Opinión
El cuento
Dr. Jaime López Rivera
Los mentirosos

El Sol de Morelia
30 de marzo de 2008



-Jaime, ¿por qué miente el mexicano? -me preguntaba allá por los años setenta el antropólogo de origen griego Alex Apostólides, quien llegó a Michoacán enviado por las Naciones Unidas, para supervisar un programa que, con excedentes de la producción agropecuaria mundial, apoyaba a los campesinos en la ejecución de obras de beneficio comunitario y que se conocía como Programa de Obras Rurales por Cooperación-. Nunca le supe responder; ni lo sabría hacer ahora; y es que la proclividad del mexicano a la mentira es el pan diario. Veamos:

Juan se encuentra sin trabajo y sabemos que desde hace meses, después de arrojar a la basura la página del Aviso Económico de algún diario, mueve la cabeza de un lado a otro y maldice su sino; sin embargo, si le preguntamos sobre el particular, emerge el pecho, nos acerca su cara como si fuera a confiarnos un secreto y nos dice: "Ya me mandó llamar Godoy; me pidió que colaborara con él" (y el Godoy lo pronuncia hasta con cierta displicencia, como para que se entienda que son amigos).

Si a Pedro le comentamos que el partido político al que pertenece anda de mal en peor, el buen Pedrito no bajará la voz; al contrario, nos mirará de frente y con orgullo saldrá en defensa de aquél, argumentando: "Nos estamos reposicionando" (y otra vez, ese nos estamos, es la tarjeta de presentación con la que nos garantiza que él no es cualquier cosa dentro del partido).

Un día de quincena vi a Alfredo comiendo con su familia en una cocina económica. Al día siguiente nos comentó: "Llevé a mi familia al restaurante del Villa Montaña y, francamente, no me gustó el servicio; me dicen que es mejor el del Villa San José".

Si al gordito de Anselmo le preguntamos cómo va su peso, de seguro nos dirá que está siguiendo un tratamiento que le manda un ingeniero que reside en Salamanca y a quien le envían el medicamento de Suiza; y que cada frasco de cápsulas, que le dura un mes, le cuesta treinta mil pesos. Nunca confesará que lo único que está haciendo es comer la col machacada y aplicarse barro en el lado derecho del abdomen.

Quien sí se elongó la neurona, como decía mi colega, el doctor Garibaldi Pineda Mejía, fue mi amigo Salvador Vargas. Él y su esposa trabajaron en el IMSS hasta que se jubilaron. Mediaba la mañana invernal de un domingo, cuando lo encontré caminando por el portal Matamoros; y tras el saludo de viejos amigos le pregunté:

-Y ahora, ¿qué haces, Chava?

Me contestó el descarado:

-Nada. Desde que nos jubilamos, nos dedicamos a pasear. Cada mes le digo a mi esposa: Mi amor, ahora ¿a dónde nos vamos? Y ella empieza a sugerir, que si a Bangladesh, o a Hong Kong, a Lima, a Sud África, a Australia, a Japón, y así nos la llevamos.

Comprendí que el hilo que estaba siguiendo con su respuesta se empezaba a poner demasiado tenso y que si lo dejaba continuar, terminaría rematando un cruel tapete de soberbia, así que lo interrumpí:

-Discúlpame, Chava, tengo prisa.

No se dio por vencido y me alcanzó a preguntar:

-Y tú, ¿qué haces?

Inventé cualquier respuesta porque recordé que iba a comprar unas camisetas de las que se ofertan "pague dos y llévese tres"; y también que al día siguiente debía regresar a mi trabajo, como decían en mi rancho, "a seguirle jodiendo pa'l maicito". (A)

jaimelopezrivera@hotmail.com
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