Opinión / Columna
 
El agua del molino 
Raúl Carrancá y Rivas 
El sistema judicial
Organización Editorial Mexicana
18 de diciembre de 2014

  En la lectura de su cuarto y último informe de labores al frente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, el ministro Juan Silva Meza dijo que "México está lastimado" ante los hechos de violencia, añadiendo: "La sociedad hoy rechaza enfática mantener el sistema de justicia tal como lo conocemos. Escuchemos ese reclamo, atendamos ese hartazgo mediante una actitud renovada que nos permita ofrecer en cada uno de nuestros actos, un servicio sensato, diligente y razonable". Palabras que de entrada parecen sensatas, más que sensatas. Sin embargo y con todo respeto disiento de mi muy admirado y estimado amigo, jurista eminente y profesor distinguido de la Facultad de Derecho de la UNAM. Disiento aquí por dos razones fundamentales: primera, porque el habla desde un alto sitial con el cargo que ostenta y, segunda, porque ello repercute en la sociedad mexicana, o sea, influye en ella por la autoridad oficial de su ministerio. Y a mi juicio no le asiste la razón ya que se va con la finta o engaño de atribuirle a las leyes, que eso es el sistema de justicia, la causa de todos los males que implican violencia, criminalidad y abierto desacato al Estado de Derecho. Yo más bien creo al respecto que la sociedad rechaza la impunidad, la corrupción y la no aplicación de la ley comenzando con la misma Constitución. ¡He allí un terrible hecho impune: han transcurrido dos meses y medio y no hay castigo aún para los responsables de la tragedia de Ayotzinapa! ¿Es esa la justicia expedita, pronta, completa e imparcial que consagra y tutela el artículo 17 de la Constitución? ¿Qué hay que cambiar entonces, al sistema judicial, que es suficiente para impartir justicia, o a los hombres, modos y costumbres muy a menudo viciosos y corruptos que lo manejan? México, en efecto, está lastimado desde hace muchísimos lustros, pero no por las malas leyes, suponiendo que lo sean (nunca ha habido ni habrá ley perfecta, pues se halla sujeta a la dialéctica del tiempo y de la historia). Desde que yo era estudiante en la Facultad de Derecho ya mi profesores -comenzando por mi padre y maestro-, de una o dos generaciones anteriores a la mía, hablaban con insistencia de esa herida, de ese rechazo a la impunidad, corrupción y vileza de tantos agentes del Ministerio Público, jueces, magistrados e incluso ministros de la Suprema Corte; salvo excepciones, por supuesto. No eran las leyes, no, eran los hombres. Tampoco era el sistema judicial. ¿O acaso las injusticias de los tribunales son atribuibles exclusivamente a las malas leyes? Con idénticas leyes trabajan los malos y los buenos jueces, siendo ejemplo de honradez judicial las sentencias o resoluciones de éstos. Desde luego las leyes se deben mejorar, pero lo que obliga a hacerlo es la dinámica social y no el pretexto de los malos servidores públicos a quienes les da lo mismo una buena que una mala ley. El gran Azorín -que era abogado- ha escrito un precioso cuento, "El Buen Juez", inspirado en las "Sentencias del Presidente Magnaud", el famoso juez francés que se hizo célebre en los finales del siglo XIX defendiendo el que llamó "Derecho humano", del que transcribo lo siguiente: "...y no sucede otra cosa sino que yo he dictado hoy una sentencia apartándome de la ley, pero con arreglo a mi conciencia, a lo que yo creía justo en este caso. Yo no sé si vosotras entenderéis esto; pero el espíritu de la Justicia es tan sutil, tan ondulante, que al cabo de cierto tiempo los moldes que los hombres han fabricado para encerrarlo, es decir, las leyes, resultan estrechos, anticuados, y entonces, mientras otros moldes no son fabricados por los legisladores, un buen juez debe fabricar para su uso particular, provisionalmente, unos moldes chiquititos y modestos en la fábrica de su conciencia... Sobre la tierra hay dos cosas grandes: la Justicia y la Belleza... Por esto la Justicia, la Justicia pura, limpia de egoísmos, es una cosa tan rara, tan espléndida, tan divina, que cuando un átomo de ella desciende sobre el mundo los hombres se llenan de asombro y se alborotan".

Creo que estas líneas magistrales rebasan cualquier sistema de justicia, y creo que lo indispensable y urgente son buenos jueces (buenos hombres), más, mucho más, que nuevos sistemas.



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