Opinión / Columna
 
María Antonieta Collins 
Y ahora... ¿quién podrá ayudarnos?
Organización Editorial Mexicana
24 de octubre de 2014

  Desde Guerrero



He vivido el último mes a salto de aviones y autos de Miami a Iguala, a Chilpancingo, a Huitzuco de los Figueroa y zonas aledañas, y en este "sui generis" recorrido por el mundo de la noticia que es la desaparición de los cuarenta y tres normalistas, hay noches que por lo intenso de las jornadas y los horrores que he escuchado alrededor de lo que es la vida diaria en un estado sin gobierno, o mejor dicho, gobernado por personajes como el fugado alcalde de Iguala y demás no he podido dormir del todo...

Debo confesar sin que me de vergüenza que si conciliar el sueño ha sido difícil, lo mismo es despertar entre pesadillas al recordar no solo los trayectos, en especial de las primeras fosas halladas, donde saqué mi biblia en aquel sitio y comencé a orar por aquellos que fueron subidos vivos hasta el sitio para que cavaran sus tumbas y luego fueran asesinados y quemados para que los restos ni siquiera pudiesen ser identificados, para paz de sus familias.

Las últimas tres semanas mi hogar ha sido un hotel justo enfrente de la alcaldía de Iguala, la que veo apenas abro mi ventana. Está al cruzar la calle.

Aquí me había sentido segura porque es tal la vigilancia desde que el Gobierno federal envió a todos: la Gendarmería, la policía federal y el Ejército y la Marina que no se podía pensar que sucediera lo que hace dos días: que las hordas lo incendiaran y lo vandalizaran mientras todos los demás lo veían... sin que nadie hiciera nada por evitarlo.

Fue inconcebible para esta periodista que sabe que en Estados Unidos por ejemplo, cualquiera que rompa un cerco policiaco de inmediato termina esposado y arrestado, mucho más si se trata de quien llega ex profeso a romper y dañar cualquier edificio gubernamental.

En Iguala sucedió todo lo contrario en medio de la rabia de muchos habitantes...

"¿Por qué ninguna policía interviene para que no saqueen el Palacio Municipal? -me dice una Igualtense- ¿Qué derecho tienen de venir a destruir lo que es patrimonio de todos nosotros?"

No puedo responderle nada porque las imágenes son graves en medio del humo y del fuego al tiempo que los vándalos lanzan muebles escaleras abajo y destruyen computadoras estrellándolas en el piso, para luego brincarles hasta dejarlas hechas pedacitos.

Otro igualtense acota:

"Pareciera que estos salvajes fueron contratados para destruir cualquier evidencia que existiera del ayuntamiento de Abarca y que pudiera incriminarlo. Mire como entran al departamento jurídico, a la oficina del alcalde, a la dirección de vehículos a las oficinas de seguridad... Parecen seguir una encomienda de "limpiar" y destruir lo que pudiera afectar a alguien, y si no es así, pues de cualquier manera los ciudadanos lo pensamos porque, no es posible que con tanta seguridad que hay en la ciudad, nadie de las autoridades haya intervenido para evitar que todos los destrozos sucedieran".

Pregunto fuera de cámara a un miembro élite de los cuerpos que resguardan a ciudad y nos dice que si ellos intervienen, entonces la gente dirá que hubo intervención oficial y será contraproducente con el pueblo, pero que a cambio de no entrar en la zona, en cambio han arrestado a quienes salieron cargando computadoras y hasta sillas de escritorio para robárselas. A esos si los detuvieron, y ninguno era un maestro o estudiante normalista.

"¿Quién puede parar esta debacle?" pregunta otro lugareño.

Me fui a dormir con las imágenes de tanto desmán y me desperté por la madrugada luego de soñando que de pronto habría surgido un maticosúper héroe, pero este si de carne y hueso que nos hiciera rabiar de gusto al ver que termina con los malos.

Tendría que ser una mezcla del Chapulín Colorado, del Llanero Solitario y del Zorro, pero armado de valor e integridad para acabar con lo que agobia a un pueblo que está perdiendo el miedo a manifestarse y que se encuentra al borde del hartazgo por las injusticias.

Pero me quedo el desconsuelo, porque en este mundo tan descarnado de Guerrero no sé si haya alguien capaz, de por lo menos meter freno real a tanta impunidad.

Así desperté del sueño.


 
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