Opinión / Columna
 
María Antonieta Collins 
Los niños de las fosas de Iguala
Organización Editorial Mexicana
17 de octubre de 2014

  Fue la experiencia de Porfirio Patiño, jefe de la oficina de Noticias Univisión en México, quien apenas el procurador Murillo Karam anunciara el hallazgo de nuevas fosas clandestinas en Iguala, nos hiciera correr a encontrar el sitio. El viernes, apenas amanecido, Patiño había encontrado el mejor "estudio" de televisión: este era en el techo de la única vivienda que existe en las cercanías de La Ceiba hecho de concreto y no de lámina que resistiría el peso de cámaras, trípodes y todo el equipo para transmitir desde ahí al mundo.

Era la casa de Carlos Sánchez y de María su joven mujer, sus hijos.

Y así estuvimos entre la envidia de algunos y el agradecimiento de los compañeros periodistas que pedían permiso para pasar a ese lujo de sitio desde donde se podía ver y tomar imágenes de por lo menos el cerro en el que la Procuraduría, el Ejército y la Marina buscaban las fosas clandestinas en Iguala.

Transmitimos tres días desde aquel lugar al que llevábamos lo mismo comida, que agua fría, hielo, postres, lo que compartíamos con los empobrecidos dueños del sitio así como comida que yo daba a los famélicos animales que ahí pululan: perros y gatos a los que, si bien les va, les toca una tortilla de maíz para que sus estómagos tengan algo de comida.

Esto, si sobra de lo que coman sus dueños.

Me impresionó la rapidez con la que el más vivo de los perros -a leguas se veía que era "el jefe" de la cuadra-, mientras que yo sentada descansaba comiendo una tortilla con un pedazo de queso, vino, se paró frente a mí, y sin más, con una delicadeza y rapidez inauditas me arrebató mi comida para llevársela feliz.

Pasaron tres días de inmenso compás de espera ahí.

De pronto, como si los tres niños de María presintieran que pronto nos iríamos, recibí uno de los más grandes regalos de mi carrera periodística a la que le llegó en este 2014 el quinto premio Emmy de mi carrera: era una hoja de cuaderno enrollada, y a la que le habían puesto una flor de papel y habían amarrado con un pedazo de estambre rosa mexicano.

La encontré sobre mi computadora portátil y me sorprendí.

Al principio, por tratarse del sitio tan peligroso y paso de sicarios en el que nos encontrábamos trabajando, debo confesar que creí que se trataría de un anónimo amenazante.

Pero al abrir aquello me he puesto a llorar como pocas veces delante de todos. Era una carta de los tres hijos de Maria, tres niños nacidos y crecidos en aquel territorio, el mismo donde un habitante del lugar y que tiene un tendejón donde venden refrescos y lo más básico, dijera: "En este sitio todos convivimos a diario con gente que trae a gentes amarradas en las camionetas. Se paran a comprar refrescos y cerveza y siguen con camino al cerro y nosotros no podemos hacer más que quedarnos callados y voltear al otro lado".

Esa es la misma zona en la que viven esos tres inocentes niños mexicanos, tan exentos de todo lo que tienen los demás en cualquier parte que no tenga el conflicto de la delincuencia organizada, y los maestros que destruyen todo en sus marchas y los estudiantes desaparecidos y los normalistas que también secuestran camiones y a automovilistas que pasan por esos complicados lugares de Guerrero.

Volviendo al mensaje de Luis Enrique, Cristian Jesús y Arely, era una obra de arte hecha con el alma y la ingenuidad. Nadie, nada más que su gran sentimiento escribió para darme las gracias por haber estado ahí, por escribir mis historias, me dieron el título "de la mejor periodista que alguna vez estuvo en su casa" y más aún, me dibujaron "dando de comer a los animalitos".

Cuando leí a mis compañeros la carta y se las mostré con los dibujos, a todos nos corrían las lágrimas de emoción, pero también de dolor por ellos.

Qué pena que los políticos se empeñen en seguir en sus guerras de semántica y hayan olvidado a esos que también son mexicanos y que apenas despiertan a la vida en lo que fue un país generoso, en paz y feliz, y que desgraciadamente esos niños, los que viven en los alrededores de las fosas clandestinas en Iguala y en muchas partes de ese indómito Guerrero, no conocerán si en verdad alguien no hace algo por parar el salvajismo que hoy les gobierna.


 
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