Opinión / Columna
 
Patricia Acosta de Mendoza 
Páginas Sueltas... Una nueva adicción
El Sol de Parral
31 de octubre de 2009

  Vamos en el coche de René. Nos dirigimos a un centro comercial de la ciudad. Yo voy de copiloto, pues dejé mi camioneta en el lavado de autos. Sin imaginarlo siquiera, René me está advirtiendo sobre una adicción que padecemos la mayoría de los automovilistas de estos tiempos.

Mi amigo entra en el estacionamiento marcado con rayas oblicuas. Hay decenas de cajones disponibles, pero desde algunos debe caminar unos cuarenta segundos hasta la tienda a la que nos dirigimos, y René, automovilista típico, siente la compulsión de estacionarse lo más cerca posible.

Circula entre las filas de autos hasta que descubre a una señora que está entrando a su automóvil. Es el mejor sitio, pues se encuentra a menos de 25 pasos de nuestro destino. René se detiene. La dama cierra la portezuela. René pisa el acelerador nerviosamente, pero esa mujer se pone a arreglarse el pelo y luego hojea una revista.

Frustrado, René ya está obstruyendo la circulación. Uno de los conductores toca el claxon: primero con discreción, pero después con enojo. René abre la ventanilla y hace una seña ofensiva. Total, al fin se da por vencido y empieza a dar vueltas por el estacionamiento, pasando frente a muchos sitios vacíos que le parecen muy alejados. Como era de esperarse, se cuela en un cajón reservado para los discapacitados. Cuando le reclamo, para acallar su conciencia me dice: "es sólo un momento".

En la búsqueda ha perdido siete minutos. Si hubiera escogido uno de los abundantes sitios libres que había unos cuantos pasos más allá, habríamos terminado nuestras compras en menos de dos minutos sin que se alterasen los nervios ni le subiera la presión arterial.

René padece la grave adicción a los estacionamientos, que nos aqueja a casi todos los automovilistas igual que el resfriado común. Como todos los adictos, no se comporta con lógica. Sin fijarse en el tiempo que se pierde, los automovilistas buscan el cajón más cercano a su destino, como si eso representara el triunfo supremo. Haciendo gala de egoísmo e insensibilidad, privan a los discapacitados del sitio que necesitan, bloquean el área reservada para los vehículos de emergencia, o dejan su auto estacionado en la zona de carga y descarga de mercancía.

Todos decimos que nos preocupamos por nuestra salud y nuestro estado físico, pero nos parece inaceptable tener que caminar del estacionamiento a la puerta. Irónicamente, la obsesión de ganar los sitios ambicionados nos quita muchos años de vida. Estas esperas y maniobras por los mejores sitios alteran los nervios y transforman en personas agresivas a los más tranquilos y serenos.

Pocos automovilistas han logrado quitarse esa adicción. Yo casi lo logro y se lo debo a mi amiga Tere. Un día vi su auto en el estacionamiento del supermercado. Estaba alejado más de veinticinco metros del coche más cercano. La encontré en la tienda y le pregunté por qué se había estacionado tan lejos. Me contestó: "entro y salgo rápidamente, nadie raya la pintura de mi coche al abrir su portezuela y realizo la pequeña caminata que tanto necesito".

Ahora yo trato de hacer lo mismo que Tere. Las únicas veces que siento la misma presión son cuando voy de pasajera con un chofer que no se ha curado todavía, como hoy que voy con René. Ahora disfruto más de cosas que tienen verdadera importancia: el tiempo, el aire fresco, la tranquilidad y el saludable ejercicio.

Correo electrónico: pachikel@yahoo.com.mx


 
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