Opinión / Columna
 
Christopher Hitchens 
La nueva pifia
El Sol de México
13 de diciembre de 2011

  "Aquí se acabó", dijo mi invitado hace unas noches.

"¿Se acabó qué?"

"La campaña de Perry: está oficialmente terminada. Mira, he encontrado el momento". Juntos, casi con estupefacción, observamos cuando un ser humano, adornado con una hermosa cabellera mamífera totalmente equivalente a la de Mitt Romney, y modelada sobre la imagen misma de Dios, fracasó repetidamente en recordar los nombres de las agencias federales que él había jurado eliminar por completo. Vimos más, mientras internamente nos contraíamos y estremecíamos, mientras ese terrible momento se las ingeniaba para prolongarse.

Esto era principalmente un efecto causado por la falta de talento del candidato por hacerse simpático, buscando protección miserablemente en un tono supuestamente campirano y fallando, fallando totalmente -en entender que decir "uupps" con cualquier acento suena suficientemente mal (menos mal que Rick Perry no estaba compitiendo en un concurso de orgullo heterosexual)-, pero que el tono de Texas se parece más al gemido final de un peón sin suerte que pide piedad. La verdad, no imagino cómo pudo haber ido peor. Un fracaso a ese nivel -fracaso en cuanto a recordar lo que se ha dicho o hecho, además de una exhibición pública de todos sus tics personales de debilidad- es, sin duda, un fracaso en una escala que descalifica al candidato para ser parte siquiera de un debate.

Sin embargo, yo cerré la tapa de la computadora y la entregué a mi amigo. "Todavía no está terminado. Sólo estará fuera si él desea salirse por alguna otra razón". ¿Por qué dije y creo eso? La primera y bastante obvia razón es que nadie en las filas de los dos partidos tiene una razón especial todavía para querer ver la espalda de Perry (en el sentido político, por supuesto). Pero la segunda, e inicialmente más difícil de entender, es esto: Para cuando llegó hasta mí la historia de horror acerca de la selección federal, la llamada masacre de Texas, ya había recibido un nombre y una clasificación. Era, oficialmente, "una pifia".

Es correcto. No era algo que destruía, que echaba a perder una campaña, un momento de esos que dicen "empaca tus cosas y sal de aquí". No era nada de eso. En lugar de eso, era algo de la naturaleza de una "llamada de alerta" o cualquier frase anodina de moda esa semana. Y lo nuevo acerca de las pifias es que están tratando de que no parezcan tan tontas.

Desde hace tiempo se ha sabido que una pifia aparente puede ser de gran utilidad para un candidato en problemas. Cuando Ronald Reagan cometió un error garrafal -acerca de la famosa capacidad de "hacer regresar" los mísiles balísticos intercontinentales, por ejemplo- y luego lo arregló con esa sonrisa suya tan atractiva, pareció que aumentaba su popularidad. O, lo que quizá no es precisamente lo mismo, reforzaba su autenticidad como mamífero falible creado en la imagen de Dios. Al hablar con sus admiradores al día siguiente, uno podía escucharlos diciendo que era el tipo de error humano, demasiado humano, que ellos mismos podrían haber cometido. Así pues, ¿qué o quién quiere usted como ejecutivo en jefe de la nación? ¿Una especie de robot? ¿O un tipo como otros que es lo suficientemente grande como para admitir -cuidado aquí en cuanto a cómo lo define, no es conveniente exagerar la humildad- una pifia?

Si estoy en lo correcto acerca de esto, ayudaría a explicar el enorme efecto que, en ocasiones, una "no pifia" puede tener. Ya sabe el tipo de cosas a que me refiero: el quejido de Howard Bates en el Bates Motel después de terminar en tercer lugar en las primarias de 2004 en Iowa fue nada, en términos literales, cuando se le compara con el autosabotaje monumental de Perry. Pero el hecho es que la gente pensó que había detectado una veta de "contenido bajo presión" en Dean, y esto pareció como ocurrencia deslumbrante en el crepúsculo. En formas relacionadas o similares, Al Core realmente no aseguró haber inventado el internet o haber sido la inspiración para "Love Story", Dan Quayle nunca expresó sorpresa ante el hecho de que no hablaban latin an América Latina (hubiera sido un error ingenioso si lo hubiera cometido), y el gobernador de California, Jerry Brown, y la palabra "moonbeam" no tienen conexión más allá de la que el columnista de Chicago haya acuñado el término en 1976. Pero de alguna forma había cierta posibilidad de que estas insinuaciones -por otras razones muy diferentes- fueran ciertas. Y eso es suficiente. Un día de éstos haré una fortuna descubriendo quién en el comité decide entre pifias o estupideces terminales, para luego descubrir cómo se puede uno unir a ese comité. Alguien debe saber.

Ross Douthat casi ha reclamado ser una de esas personas. En una columna en The New York Times del mes pasado, planteó una razón actuarial para mantener el elenco de candidatos republicanos tan completo, y tan abierto, como sea humanamente posible: Romney ya ha ganado. Así que no hay necesidad de descalificar a ninguno de los candidatos menores que han cometido errores terminales. Pero -y aquí es donde la columna de Douthat realmente es brillante- Romney no necesariamente va a dar por terminado todo muy pronto, y en forma limpia y apretada, porque mi gran profesión todavía no quiere declararlo victorioso. Mi profesión (u oficio) no está sola en esta renuencia. Debemos considerar también a los encuestadores, los granjeros y los que manejan grupos de enfoque, los productores de debates de candidatos, los lugares donde cantan y donde nuevos aspirantes a expertos son cultivados constantemente, como frutos exóticos colocados en una esponja mojada y en la oscuridad. (Usted comprende, creo, que sólo estoy dando un resumen breve de la presentación de Douthat, mucho más rigorosa.)

Reflexionando sobre esto, parece haber más ahora de lo que había entonces. ¿Puede alguien imaginar a un miembro del sexo masculino haciendo un escándalo mayor del que Herman Cain ha hecho por una acusación de hostigamiento? ¿O hacer que se ve más como un idiota ignorante que Cain cuando le fue dada -con bastante margen de tiempo- la oportunidad de revisar y criticar la política del Presidente en Libia? Y, sin embargo, todavía ahí está él, sin la menor duda.

Ascendiendo un poco en la escala mental, debe hacer mucho tiempo desde que el contraste entre un candidato y sus dos posiciones sobre un asunto estuvieron tan opuestas como las de Newt Gingrich acerca de Freddy Mac/Fannie Mae, que él previamente había apoyado y, en el caso de Freddie Mac, incluso había asesorado, antes de hablar contra ellos en su campaña actual. Y si descendemos un nivel o dos, Michele Bachmann ha seguido asombrando en cada oportunidad que se le ha dado. Está también una conferencia de prensa por el "estratega republicano" Alex Castellanos en la que parece sugerir que un apoyo de Sarah Palin a Newt Gingrich podría ser contrarrestado por una declaración inmediata de Mike Huckabee a favor de Mitt.

Obligado a contemplar esta imagen por un tembloroso segundo o dos, uno más o menos comprende por qué la gente desea comprar tiempo y mantener la manada caliente y unida. Esto probablemente llevaría a un Estados Unidos en el que una tranquila administración mormona súbitamente parecería "normal". Falta por ver si un resultado tan extravagante valdría la pena una declinación en la divisa real de la pifia.

(Christopher Hitchens es columnista de Vanity Fair y de Slate Magazine, donde esta columna apareció originalmente. Es becario de Medios Roger S. Mertz en la Institución Hoover en Stanford, California. Para más artículos como éste, le rogamos visitar www.slate.com.)

The New York Times Syndicate.
 
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