Opinión / Columna
 
Pastor Joel Moreno Ponce 
La angustia de la culpabilidad
El Sol de Parral
1 de noviembre de 2009

  De pronto te ves tan distante. "¿Qué pasa?", "¿estás bien?". "Sé que pasa algo malo". Él evadió la pregunta de su esposa. "Todo está bien", contestó. "Simplemente estoy cansado por tantas horas extras en el trabajo".

Sin saberlo su esposa, durante su primera sesión de consejería, él confesó que había sido infiel a su esposa. Varios meses antes, había tenido un breve encuentro sexual con otro hombre.

Ahora él no podía sacar esto de su mente. Se despertaba bañado en sudores fríos a media noche y pensaba sobre las consecuencias que ocurrirían si su esposa se enterara. Se preocupaba porque la demás gente de la iglesia se llegara a enterar sobre su problema. Esto le produjo síntomas físicos de estrés. Tuvo tan severos ataques de migraña que en varias ocasiones, tuvo que dejar su trabajo e irse a casa más temprano. "Ésta es una consecuencia de mi pecado", se decía a sí mismo. "Voy a tener que padecer esto y soportar esta carga". Pero se preguntaba cuánto tiempo podría soportar esto sin estallar.

Lo que este varón tiene y mucha gente lo padece se llama: culpabilidad.

Podemos desear acallar nuestra conciencia, pero en vez de eso, nuestro corazón está acusándonos (1 Juan 3:19). Cuánto deseamos que fuéramos sin culpa y puros, pero la culpa nos acusa diariamente y por supuesto nos sentimos acusados, cargados, culpables". Ser acusado por otra persona es malo, pero aún peores son las acusaciones de nuestro propio corazón. Sabemos sin duda alguna que somos culpables.

Satanás toma total ventaja de nuestra debilidad y trae acusaciones punzantes contra nosotros en cada oportunidad.

Satanás trata de derrotarnos mediante nuestros propios fracasos. Él trae separación entre nosotros y Dios, así como entre nosotros y los demás. Sus acusaciones son condenatorias, sin ofrecer ninguna esperanza o salida.

La angustia de la culpabilidad nos dice: "Nunca cambiarás", "Has cometido un grave error". "Deja de intentarlo".

¿Cómo obtener perdón y alivio de nuestra culpabilidad?

Debemos ser honestos delante de Dios y de aquellos que nos rodean. "Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos y la verdad no está en nosotros. Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados y limpiarnos de toda maldad" (1 Juan 1:8, 9). Jesús quitó nuestros pecados cuando los clavó en su cruz. (Col. 2:14). Ya vosotros, estando muertos en pecados, os dio vida juntamente con él, perdonándonos todos los pecados, anulando el acta de los decretos que había contra nosotros, que nos era contraria, quitándola de en medio y clavándola en la cruz" (Colosenses 2:13, 14).

Dios se aflige cuando caminamos bajo una nube de culpabilidad. Él quiere un pueblo de poder, un pueblo de gozo, un pueblo libre de condenación. Pero, alguien puede argüir, "podemos ser liberados de los pecados del pasado, pero aún podemos vivir con las consecuencias". Esto es verdad. El hombre cuya esposa se divorció de él a causa de su infidelidad, debe vivir con las consecuencias de su pecado. Sin embargo, Dios no está siempre allí para recordarle constantemente de sus fracasos. El Señor es el gran restaurador. Él trae nueva vida, nueva visión y nueva plenitud. "De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas". (2 Cor. 5:17) Caminemos descargados, echemos a un lado la culpabilidad y vivamos vidas plenas y felices.


 
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