Opinión / Columna
|
Javier Oliva Posada
La Marcha de la Lealtad
Organización Editorial Mexicana
10 de febrero de 2012
|
Ayer se conmemoró el XCIX aniversario de la Marcha de la Lealtad. Es probable que se trate de la ceremonia cívico militar más importante del calendario. Quizá sólo comparable al desfile del 16 de septiembre, aunque hay una diferencia fundamental: cada 9 de febrero se lee un discurso teniendo reunidos a los representantes de los tres poderes de Unión. Y al discurso de ayer, leído por el general secretario de la Defensa Nacional, Guillermo Galván Galván, hay que adicionarle el simbólico elemento de que se trató de la última efemérides de la "Marcha de la Lealtad" del Presidente de la República.
Como consecuencia de esa particularidad, es que en el referido discurso hubo un preciso señalamiento al principal valor que da sustento y que a la vez caracteriza a las Fuerzas Armadas de México: la lealtad. De éste, se derivan otros valores que en su conjunto componen la columna vertebral de la doctrina militar y del sistema educativo militares. Patriotismo, disciplina, honor entre los más señalados, no pueden comprenderse sin el componente previo de la lealtad. El claro sentido de la institucionalidad militar, observado y recordado en todo momento en las relaciones poder civil-poder militar en el México contemporáneo, indica con claridad que hay un compromiso indisoluble entre las Fuerzas Armadas, los intereses del pueblo y por tanto, con los principios de la democracia.
Llegado el momento de los balances y juicios sobre la administración que concluye, vale mucho recordar cuáles han sido las prioridades e innovaciones hechas en el ámbito de la responsabilidad militar. Promoción de los derechos humanos, transparencia en la administración, una ágil política de comunicación, creación de condiciones para las oportunidades de género, fueron entre otros, los avances recordados por el titular de la Defensa Nacional. Sin embargo, también se deben considerar, sin duda, los aspectos que tienen que ver con la concurrencia, a petición de la autoridad civil, en las tareas de apoyo a la seguridad pública en amplias zonas del país.
Esta determinación del Presidente de la República y Comandante Supremo de las Fuerzas Armadas indica la alta estima y confianza con que tanto el jefe del Poder Ejecutivo, como la misma sociedad, tienen respecto del Ejército Mexicano, la Fuerza Aérea Mexicana y la Armada de México. Incluso, si revisamos cualquier encuesta o sondeo de opinión, el incremento en la percepción positiva de sus acciones emprendidas para sustituir a la mayoría de las disfuncionales policías locales constatan que, a pesar de la sobreexposición mediática y de roce con grupos de la sociedad, la rápida adaptación a las responsabilidades encargadas han sido atendidas con acierto y contundencia.
La lealtad de las Fuerzas Armadas de México es un valor que les es reconocido dentro y fuera del país. Pero es oportuno recordarlo, ya que no es algo que abunde en la historia reciente de Latinoamérica; la reiteración del valor-guía de la lealtad permite alejar todo tipo de suposiciones sobre apetitos partidistas o ventajas obtenidas a partir de las exigencias en la difícil realidad que vive el país. Luego de seis años de una penosa y compleja determinación para enfrentar a la delincuencia organizada, es justo reconocerle a los soldados y marinos de México la lealtad mostrada al pueblo y a sus instituciones.
Rumbo al natural cambio de Gobierno y ante una nueva composición del Congreso de la Unión, de lo que sí podemos estar ciertos es que no variará ese ya referido sentido y valor de lealtad de las Fuerzas Armadas. Ese sí que es un factor que estabiliza la contienda democrática y que ayuda a centrar el debate por el futuro de la nación. Las fuerzas políticas y quienes buscan dirigir el destino de México deben considerar que son los valores los que guían el sentido más profundo de identidad de un país y sus instituciones.
javierolivaposada@gmail.com
@JOPso
Columnas anteriores
Columnas anteriores