Opinión / Columna
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Florentina Villalobos
Carta a los Amigos... La naturaleza nunca perdona
El Sol de Parral
10 de octubre de 2009
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Algunos parralenses están sufriendo los efectos de la tromba que cayó el año pasado. Un gran número de familias fue víctima de la furia de las aguas que bajaron por los arroyos. También lamentamos la pérdida de vidas humanas.
Usted ha escuchado que "Dios siempre perdona, los seres humanos algunas veces, la naturaleza nunca". Dios es el autor de la naturaleza y no se contradice.
Las personas que hemos sido testigos de varios trágicos sucesos, recordamos la inundación de 1944, que causó la muerte de niños del hospicio y del Cuadrado.
En 1958 ocurrió otra de gran magnitud.
A pesar de todas esas amargas experiencias, se incurrió en un delito. ¿Quiénes son responsables y quiénes son culpables?
Me refiero a las enormes pérdidas materiales que sufrieron los dueños de las casas que fueron construidas en el lecho de los arroyos.
Los arroyos tienen memoria y corren por donde les corresponde. Estoy convencida de que hacen falta reglamentos muy precisos para no permitir que se construya en esas áreas.
Usted y yo estamos consternados por el sufrimiento que nos ha causado esta catástrofe.
Las pérdidas materiales y humanas son efectos de conductas torcidas.
Lo invito a buscar las causas. Estoy convencida que las vamos a encontrar en el poco valor que le damos a nuestras personas; lo que constituye la autoestima.
Tenemos que pensar en los valores que se viven en la familia.
Me permito compartir con ustedes un escrito del gran pensador uruguayo Constancio C. Vigil:
Como hijo de pobre
"Es absolutamente necesario que se comprenda el error de aquellos padres que se proponen darle al hijo felicidad, como quien da un regalito". Lo más que se puede hacer, es encaminarlo hacia ella para que él la conquiste.
Difícil, casi imposible, será después. Cuanto menos trabajo se tomen los padres en los primeros años, muchísimo más tendrán en lo futuro. Habitúalo madre, a poner cada cosa en su sitio, y realizar cada acción a su tiempo. El orden es la primera ley del cielo.
Que no este ocioso, que lea, que dibuje, que te ayude en alguna tarea, que se acostumbre a ser atento y servicial. Deja algo en el suelo para que él lo recoja; incítale a limpiar, cuidar o componer alguna cosa; que te alcance ciertos objetos que necesites; bríndale en fin las oportunidades para que emplee sus energías, su actividad, su voluntad y lo hará con placer.
Críalo como hijo de pobre, y lo enriquecerás; Críalo como hijo de rico, y lo empobrecerás para toda su vida.
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