Opinión / Columna
 
Rafael Arias Hernández 
Desastre y demolición
Organización Editorial Mexicana
31 de mayo de 2009

  En todas partes los hechos demuestran y repiten: la política económica para vivir mejor, nos lleva de mal en peor.

Contra viento y marea se sostiene el rumbo; de la caída libre a la caída dirigida; de la promesa olvidada a la pobreza generalizada; del trabajo prometido a la realidad del empleo perdido. La caída es la caída. Dolorosa y persistente, de efectos múltiples contra México y los mexicanos.

Según fuentes oficiales, la caída es más severa de lo previsto el Producto Interno Bruto (PIB) del país caerá, cuando menos seis por ciento en 2009, se empezará a recuperar hasta 2011, según los especialistas, aún no pasa lo peor.

En cuestión de subsidios y rescates, la intención es clara y la diferencia es notoria: mucho y rápido incluso con desmedido servilismo para los grandes intereses y capitales, empezando por los causantes de la actual crisis financiera; y, en cambio, poco apoyo, lento y contrariado, a las mexicanas y mexicanos, que aferrados a la esperanza de un futuro mejor, experimentan todo lo contrario. Eso sí, el gasto social federal aumenta en época electoral. Para lo que va de este año ya creció 27.5 por ciento ¿Casualidad? Ante lo poco hecho y logrado, millones y millones de mexicanos resultan aún más afectados, empobrecidos y marginados.

Prevista y anunciada por todos los medios, continua la caída de la economía nacional. Inocultable el empobrecimiento; aumenta el desempleo y crece la economía informal. Aumentan los precios de bienes y servicios y bajan los microscópicos ingresos. Se reduce la poca capacidad de compra y en nivel de bienestar.

En abril se perdieron 60 mil 218 empleos, según el Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS), al bajar de 14,039,826 trabajadores a 13,979,608. Lo cual, visto desde octubre del 2008, al mes pasado constituye una perdida de 584 mil 961 empleos, y la taza de desempleo se ubicó en 5.25 por ciento.

La desigualdad se profundiza y crece el océano de miserables con sus excepcionales archipiélagos de bonanzas y prosperidad. La inmensidad de la pobreza contrasta con la singular concentración de la riqueza. Imperio de la desigualdad asegurada y reproducida por la complicidad y la ineficiencia gubernamental.

La conocida política de atole con el dedo, parecería estar llegando a su fin. Para los mexicanos ya ni siquiera hay atole, por lo tanto queda puro dedo.

La simulación oficial, en reiterado optimismo sin fundamento, anuncia el fin de la caída libre de la economía nacional; seguramente ya identificó allá, el comienzo de la caída bajo control del Gobierno; si esto es cierto, el pánico está más que justificado. De inmediato hay que amarrarse y apurarse: dados los últimos resultados de la lenta e insuficiente intervención gubernamental, más vale encomendarse a Dios.

Sí en las condiciones anteriores más favorables. Si ante las repetidas voces de alerta no hicieron lo que deberían hacer, no precisaron ni detuvieron el derrumbe de la economía nacional y del bienestar social. Ahora con la adversidad encima y la complejidad en aumento, es de esperar que las cosas empeoren, excepto para quienes el sacrificio y la desgracia son negocio y fuente de utilidades personales y de grupo.

Mirar sin ver, oír sin escuchar. La política mexicana sigue empobrecida por la irresponsabilidad y la mediocridad, por la ineficiencia y la delincuencia. Para los mexicanos comunes y corrientes, los de la trinchera de la supervivencia diaria, respecto al Gobierno, la conclusión es simple y clara: entre omisión y corrupción no se encuentra solución.

El golpe es brutal, Según la OCDE, en 18 meses los mexicanos han perdido la mitad de sus ahorros. Y el FMI declaró que en el primer trimestre de 2009 el Producto pér capita cayó 28 por ciento. Según J. A. Gurria: "Esto no es un ciclo, es un desastre... Esto no es una evolución, esto es una demolición". (Jornada 230509).
 
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