Opinión / Columna
 
Arturo Ramo García 
La buena educación
El Sol de Parral
24 de octubre de 2009

  No estoy pensando en la urbanidad, los modales, la cortesía, la afabilidad, lo que se decía buena crianza, conceptos caídos en desuso, arrinconados como trastos viejos en estos tiempos en los que privan la ordinariez, el mal gusto, el descaro, la sagacidad y los malos modos. Me quiero referir a la educación en el sentido de docencia, de enseñanza. A los planes de estudio, vaya.

Pues parece que la señora ministra del ramo se ha tomado muy en serio la reforma del bachillerato y de modo muy especial, la de esa asignatura tan maltratada en los últimos años y antes tan distinguida que llamamos Historia, Historia de España; la historia de este país, tan viejecito y tan cargado de glorias como de desastres, de épocas memorables y de períodos lastimosos. Unas y otros, son el precedente de lo que ahora nos toca vivir. Por eso resulta indispensable que los jóvenes los conozcan; en unos casos, para enorgullecerse de su condición de españoles; en otros para aprender lo que no debe repetirse.

Con la precipitada transferencia de las competencias educacionales a las autonomías, alguna comunidad aprovechó la ocasión para inventarse el pasado con reprobables fines. Aunque esté feo señalar, el país Vasco y Cataluña, descuellan en la manipulación de los textos escolares, de modo y manera que los chavales de por allí, no tienen idea de quienes fueron Isabel la Católica o Hernán Cortés, aunque se conocen muy bien la grandeza (presunta) de Autor o la leyenda de Wilfredo el Velloso, para ellos Guifré el Pelut.

El disparate llega al extremo de que en muchos de los libros mal llamados de Historia tan solo se contemplan los dos últimos siglos; con lo que los estudiantes están ayunos de la más elemental cultura histórica. Puede ocurrir con ello (y de hecho, ocurre) que si les citan a Witiza pregunten en qué equipo de fútbol están jugando y cual es su cláusula de rescisión.

Tuve yo la fortuna, como todos los de mi quinta y adyacentes, de estudiar el bachillerato según el plan 38, también llamado de Sáinz Rodríguez. Pues fue aquel curioso, sabio e intrigante personaje quien lo diseñó, en sus tiempos de ministro de educación, todavía en plena Guerra Civil, como su guarismo indica. Hace pocos días tuve ocasión de comentar con el profesor Ricardo de la Cierva, coetáneo ilustre, la bondad de aquellas enseñanzas.

Pues nos amueblaron debidamente la cabeza con los muchos cursos de latín y algunos de griego y con las diferenciales y otros misterios de las matemáticas superiores, que a quienes no éramos proclives a las ciencias nos dieron mucho que cavilar, aunque después comprendiésemos que también ayudaron a nuestra integral formación. Lo mismo que la historia, digan ahora lo que quieran los malandrines en turno, permitió que tuviéramos una visión amplia de los orígenes, formación y desarrollo de esta nación nuestra. Después, cada cual sacó sus conclusiones y las interpeló a su aire; pero partiendo de unos conocimientos básicos.

Que es una de las muchas cosas de que carece la juventud actual, dicho sea con el mayor de los respetos y sin pretender echarle la culpa de semejantes carencias. Los chicos aprenden lo que se les enseña y mucha vocación o grandes inquietudes han de tener aquellos que saliéndose del programa, buscan en otros textos no oficiales ampliar su culturita. A lo mejor se ganan con ello una regañina de ciertos profesores, que los hay por ahí arriba nada partidarios de sus alumnos conozcan la verdad histórica.

O sea, por ejemplo, que los vascos anduvieron codo con codo con castellanos, gallegos y andaluces en la gesta del descubrimiento de América, que no fue simplemente un encuentro de dos culturas, como tanto se dijo en los desdichados fastos del X Centenario, sino una gigantesca tarea de evangelización, culturización y fusión de razas. Y que Juan Sebastián Elcano, primero que dio la vuelta al mundo, lo hizo en nombre de su majestad Carlos I de España, que le otorgó escudo con divisa alusiva; primus circundidistimi. Bueno, pues el glorioso navegante era de Guetoria, mal que le pese al orate Arzallus.

Tampoco suele evocar el señor Pujol, don Jorge, las hazañas de los voluntarios catalanes, en lucha contra la invasión francesa, defendiendo la integridad de España, ni últimamente se glosa en los medios informativos afines a la generalidad de Cataluña (que son más bien todos), el heroísmo del tambor del Bruch. Y si alguien recuerda los hermosos tiempos del predominio naval del Mediterráneo, cuando llegó a decirse que todos los peces llevaban pintadas las cuatro barras, se calla que esa era la bandera de Aragón principalmente.

Sí, hace mucha falta que se unifique ya de forma definitiva, la enseñanza de la historia de España, tan múltiple y tan diversa, que se fue haciendo entre todas y cada una de las partes integrantes de esta piel de toro, diferenciadas, singularmente cada una de ellas en su personalidad, en su carácter, en sus culturas. Pero que fueron del brazo a lo largo de los siglos, sin perder por ello, ni mucho menos sus específicas identidades. Debemos potenciarlas, claro; aunque sin aldeanismos ni chinchorrerías de vecindad mal avenida.

La buena educación se impone. A ver si es verdad que las generaciones en formación consiguen tenerla.


 
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