Opinión / Columna
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Bernard Henri Levy
Bernard-Henri Levy: escenas de la vida en la libia libre
El Sol de México
2 de abril de 2011
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En Tobruk, un grupo de insurgentes a bordo de una camioneta de carga dispararon al aire sus rifles Kaláshnikov al pasar frente a un hotel, al mismo tiempo que salían de él mi amigo Giles Hertzog y nuestro fotógrafo, Marc Roussel. "No fue en contra de ustedes", se disculpó uno de los jóvenes cuando nos topamos con él, horas más tarde, en la plaza principal de esa ciudad costera. "Fue contra el dueño del hotel, uno de los últimos gadafistas de la ciudad."
En el restaurante Café, donde unos soldados y un policía que se unieron a la oposición fraternizan con los habitantes, comimos pollo cocinado a la leña -lo único que había en el menú- sentados en el suelo, en el único salón con calefacción del restaurante.
Ali Ashour, uno de los combatientes que el 27 de febrero rechazaron un ataque contra la base rebelde de Al Abrag, apenas puede contener su regocijo. "¿Ve esa casa que destruyeron, a siete kilómetros del objetivo? Son los peores pilotos del mundo. El ejército más lastimero de la región. La vergüenza de Libia. Unos payasos, al igual que su líder."
"¡Claro que estamos combatiendo por el petróleo!", nos dice el despachador de una gasolinera en el puerto de Derna. "Gadafi se lo robó y ahora que lo sabe perdido, sueña con prenderle fuego a todo, en una fantasía final y suicida. Pero nosotros somos serios y respetuosos. Es nuestro tesoro en común, la riqueza del pueblo libio. ¿No es esto lo que usaremos para reconstruir a este país que tanto amamos?"
Ésta es la jubilosa improvisación de las fuerzas rebeldes en su camino hacia el frente. Éstas van creciendo poblado tras poblado, intoxicadas con sus propios números. Y en cada encrucijada dejan atrás una camioneta de carga con un cañón antiaéreo apuntado hacia el cielo. Saben que el peligro viene del aire. Saben que Gadafi ya no tiene más soldados ...sólo aviones.
"No nos roben nuestra revolución", dice un oficial vestido con un uniforme improvisado, encargado de un puesto de seguridad en la carretera costera que entra en Bengasi. "Pero como sea, hay algo que pueden y deben hacer por nosotros: neutralizar las bases de donde despegan los bombarderos del régimen, Sirte, Al Aziziya, Sabha". El oficial estaba ahí para proteger a los miles de jóvenes que acampan festivamente en el área.
Mustafa Abdel Jalil, exministro de justicia de Gadafi, es el hombre invisible de la revolución, su líder cada vez menos secreto que vive en Al Bayda, la ciudad oriental en el corazón de la región de la Montaña Verde, que yace a lo largo de la costa del Mediterráneo. Hoy, él se encuentra en Bengasi y nos recibe en una finca a la orilla del mar, donde sus emisarios le llevan regularmente las noticias del frente. "¿Les puedo dar un mensaje?", nos pregunta con un aire de autoridad que contrasta con su compostura paternal. Y sin esperar respuesta, continúa: "Díganle al señor Sarkozy que Gadafi ya no está facultado para representar a mi pueblo. La única nación legítima que debe reconocer la Organización de Naciones Unidas es ésta (el este de Libia)." Nos entrega una página mecanografiada: "Decreto 3 del Consejo Nacional Provisional", en el que se nombra a los miembros del nuevo gobierno provisional de la Libia libre.
La proliferación de comités organizados en Bengasi -que juntos ayudan a limpiar la ciudad, dirigir el tráfico y distribuir alimentos, entre otras cosas- ha llegado a los tribunales de la ciudad. Una invención democrática, la ciudadanía espontánea, la Comuna de Bengasi.
Conté por lo menos 30 estaciones de policía incendiadas, las fachadas negras de hollín, el olor de las cenizas frías todavía suspendido en el aire. Pero lo más sorprendente es que no se tocó a ninguno de los edificios y tiendas cercanos. Ésta es una revolución sin vandalismo, una revolución sin venganzas.
Los jóvenes se han confeccionado capas con la bandera del rey Idris, el monarca que Gadafi depuso en su golpe militar de 1969. Un número considerable de jóvenes está de pie, fumando cigarrillos, a la hora del rezo. "¿Al Qaeda, en serio?", estallan en risas. "¡Vamos! Sólo vea alrededor. Gadafi ya no sabe ni qué inventar!"
No hay mucha agitación en el depósito de municiones en las afueras de Bengasi, que explotó el 4 de marzo, matando a por lo menos 19 personas. Sólo se ven los jóvenes que han venido a recuperar las armas que escaparon del fuego, o cualquier cosa que haya quedado de ellas.
Tampoco hay tumultos alrededor de los restos del auto de Mahdi Ziu, el hombre que, el 20 de febrero, viendo que la multitud no lograba entrar en el campo militar Fadhil en Bengasi -donde los testigos afirman que las fuerzas leales de Gadafi mataron a los manifestantes- condujo un auto Kia lleno de tanques de gas contra las rejas, lo que permitió que los rebeldes tomaran el conjunto. Éste no es un pueblo imbuido del culto al martirio, tan predominante en otras partes del Medio Oriente. Ésta es una revolución en la que la liturgia de la sangre le ha cedido el paso a la de la libertad.
¿Y la cuestión palestina? Claro, la gente me habló de eso, pero era yo el que tenía que sacar a colación el tema, pedir respuestas, insistir. Era como si de pronto mis interlocutores de pronto recordaran que tenían mejores cosas qué hacer.
¿Qué hay de los sentimientos de los rebeldes hacia Israel? No diré que están dispuestos a hacer un compromiso con la gran democracia de la región. Pero Israel ya no es el gran enemigo. Y cuando hablo de él, cuando evoco la grandeza de Israel, me escuchan con divertida curiosidad.
El rumor del día: hay mercenarios en Bengasi, esperando a que caiga la noche para salir de sus agujeros y esparcir el terror. Pero en la carretera costera, la gente simplemente se encoge de hombros.
En la televisión estatal, un locutor en ropas de civil asegura que las tropas leales supuestamente recuperaron Zaouia, están marchando sobre Bengasi y tienen a Tobruk en la mira. Pero allá en el restaurante Café de Tobruk, la gente se ríe a carcajadas.
El milagro de un pueblo que de pronto ya no tiene miedo.
(Las preguntas de lectores pueden ser contestadas en columnas futuras. Por favor, envíelas a bhlevy(at)nytimes.com. La (at) representa el símbolo de arroba. Le rogamos incluir su nombre, país, dirección de e-mail y el nombre del sitio de la Red donde leyó esta columna.)
(Bernard-Henri Levy es autor, más recientemente, de "Public Enemies: Dueling Weiters take On Each Other and the World". Traducido originalmente del francés por Janey Lizop.)
The New York Times Syndicate
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