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Opinión
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Martín Careaga
La difícil "manchamanteles"
El Sol de México
31 de mayo de 2008
Hace tiempo que no sabía, para mi buena fortuna, nada de su existencia. Sin embargo, la plática con el imberbe Juan Pedro me la hizo recordar. Francamente todo un caso para el Araña. Se trataba de una joven de poco menos de cuatro lustros, que se convirtió en la pesadilla de quienes le conocían. La típica damita que se sentía única en su género. Muy superior al piso que osaba cargar su planta, el cual, por supuesto, no la merecía.
No sé bien si se debía al hecho de haber sido la única hija que le quedara a la pareja o si su misma naturaleza era esa. Si la necesidad de desahogar el dolor y transformarlo en cariño por parte de sus padres se convirtió en un elemento determinante para sobreproteger, para cargar en exceso el mimo, el cariño, el amor dolido. El hecho mismo es que a la niña, luego de su nacimiento, la colmaron del halo protector que da la fuerza del cariño. Al principio entendible y harto justificado. La pequeña, la hija que conlleva esperanza y madurez. La que se vuelve más independiente de los padres y lucha por abrirse paso ante el otro, ante el hermano que ya está ahí, ocupando atención, tiempo y amor de los progenitores. Esa etapa en la que el fraterno menor forja carácter y reciedumbre. En esa parte en la que se ganan los cariños y se acomoda el lugar en clan familiar. Y desde luego que ahí era muy simpática y querida. Bien vista siempre. Con grandes cualidades y perspectivas que se hacían por la naturaleza heredada de los padres y su camino en la academia. Hasta ahí la familia típica de la clase media mexicana. Pero luego, el dolor y la tragedia tocaron sus puertas. La ingrata visita de tanatos, que cruel cual es, recogió a la hermana mayor. Entonces empezó a formarse la personalidad desbordante de la que años después habría de convertirse en la famosa "manchamanteles". A la la ausencia de la hija-hermana se sumó la pérdida de la unión familiar. Las culpas por la infortunada partida que se achacan por igual los miembros de la pareja que pasa por tales trances y no es capaz de reasumir su papel y encontrar la aceptación de la voluntad divina o de la explicación científica que no conforta, llevaron a la separación. Era entonces mucha la carga, el duelo, el dolor para una pequeña que despuntaba la infancia. Mucho pedir para no desviar el camino, para no torcer el ejemplo. Aunque hay quien afirma que te pueden perder muchas cosas, menos el exceso de cariño; en el caso de la famosa "manchamanteles", no parece haber sido así. Su comportamiento desde entonces superó por mucho la forma de ser de sus coetáneos. Siempre arrebatada, peleando palmo a palmo por ser la más reconocida, la mejor en su clase, tipo y género. La niña que llamara, por sobre todo y todos, la atención. Y si al principio comprensible, luego fue abominable. Con el paso de los años, se tornó castrante su forma de ser. Fue el azote de sus muy desdichados primos pequeños, a quienes asolaba, tan pronto los veía, lo mismo que a cualquier menor despistado que interceptaba en su camino. Y al crecer, se tornó la pesadumbre de las reuniones familiares, de las fiestas de todo tipo, de sus escasos compañeros de clase, que no amigos. Y a quienes tenían la desdicha de compartir mesa con ella, era soplarse un gran fastidio. Compartir lugar, con cualquier otro que no fuera con ella. Era lo que en política llaman el "candidato plomo", que es cualquiera menos él. Porque usted puede entender y aguantar, si no queda de otra, los humores adolescentes, y más en su etapa de primera juventud. Pero ella estaba potenciada. Primero la forma de hablar, empezando por el tonito, de niña de cinco años olvidada en casa, cuando raya los dieciocho. Luego, las palabras pochas, o peor aún, las contracciones que tanto dañan nuestro idioma, pero que se vuelven de uso común por una aceptadísima pereza mental, sobre todo entre ciertos jóvenes, como decir "fon" en vez de la larguísima palabra teléfono o "cel" por la no menos amplia celular (que de repetirlas completas pueden causar daños irreversibles al cerebro de quien ose decirlas como son, o ya mínimo provocarles una hernia cerebral). Y qué decir del pedantísimo "hello" para llamar la atención, que repite sin cesar una vez sí y la otra también. Después el comportamiento, ese que la lleva a ser tan querida. Abusiva, demandante hasta el hastío. De ahí, de su irregular y muy desproporcionado comportamiento, le viene el bien ganado mote de "manchamanteles", ya que en toda ocasión se le ocurre hacerse la chistosa y derramar, a manera de accidente, cualquier líquido y repetir levantando ambas manos cual canguro: "huy, huy, huy, se cayó", que en todo caso habría que ponérselo de sombrero. Por eso, muchos que la conocimos no extrañamos su presencia y nos volvió cómoda su ausencia. La monserga no es la mejor compañera del camino. Ahora con el tiempo, la recordé. La famosa "manchamanteles", un referente obligado para saber cómo no ser en la vida. Pero también, un excelente ejemplo de la confusión entre la guía paterna mal enfocada y el exceso de mimos. Ojalá y usted no se tope con una así en la vida, aunque parece que hoy sobran ejemplos. ¿Será? martincareaga@gmail.com Columnas anteriores
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