Opinión / Columna
 
El agua del molino 
Raúl Carrancá y Rivas 
Ruta de dolor y furia
Organización Editorial Mexicana
20 de noviembre de 2014

  El presidente Peña Nieto condenó hace días la violencia generada con motivo de la tragedia de Ayotzinapa, señalando además que el Estado mexicano tiene la facultad de aplicar el uso de la fuerza para restablecer el orden aunque espera que esto no sea necesario. Convoca pues al orden y a la paz. Sin embargo, lo que hay que averiguar, o sea, inquirir la verdad hasta descubrirla, es por qué se ha llegado a la situación presente. He aquí a mi juicio un breve recuento de las causas más sobresalientes: la reforma constitucional de 2008 en materia de justicia y seguridad pública, llena de graves errores y contradicciones que obstaculizan la aplicación de la justicia y que, a mayor abundamiento, abrió la puerta para la reforma en materia energética al artículo 27 de la Constitución, discutible jurídicamente en grado sumo porque altera la que llamo norma esencial constitucional; la propia reforma energética, la educativa, la hacendaria, la laboral, la de la Ley de Amparo y la creación del nuevo Código Nacional de Procedimientos Penales. Las anteriores, entre otras, llamadas "reformas estructurales", particularmente la energética, han generado a su vez gran descontento en un enorme sector del pueblo, en la opinión ilustrada y progresista de México. Añádase el caso de Ayotzinapa que ha sido un detonador de la violencia que impera en el país. Y en medio de una ira exaltada, aunque no violenta, desde el jueves 13 del mes en curso tanto estudiantes como padres de los 43 jóvenes desaparecidos y organizaciones civiles iniciaron en Tixtla, Guerrero, el primero de los tres contingentes denominados "Brigada Nacional de los 43 Desparecidos", en protesta contra la actuación del Gobierno federal y para informar a la población sobre la situación que prevalece en Guerrero que es un espejo, con sus variantes siempre dramáticas, de lo que sucede en otros Estados y municipios del interior de la nación. En tal escenario han ido aumentando la delincuencia y el narcotráfico, sobre todo a partir del sexenio del Presidente Calderón con su pésima política en la especie. ¿Cómo apagar el fuego encendido, cómo controlarlo? Ha crecido peligrosamente y se ha expandido por casi toda la República, siendo que Ayotzinapa ha jugado el papel de detonador. No se justifica de ninguna manera la violencia desencadenada, pero se explica, con exclusión de los vividores de la violencia que carentes de ideales vomitan su rabia sin sentido salpicando por doquier. Por otra parte, la lentitud con que se indagan los delitos cometidos revela el grado de complejidad del asunto y de penetración de la delincuencia y del narcotráfico en el llamado Estado de Derecho. El Presidente tiene un reto: conservar la autoridad sin ninguna clase de represión o fuerza, ninguna, salvo la que emana del propio Derecho y es controlada por la ley. Esta es una oportunidad para que el sistema y el gobierno resuelvan tan grave situación por la vía del Derecho y de una acertada política. Ojalá no se vayan con la finta de propiciar nuevas leyes, comenzando con la propia Constitución. Lo que hay que revisar e incluso cambiar es el engranaje del sistema, poco a poco y con firme voluntad. No es trabajo de un día pero hay que poner la primera piedra. Lo contrario sería el declive del país.

Ahora bien, el mal se halla en las causas del problema, a las que me he referido con anterioridad, porque representan un terreno pantanoso si es que no minado. Se ha soliviantado (de soliviar: "subleviare" en latín) a un número mayoritario de la población. Una de las causas del disgusto y malestar colectivo es la deficiente democracia en que vivimos ("El pueblo abre las puertas del odio cuando no le queda otro camino": Disraeli). No me refiero a la democracia declarada y consagrada en la Constitución, sino a la real y efectiva. La gente podrá no "saber" pero desde luego percibe y el descontento generalizado es una clara señal de ello; unos porque "saben", por ejemplo, de Derecho y de política, y otros porque perciben. ¿Qué perciben? Deficiencia de la justicia, impunidad, complicidad, colusión, favoritismo. En suma, no se ha hecho aún lo suficiente para llegar al fondo del crimen de Ayotzinapa y la verdad no alcanzada revolotea como un fantasma (¿visión quimérica?) en medio de la neblina, escapándose de las manos de quienes la buscan.



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