerdo de este episodio pienso...Si me hubiese castigado de la manera como nosotros castigamos a nuestros hijos ¿hubiese aprendido la lección? ¡No lo creo! Sufriría el castigo y habría seguido mintiendo. Pero esta acción de no violencia fue tan fuerte que la tengo impresa en la memoria como si fuera ayer.

¡¡Éste es el poder de la vida sin violencia!!

E. Mail: pachikel@yahoo.com.mx










 
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