Opinión / Columna
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Bernard Henri Levy
La caída del Muro de Berlín: entre la justicia y el lugar común, debemos elegir la justicia
El Sol de México
17 de noviembre de 2009
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Estamos en el proceso de construir un nuevo mito: el de la caída del Muro que nadie pronosticó.
Porque finalmente ...
Que nadie sabía el momento exacto en que ocurriría, sí, por supuesto.
Que la forma en que sucedió el episodio en sí, la cadena de causas y circunstancias que finalmente hicieron que sucediera sigue siendo enigmático aún hoy, sin duda.
Que la forma en que esta revolución siguió la forma de todas las revoluciones, las verdaderas, las que rompen el ritmo de los días al interrumpir la regularidad; que ninguna explicación histórica puede darnos una versión perfecta de ella porque esta revolución, como todas las revoluciones, excluye y suspende, por su propia naturaleza, la lógica histórica normal: que fuimos testigos, allí, de una especie de milagro en el que vimos a los pueblos de las naciones pequeñas de Europa central arrebatar el timón de la Historia a las grandes potencias y reapropiarse de sus propios destinos, es evidente.
Pero, concluir, basados en esta evidencia, que fuimos testigos de este espectáculo en un estado de estupor total; inferir del hecho real de que este suceso fue incalculable la falsa idea de que era inconcebible; en pocas palabras, llegar a la conclusión, partiendo del carácter extraordinario de este levantamiento el hecho de que el mundo entero se hubiera tragado entera la fábula del sovietismo indestructible; esto no es consistente ni con la verdad del asunto, ni con el recuerdo de aquellos que tuvieron la oportunidad de experimentar este momento sin precedentes.
Recuerdo a los escritores que, desde Chalamov hasta Solyenitzin, pronosticaron muy claramente que el comunismo colapsaría.
Recuerdo a los hombres y mujeres que fueron llamados disidentes, quienes como Andrei Amalrik escribían, ya en 1970, un libro con un título inequívoco, "¿Sobrevivirá la URSS hasta 1984?", tenían dudas sólo acerca de la fecha.
Recuerdo a intelectuales que, en Occidente, trasmitieron las palabras de estos disidentes, y así dieron un segundo aire a un antitotalitarismo, cuyo mensaje era que la desmitificación del fraude comunista no sólo era deseable, sino probable y, tarde o temprano, inevitable.
Recuerdo a un ensayista, Cornelius Castoriadis, quien en uno de sus libros, "Devant la Guerre", vio en la hipertrofia del aparato militar soviético, en su crecimiento exponencial, demente, metastásico, la señal de un cáncer que invadía el sistema desde su interior y, en última instancia, lo condenaba a muerte.
Recuerdo, para limitarme a los fallecidos, a otro ensayista, mi amigo Jean-Francois Revel, quien no se hubiera sentido tan angustiado por la "tentación totalitaria" en las democracias, por el "gran desfile" en el que participan para complacer a los pétreos hombres de un sovietismo que, a su vez, estaba petrificado, de su incomprensible, suicida "cobardía" si no hubiera sabido que esos regímenes estaban a las puertas de la muerte.
Recuerdo a Michel Foucault diciendo y repitiendo que toda formación discursiva y política tiene un nacimiento, y en consecuencia una muerte -y que esta formación sin duda terminará, un día, como las otras, con su muerte.
Recuerdo al papa Juan Pablo II quien, cuando evocó la aparición de la Virgen María anunciando, ya en 1917, la muerte del sovietismo a las tres pastorcitas de Fátima, nos dijo incondicionalmente que la hora tan anticipada no estaba, súbitamente, muy lejana.
Recuerdo a la gente sencilla que encontré en mis viajes por Checoslovaquia, Polonia, Alemania Oriental y la Unión Soviética, antes de 1989, y que estaban cada vez menos engañados por la mistificación que sólo se mantenía mediante el miedo que inspiraba, o por la falta de valor del "mundo libre" que traicionaba sus propios valores.
Estamos en el proceso, en otras palabras, de confundir cómodamente dos cosas.
Cobardía y ceguera.
El hecho de que no queríamos oír y el hecho de que nada se dijo.
La actitud, por una parte, de los Kissinger, los Brandt, o los Giscard d'Estaing cerrando la puerta a los condenados del este; la de Thatcher o Mitterrand quienes, sabemos ahora, hicieron todo lo posible, hasta el último momento, para impedir la reunificación de Alemania y salvar lo que podía ser salvado del antiguo orden; de, finalmente, un clero intelectual que, no puede disputarse, no encontró, en su inmensa mayoría en Estados Unidos tanto como en Francia, nada criticable en el escándalo que estaba poniendo a media Europa en un espacio, un tiempo, una civilización definitivamente diferente; estamos en el proceso de confundir eso con, por otra parte, el silencio aparente, el murmullo largo, silencioso, colérico de gente que, en el suelo, había comprendido desde hacía mucho tiempo y que sólo esperaba la chispa final para atreverse a decir que el rey, o en otras palabras la dictadura, estaba desnudo.
Esta confusión es más que un error; es una falla.
Es peor que una leyenda; es desinformación.
Y esta desinformación, lejos de disipar la mentira, revive en otra forma.
Es así como borramos, en espíritu, décadas de la historia de pensamiento y lucha.
Y es así como creamos los cimientos para mañanas que se desilusionarán con una Historia reescrita, distorsionada, revisada.
Harto, sí, de la banalidad, los lugares comunes, repetidos hasta la nausea; y honor para quienes, con sus mentes o con sus pies, vieron acercarse el colapso y lo aceleraron.(Bernard-Henri Levy, filósofo y escritor francés, es el autor, más recientemente, de "American Vertigo: Traveling America in the Footsteps of Tocqueville" y "Ce Grande Cadavre a la Renverse")
The New York Times Syndicate
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