Opinión / Columna
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Bazar de la Cultura
Juan Amael Vizzuett Olvera
Pierrot, Gaillard y Debussy: desde Francia con amor
El Sol de México
10 de noviembre de 2009
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Adónde quiera que vaya, Pierrot siempre se encuentra al anochecer con la Luna, su amor puro e imposible; ya sea en algún escenario del Viejo Mundo, ya sea en cualquier rincón de la Tierra. Esta vez, desde Francia, Pierrot y Colombina llegaron al Teatro Isabela Corona, en Tlatelolco, muy cerca de Peralvillo; ahí, un público familiar aplaudió a la clásica pareja de la Comedia del Arte, interpretada por la compañía de la célebre chelista Ophélie Gaillard, triunfadora del Festival Cervantino.
Los niños del auditorio fueron quienes más se deleitaron con las peripecias del melancólico mimo y de la coqueta dama, mientras los mayores admiraban la extraordinaria calidad de los artistas, a quienes pudieron ver en forma gratuita, gracias al esfuerzo del programa Alas y Raíces a los Niños, el Festival Cervantino, las Alianzas Francesas y la Embajada de Francia en México.
Pierrot simboliza el romanticismo y la sensibilidad; tiene su adversario en el vivaz y atrevido Arlequín. La bella Colombina es motivo de una eterna rivalidad amorosa, aunque en el espectáculo de la compañía de Ophélie Gaillard no aparece el vistoso personaje del traje multicolor.
La acción comienza cuando una cohibida aprendiz de chelista (Cécile Roussat) y un nervioso ejecutante del piano (Julien Lubek), tienen que suplir a los músicos titulares, quienes por alguna razón se han retrasado. Con un admirable dominio de la escena, Roussat y Lubeck se enredan en un mar de dificultades ante el regocijo del público, en especial, de la chiquillería, que así descubre a temprana edad un humorismo fino que aprovecha magníficamente los recursos del teatro.
Roussat y Lubeck se formaron con el legendario mimo Marcel Marceau, quien a través de su inmortal personaje "Bip" expresó las mil facetas del alma humana, siempre con el lenguaje universal del gesto y el movimiento. Roussat y Lubeck se apoyan, además, en la palabra -con una excelente pronunciación del castellano- y en los sonidos.
Cuando llegan los músicos (Gaillard y Plancade), los suplentes tienen que resignarse -en apariencia- a dejar el escenario, pero pronto vuelven a aparecer para interactuar con los concertistas en nuevas situaciones hilarantes.
Los músicos Ophélie Gaillard y Dominique Plancade, no solamente interpretan con su técnica depuradísima a Debussy, Janacek y Lotoslawski, sino que también contribuyen a redondear las chanzas de los actores.
El espectáculo da un giro cuando los mimos deciden transformarse en Pierrot y Colombina; las luces, la utilería y el maquillaje se vuelven instrumentos de un ritual que normalmente permanece en los camerinos: la caracterización de los intérpretes, que durante la función se convierten en otros seres.
La música y la iluminación forman una unidad con el ágil trabajo de los actores, quienes dominan los ritmos escénicos: a lo largo de su interpretación expresan los diferentes instantes del vínculo amoroso: la soledad, el encuentro, el mutuo descubrimiento, la admiración recíproca, el gozo del idilio, los juegos de l seducción y los conflictos inevitables.
El humor deja paso así a la expresión lírica, a una poesía de la acción escénica y de la interpretación musical. El público ya no ríe: se asombra ante lo que mira, se conmueve ante las vivencias de los enamorados y admira el arte de la puesta en escena.
¿Cómo termina el idilio? Éste es un enigma que nadie podrá desentrañar. La obra se remata con un guiño de humor, ante los aplausos de un público popular, que aquilata en toda su valía a los artistas que cruzaron el Atlántico para compartir su quehacer con nuestra gente en el Cervantino.
Gaillard es la creadora de la original pieza que combina el concierto con la pantomima; estudió en el Conservatorio de París y es musicóloga por la Sorbona de la Ciudad Luz. Como chelista se ha ganado numerosos reconocimientos.
Los artistas y el público demostraron que, cuando se le da la oportunidad, nuestra gente disfruta de los espectáculos de alto nivel, dignos de presentarse en los escenarios más respetados del orbe. Ojalá que muy pronto regrese la compañía de Ophélie Gaillard y que, por lo menos a través de la televisión cultural, el auditorio pueda conocer esta brillante puesta en escena.
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