Opinión / Columna
 
El agua del molino 
Raúl Carrancá y Rivas 
¿Coincidencia?
Organización Editorial Mexicana
16 de octubre de 2014

  La historia gira como la rueca de Penélope, hace y deshace y siempre es la misma. Parece que se repite, pero en realidad no es así, porque el flujo y reflujo de las mareas históricas es propio y particular de cada época, incluso de cada momento. Sin embargo las que parecen simples coincidencias, casualidades, no lo son tanto. Clío es la misma y de acuerdo con la mitología, incluida la metáfora, maneja a los hombres de igual manera. Ahora bien, en México se viven horas por demás dramáticas. A la noticia de los estudiantes normalistas desaparecidos, todavía no digerida del todo, se suma la de que policías ministeriales del Estado de Guerrero balearon a estudiantes del Instituto Tecnológico de Monterrey, campus de la Ciudad de México, a los que confundieron con delincuentes, resultando herido un joven alemán. No importa, a mi juicio, que al ser interceptados en Chilpancingo, de regreso a México después de pasar en Acapulco el fin de semana, los jóvenes huyeran atemorizados a bordo de su vehículo. La policía debió, por ejemplo, disparar a las llantas de éste, pero nunca a los cuerpos de los estudiantes que no portaban armas. El caso pone de relieve, con notas mayúsculas, el nerviosismo de las autoridades de Guerrero, su exaltación tal vez explicable, como la que hay en muchas zonas del país, pero no justificable en el ejercicio de sus cargos. ¿Se quieren más datos reveladores de la tragedia que se vive en distintos Estados y municipios de México? Tragedia que no mengua ni disminuye sino aumenta en el entorno de un panorama social y político indiscutiblemente sombrío.

Philip Vandenberg, el notable escritor e investigador alemán, es el autor de un libro intitulado César y Cleopatra del que entresaco las siguientes líneas. "Roma, cien años antes de Cristo: depravada riqueza junto a la miseria administrada. "Si las calles estuvieran más despejadas y no fueran tan peligrosas para los pensadores..." (se lamentaba en la Vía Apia el más grande de los poetas de Roma, Quinto Horacio Flaco). Y Juvenal, el orador, poeta y satírico, se quejaba de que en Roma no se podía salir a cenar sin haber hecho antes testamento. No se preguntaba por el intelecto, sino por el dinero. Si se era uno de los "humiliores", de los impotentes, apenas se tenía una oportunidad. Sin embargo, se formaba parte de la masa de los pobres con derecho a voto (y ese voto era capital; quien lo quisiera debía pagarlo o, al menos, a formular promesas). En la centuria anterior al nacimiento de Cristo los partidos no eran sino asociaciones de intereses, en ningún caso de correligionarios que se reunían para representar determinados ideales. Por dinero, a menudo se vendía el alma y preferentemente la convicción". Hasta aquí el texto de Philip Vandenberg. Pareciera que esos romanos repitieran la frase ominosa que dice: "Ubi bene, ibi patria" (Donde estoy bien, allí está mi patria). La historia gira como la rueca de Penélope. Para algunos será coincidencia lo que he transcrito y lo que se lee entre líneas, para otros no. Pero lo cierto, lo evidente, es que a pesar de tantos siglos transcurridos se sigue repitiendo la misma historia. ¿Es la naturaleza del hombre o es la naturaleza de los gobernantes? ¿Es la naturaleza de la política? Yo no me resigno a subscribir la terrible conclusión de André Malraux en su novela La Condición Humana, escrita bajo la influencia de la guerra civil china y de la última guerra mundial, en la que dice que después de madurado un hombre, alcanzado muchas de sus metas y conquistado muchos de sus anhelos, sólo sirve para una cosa: para morir. Pesimismo agonizante el de Malraux aunque dramáticamente entendible. Me niego a participar de él. ¿Pero dónde vivo, en qué país? Para gran parte de la población la zozobra es permanente y la angustia el pan cotidiano. ¿Solución? Endiabladamente difícil, según sabia expresión popular. Pero el primer paso, el inmediato, debería ser no tapar el Sol con un dedo, reconocer la realidad y no soslayarla.



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