Opinión / Columna
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Julio Morales
De interés público... "... ¡Ni se olvidará!"
El Sol de Parral
4 de octubre de 2009
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"Todo se planeó. Desde temprano cortaron luz y teléfonos. Gente desconocida subió a las azoteas y entró en los edificios; llevaban guantes blancos; se sabía de la manifestación pero no de lo que pasaba. La bengala que cayó en el centro de la plaza, lanzada desde el helicóptero que sobrevoló el templo mayor, pareció ser la señal para que los de guante blanco que pululaban por todo el edificio Chihuahua dispararan al Ejército que en ese momento, delante de las tanquetas, entraba a la plaza por el frente del edificio, lo que inició el fuego cruzado que mayormente hizo blanco en los manifestantes de la plaza. Asomarse a las ventanas era suicida. Los enguantados sacaron de los departamentos a gente que se había refugiado. El alojamiento de mi tía estaba lleno de casquillos y vidrios rotos. Al día siguiente los medios de difusión nada mencionaron" (testimonio).
Todo empezó en junio, con la agresión de granaderos a un grupo de estudiantes que jugaban futbol americano, inició la protesta desde los dos principales centros educativos a nivel superior, UNAM y Politécnico. Los estudiantes de ambos planteles se declararon en huelga iniciando el movimiento estudiantil del 68. De julio a octubre se manifestaron varias veces en la Ciudad de México, exigiendo diálogo con el gobierno. Presentaban un pliego petitorio de seis puntos; el más importante, derogar el artículo que configuraba toda manifestación como delito de "disolución social" y con ello toda manifestación podía ser dispersada por la fuerza pública. El gobierno de Díaz Ordaz no aceptó dialogar con los inconformes e hizo entrar al Ejército en la universidad. El 27 de agosto, más de 200 mil estudiantes marcharon por el centro del Distrito Federal y se instalaron en el Zócalo, pero al día siguiente fueron reprimidos por la policía y el Ejército. Los manifestantes buscaban atraer la atención mundial, pendiente de la ya próxima celebración de la Justa Olímpica. El entonces presidente se empeñó en detener por la fuerza la protesta y semanas antes de la masacre ordenó al Ejército ocupar el campus universitario e indiscriminadamente golpeó a muchos estudiantes. A pesar de ello, la protesta no cedió, más bien aumentó la tensión conforme se acercaba la inauguración de los juegos Olímpicos.
Finalmente, el 2 de octubre el Consejo Nacional de Huelga convocó al mitin en la plaza de las 3 Culturas y 15 mil estudiantes de varias universidades marcharon por las calles de la capital llevando claveles rojos en protesta por la ocupación del máximo plantel. Estudiantes y trabajadores, muchos de ellos con esposas e hijos, se congregaron en la céntrica plaza de Tlatelolco. A mitad del evento surgió la confusión y empezaron los disparos justificando la entrada del Ejército represor, cuya acción duró alrededor de 2 horas y 20 minutos, lapso durante el cual se masacró y aprehendió a muchos estudiantes, con lo cual se logró disolver de manera ruin el movimiento. En los primeros 10 minutos la superficie de la plaza se cubrió de cuerpos, que según testigos, fueron sacados en camiones de basura. La explicación oficial fue que subversivos armados ubicados en los edificios que rodeaban la plaza iniciaron el tiroteo y las fuerzas de seguridad sólo respondieron en defensa propia; no hubo culpables, porque los provocadores no fueron estudiantes, sino el Batallón Olimpia. En octubre de 1997 el Congreso formó el Comité para investigar la masacre, recabando testimonios de activistas y demás involucrados, incluyendo al ex-presidente Echeverría, entonces secretario de Gobernación, quien admitió que los estudiantes estaban desarmados y que la operación militar fue planeada para aniquilar el movimiento. En octubre de 2003 se comprobó la intervención del gobierno de Nixon en este hecho que transformó la vida nacional, porque el partido en el poder empezó a mostrar sus fisuras y la oposición al régimen intensificó su actividad, que derivó en guerrilla urbana. En los 70's nacieron los partidos de izquierda y se abrió paso a la democracia que sigue patinando y como los casos impunes de Atenco, Acteal, la APPO y las Otomíes Jacinta, Teresa y Alberta; Tlatelolco desde hace 41 años, es herida abierta.
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