Opinión / Columna
 
El agua del molino 
Raúl Carrancá y Rivas 
Meditación jurídica
Organización Editorial Mexicana
24 de abril de 2014

  En las últimas horas, particularmente en la semana anterior, he pensado mucho en la carrera de Derecho y en mi responsabilidad como profesor de la Facultad de Derecho de la UNAM. Tal vez esto haya sido inspirado por la estrecha relación que a mi juicio hay entre el Derecho y los valores más elevados del espíritu, digamos trascendentes. Ser justo no es obedecer a ciegas, ni siquiera a la ley. La desobediencia civil, la resistencia pasiva, que caracterizan y definen a grandes movimientos de inconformidad social, demuestran claramente que el Derecho por su propia naturaleza dialéctica y controvertible no es ajeno a la inconformidad. Los abogados recurrimos, apelamos, invocamos el amparo, basados en la doctrina jurídica y en la ley. Hay aquí un juego constante de ideas opuesto a la inmovilidad, a la quietud, a la rigidez, al conformismo. Yo cambiaría radicalmente la visión popular del abogado y, yendo más lejos aún, la del jurista. No es un enredador natural de las cosas llanas y simples, como lo representa magistralmente Daumier en "Les Gens de Justicie", ni es tampoco, no debe serlo, un abusón de la verbosidad excesiva. Se ha degenerado su función o la ha degenerado una cohorte interminable de malos y pésimos abogados, convenencieros, utilitaristas. Son el reverso obscuro de una medalla que brilla con el sol de la Justicia. Y si juntamos estos seres también obscuros con leyes no menos hoscas, imperfectas e inhumanas, carentes de buena técnica y de un sentido superior del Derecho, tendremos una sociedad apilada sobre reglas que llevan al hombre, tambaleándose, de un lado al otro, perdido el rumbo y la orientación. Es el que llamo "Homo mechancus" que nos gobierna con el propósito de cuadricularnos, encadenándonos como dice Michel Foucault, y generando, invocando y aplicando leyes que coartan y maltratan nuestra libertad. Claro que las leyes, comenzando por la propia Constitución, tienen mecanismos, formales todos, para garantizar la libertad y los derechos. ¿Pero qué es lo que exactamente sucede aquí? Que suelen ser mecanismos que operan con lentitud, retardando la justicia e impidiendo que sea pronta y expedita o, algo peor, que son desechados por el Poder (Judicial) alegando que no son procedentes. Es decir, que en muchas ocasiones el Poder circunstancial del derecho substituye al verdadero Poder del Derecho, no importa que se trate de la participación de jueces constitucionales. En el mismo foro o curia, y por supuesto más allá de sus fronteras, abundan los señalamientos severos, las protestas, las críticas negativas a multitud de sentencias, autos o resoluciones que atentan contra el sentido de la Justicia y quebrantan los principios fundamentales del Derecho. Y el abogado, entonces, generalmente se cruza de brazos acogiéndose al principio de "cosa juzgada". Tal pareciera que se nos ha formado profesionalmente para no salirnos de una vía, de un camino predeterminado, cuando en realidad se nos forma, por lo menos en los altos niveles del estudio jurídico, para pensar, meditar y buscar incansablemente la luz que ilumina y alienta a la Justicia. No es la toga una armadura que apriete hasta casi inmovilizarnos.

Ahora bien, no es admisible que en momentos delicados, de crisis, de convulsión social y de violencia, el abogado y el jurista permanezcan callados, pacientes, apoltronados entre sus libros, leyes y códigos, resignados ante una realidad en que se manosea el Derecho y se lo transforma en un medio para lograr beneficios que no siempre son acordes a la Justicia. El gran riesgo de ello es que el derecho positivo, su ejercicio y su aplicación, se vuelvan una especie de mampara que aísla los valores dejándolos en el espacio a menudo turbulento de la utopía. No hay que cansarse, pues, de repetir el mismo mensaje: el abogado, el jurista, deben ser los renovadores constantes de un cambio en que se recuperen los valores perdidos, no sólo en lo que atañe a los asuntos particulares que se les han encomendado sino en cuanto al gran asunto del país, de México.

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