Opinión / Columna
 
Los Fantasmas 
Alejo Castillo 
Zacapu, sus fantasmas y sus míticas historias
El Sol de Morelia
19 de abril de 2010

  Zacapu se distingue en realidad por su gran cantidad de historias y fantasmas, quienes se aparecen a los incautos trasnochadores. En algunos lugares es aconsejable no transitar en solitario porque hay el riesgo de ser secuestrados por estas extrañas fuerzas diabólicas. Quienes han desoído tales consejos han podido dar cuenta de lo mal que lo pasaron.

Como en todas las ciudades de Michoacán las historias pasan de boca en boca y al paso de los años se suman las experiencias terroríficas que asustan y espantan. Vamos a contar las leyendas de Zacapu.

EL TECOLOTE, CELOSO GUARDIAN DE ZACAPU

La montaña más alta de este lugar, Zacapu, es el cerro del Tecolote, cuya cumbre alcanza los 3 mil metros sobre el nivel del mar. El origen de esta montaña llega hasta nuestros días en el ulular del viento que corre, nos cuenta cuando los purépechas llegaron a estas latitudes a principios del siglo XII de nuestra era, venían guiados por Iré Thicátame, su valeroso caudillo.

En ese tiempo el tecolote, se dice, no existía. En cuanto el príncipe vio este paisaje, hermoso cual ninguno otro en la región, quedó maravillado. Tomó la determinación de asentarse ahí con su gente, ordenó de inmediato levantar una yácata y sobre ella un altar, en el que colocó a Curicaveri, su deidad tutelar, encendió en su honor, para adorarle, el fuego sagrado.

El tiempo le dio la razón que había seleccionado un hermoso lugar lleno de misterio, magia y misticismo, además de su exuberante belleza y naturaleza

Por ese tiempo el príncipe envió mensajeros al cacique de Naránxhan, Zirán-Zirán a quien exigió amistad y paz a cambio de que los naranjeños llevaran leña para el adoratorio de Curicaveri.

Zirán-Zirán no solo accedió aceptando la sumisión, sino que además obsequió a Ire-Thicátame a su bellísima hija Pisperama (flor de maravilla), a quien tomó como esposa y con quien al paso de los años procreó al primer zacapense de que se tenga memoria, fue llamado éste como Sicuir-Achá )el señor vestido de pieles).

Un día Iré-Thicátame encontró junto a la hoguera a su hijo: ¿qué haces? -le preguntó- "estoy fabricando flechas para que tú y yo castiguemos a los de Naránxhan porque han insultado a nuestros dioses, robando los venados que yo cacé".

Pronto dieron alcance a los de Naránxhan. "¿Por qué se han apoderado de nuestra caza? les previne que los venados son presas sagradas y que no deberíais tocarlas jamás, ¡aunque fueseis mis hermanos!"

Los de Naránxhan se arrojaron intempestivamente sobre padre e hijo haciéndolos caer en tierra, a la vez que emprendían veloz huida. Poco después los de Naránxhan, acompañados por los guerreros llegaron hasta la cabaña de Iré-Thicátame, a quien retan, aprovechando que estaba. "Hoy venimos -le dicen- a saborear nuestra venganza".

Vengan -responde Iré-Thicátame- que mientras cuente con las flechas que con los dioses me han armado, seré invencible. Los aliados de los de Naránxhan llegaban más y más. Cuando disparó las dos últimas saetas sagradas, en ese instante cayó muerto el rey, pero no vencido.

Pisperama lavó con sus lagrimas el cadáver de su amado esposo, lo colocó sobre el altar que levantó con amor y con llanto, lo cubrió con flores y con las flechas sagradas que arrancó de los cadáveres de sus enemigos, formó con ellas una gran pira a la que prendió fuego.

Y cuenta la leyenda que aquella casa, con el altar y el cadáver de Iré-Thicátame, fue creciendo y creciendo hasta formarse en elevado monte, él más alto de la región, en cuyas entrañas ardía el fuego y tronaba airado, convertido en volcán.

La venganza de Sicuir-Achá que acabó con los de Naránxhan, aplacó la ira del volcán que cesó su actividad y se recostó a dormir. Los años han transcurrido, pero Iré-Thicátame, convertido en majestuoso monte, se mantiene vigilando, con celo amoroso, a su pueblo, el Tzacapu de Curicaveri. Su majestuosa presencia ha infundido siempre respeto y admiración.

Como tecolote vigila a Zacapu y lo cuida para que sus habitantes tengan la fortuna de la paz y tranquilidad que desde entonces impera en este lugar.

Hay quienes dicen que cuando van al cerro sienten un profundo sentimiento guerrero, pero sobre todo han podido ver como fantasmas que levitan andan como enloquecidos tratando de ganar una guerra que hace siglos que ya terminó, pero dicen que tales fantasmas no se han dado cuenta de ello, y que ya muertos continúan en situación de guerra.

En las noches ven estos fantasmas que se esconden por lo cerros y también aseguran que se oyen aullidos como si las flechas acabaran con las vidas de quienes luchan por el poder.

EL TESORO DE CALTZONTZIN

Quien haya acudido a Zacapu sabe que tiene manantiales hermosos, que incluso son visitados por el turismo. Les cuento de la leyenda del tesoro de Caltzontzin

Tzacapu era la ciudad sagrada del pueblo purépecha. Enorme e importante era el centro ceremonial que se alzaba sobre la cumbre del Uringuarapexo (La Crucita), donde según las crónicas se adoraba "a un ídolo principal al que llamaban Tupup-Achá" (el gran espíritu creador del universo, al que adoraban bajo la advocación de Querénda-Angápeti, la peña que está levantada.

Alrededor de las construcciones sagradas se alzaban las casas de los sacerdotes, los baños de vapor, así como los palacios de los principales, entre los que destacaban aquellos cuyas ruinas hoy conocemos como El Castillo de Caltzontzin, El Palacio de la Reina y La Guatápera, albergue de las guanachechas, jóvenes vírgenes consagradas a Tatá Huriata (el sol) y a Naná Cutzí (la luna).

Desde esas épocas la gente ha tenido por cierto que el rey y el Petáuti, supremo sacerdote, habían hecho construir varios túneles que conducían a Pátzcuaro y a Tzintzuntzan.

Dan fuerza a esa creencia el hecho de que tanto en Pátzcuaro como en Tzintzuntzan se tiene por cierta la existencia de túneles que las unían entre sí y con Zacapu, haciendo más corto el trayecto entre ellas.

En el túnel largo se comenta que duerme como una serpiente, pacífico, bajo las montañas y el lago. Así el rey podía admirar en el lago de Pátzcuaro la grandiosa obra de la madre naturaleza, extasiándose en el ocaso, cuando Xaratanga rielaba sobre las ondas apacibles del lago, o bien, podía observar aquí, en Zacapu, la salida del sol que asomaba tras la cumbre del Ziráte, para depositar sus primeros rayos sobre el disco de oro que ornaba lo alto del gigantesco cué dedicado a Curicaveri.

El tiempo se deslizaba a su capricho mientras él admiraba la belleza natural del paisaje que le rodeaba, lo cual daba una gran paz a su alma. El rey guardaba sus tesoros y los de sus dioses en aquel enorme túnel cuya entrada mantenía en secreto y solo conocían el propio rey y el gran sacerdote.

Sabido es que la conquista de Michoacán los extranjeros se mostraban crueles e implacables, destruyéndolo todo en busca de saciar su desmedida codicia de oro y plata. Aquí todo fue destruido, pero se asegura que los tesoros reales y divinos no fueron entregados sino que se conservan escondidos en ese túnel, cuya entrada, aquí no se ha podido localizar.

Tanto en Pátzcuaro como en Tzintzuntzan se han localizado entradas a túneles secretos, pero jamás ser humano alguno ha logrado avanzar mas allá de unos metros, porque el oxígeno se agota, aunque el túnel parece alargarse... ¡y los tesoros no se han encontrado!

Hoy quedan aquí como huella de esta historia y como prueba de su existencia los palacios en ruinas. La figura de un hombre atractivo y valeroso que por las noches se pasea por entre esas ruinas y que parece detenerse a observar la tranquilidad de este pequeño laguito que llamamos la Zarcita, de cristalinas aguas que corren a los pies de majestuosos robles y sauces.

Por cierto dicen que esa agua cristalina y pura de la Zarcita es sagrada, pues es regalo de Naná-erápperi (madre naturaleza) a los grandes dioses purépechas que tenían al Uriangarapexo por mansión, a cuyos pies brotan los manantiales.

Esa agua de excedente calidad tiene un sabor muy especial, pues todo el mundo asegura que "es distinta" a las de otras partes. Aquí se dice y afirma que "quien toma agua de la Zarcita ya no se va de Zacapu y si se va, vuelve" porque extraña esa agua preciosa y deliciosa.

Los fantasmas no solo se localizan en la zona de la Zarcita, sino que hay quienes aseguran que al acudir a los túneles en búsqueda del tesoro han salido despavoridos, y es que cuando entraron a este lugar, pudieron percibir como si los túneles se derrumbaran y sentían que toneladas de tierra caían sobre su cuerpos

Despavoridos y confundidos salieron los ambiciosos, no sin antes escuchar quejidos humanos, cuando ninguna otra persona se encuentra en el interior de los túneles

Hay gente que al acudir por los tesoros ahí quedó muera de miedo y ahora se dice que los fantasmas de estas personas aúllan, exclaman y gritan para que les entreguen los tesoros, que nunca mas verán.

Mas vale que ni intenten a entrar a esos lugares, lo mejor es tomar un poco de agua de la Zarcita y regresar cuantas veces sea necesario solo para tomar agua, porque el tesoro nadie lo encontrará

A lo mucho solo encontrarán los fantasmas de la tierra. (R)
 
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