Opinión / Columna
 
El Evangelio de Hoy 
Pbro. Jaime Hernández A. 
... Jesús les preguntó: ¿qué buscan?
El Sol de Morelia
15 de enero de 2012

  I.- Vieron dónde vivía y se quedaron con él ese día

Hoy vemos a Jesús que venía por la ribera del Jordán: ¡Es Cristo que pasa! Debían ser como las cuatro de la tarde cuando, viendo que dos de sus discípulos lo seguían, se dio vuelta para preguntarles: "¿Qué buscan?". Y ellos, sorprendidos por la pregunta, le respondieron: "Rabbí, -que quiere decir maestro- ¿dónde vives? Y Jesús les dijo: "Vengan y lo verán" (Jn. 1,39).

También yo sigo a Jesús, pero... ¿qué quiero? ¿Qué busco? Es Él quién me lo pregunta. De verdad... ¿qué quieres? Oh, si fuera suficientemente audaz para decirle: "Te busco a Ti, Jesús", seguro que lo habría encontrado, "todo el que busca, encuentra" (Mt. 78). Pero soy demasiado cobarde y le respondo con palabras que no me comprometen suficientemente: "¿Dónde vives, Maestro? Jesús no se conforma con mi respuesta, sabe demasiado bien que no es un montón de palabras lo que necesito sino un amigo, El Amigo. Él, Jesús. Por esto me dice: "Ven y lo verás", venid y lo veréis.

Juan y Andrés, los dos discípulos pescadores, fueron con Él "vieron dónde vivía y se quedaron con Él aquel día" (Jn. 1,39). Entusiasmado por el encuentro, Juan podrá escribir después: "La gracia y la verdad se han hecho realidad por Jesucristo" (1,17b) ¿Y Andrés? Correrá a buscar a su hermano Pedro para hacerle saber: "Hemos encontrado al Mesías" (Jn, 1,41). "Y lo llevó a donde estaba Jesús. Y Jesús fijando su mirada en él, le dijo: "Tú eres Simón, el hijo de Juán; tú te llamarás Cefas, que quiere decir piedra" (Juan 1, 42). ¡Piedra! ¿Simón una piedra? Ninguno de ellos está preparado para comprender estas palabras.

No sabes que Jesús ha venido a levantar su Iglesia con piedras vivas. Él tiene ya escogidos los dos primeros sillares: Juan y Andrés, y ha dispuesto que Simón sea "la roca en la que apoye todo el edificio". Antes de subir al Padre, Jesús nos dará la respuesta a la pregunta: "Rabbí, ¿dónde vives? Y bendiciendo a su Iglesia dirá: "Yo estaré con ustedes, cada día hasta el fin del mundo" (Mt. 28,20).

II.- El pasado en el presente

Vivimos en la era postcristiana. El Evangelio ha impregnado la conciencia del mundo occidental de ciertos principios que actúan automáticamente a la manera de reflejos espirituales que algunos interpretan como "prejuicios religiosos". El prejuicio parece más bien estar en dicha interpretación. Los conceptos de libertad, dignidad de la persona, responsabilidad, etcétera, forman parte del haber de la herencia cristiana. Una corriente de cristianismo ha depositado en el fondo de los siglos excelente material que en los tiempos modernos ha torcido su cauce y puede presentarse hasta como un grave inconveniente para la misma causa del Evangelio. Consiste en presentar lo accesorio en que ha encarnado su mensaje, como si fuera algo esencial y esencialmente superado.

Se ha insistido demasiado en el espíritu de la letra que conduce al fariseísmo. Ahora bien, el cristianismo es esencialmente libertad de espíritu y religión interior. La buena conciencia ante las exigencias de la ley escrita puede revelarse vacía y falsa ante las exigencias de la verdadera religión. De ahí resulta una moral excesivamente complicada y por ello odiosa, y una religión poco menos que estéril (GetS 43).

El pensamiento moderno de la Iglesia discurre por cauces distintos. Hay que volver a la religión interior anunciada por Cristo: Dios es espíritu y los verdaderos adoradores deben darle culto en espíritu y en verdad (Jn. 4,23). Deben derrumbarse los ídolos de la letra fría para ceder paso y pedestal al espíritu de la ley interior, por el cual los preceptos se cumplen por espíritu de amor y adhesión a una persona viviente. La voluntad de servicio y la disposición de amor no se contentan con las exigencias de la letra y siempre aspiran a más.

III.- Siguiendo a Jesús... hoy

Los apóstoles nunca se pararon a pensar hasta dónde les imponía exigencias el espíritu de la letra. Su amor al Maestro los impulsó hasta el sacrificio total. Los conceptos intelectuales de fe-moral, horizontalismo-verticalismo, fe e ideología... resultarían para ellos simples cuestiones bizantinas. No son realidades yuxtapuestas, sino englobadas en la fe que opera por la caridad. La vida del cristiano se caracteriza por el espíritu que nuca dice 'basta'. No basta con el altruismo que opera sin caridad porque por sí solo no hace al hombre más cristiano. No se puede identificar el heroísmo de quien se afana por trabajar en la promoción del tercer mundo, o de los sin voz ni voto o de los oprimidos y explotados o de los que son víctimas de la injusticia, etcétera... con quienes realizan esa misma tarea, pero por difundir el Evangelio. Ni basta el estudio de la Escritura para hacer al hombre auténticamente bueno. La verdadera conversión y la verdadera entrega exigen mucho más.

Aunque es preciso preguntar qué se debe hacer o qué se debe evitar como lo hacían con el Bautista, lo esencial es oír dócilmente la voz de Jesús 'y seguirlo'. Él no dicta a los apóstoles un catálogo de preceptos. Lo que les manda es 'seguirlo', y esto por amor y, si la ocasión lo pide, hasta de manera violenta y total, por el martirio. En realidad todo es una misma e inseparable cosa. El amor a Dios y al prójimo no son dos cosas yuxtapuestas: la caridad lo engloba todo. Jesús predicó la ley del Padre. No quiso dedicarse a solventar los problemas de las disquisiciones de los judíos como hubiera sido repartir una herencia, o las cuestiones de pagar o no pagar el impuesto que cobraba el emperador romano, etcétera. Cuando el joven rico le pregunta "qué debe hacer", Él responde: "SÍGUEME". Lo demás vendrá por sí solo.

Así se debe leer el Evangelio: no como un código de preceptos, sino como una palabra viva que descubre y enseña lo que es el hombre y cuál es la misión que el Padre le quiere confiar. El Evangelio no es sólo un libro que hay que aprender, es el libro que le descubre a la humanidad cuál es su ontología y su identidad... ¡para vivirlo y hacerlo vivir a los demás! (L)
 
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