Opinión / Columna
 
El agua del molino 
Raúl Carrancá y Rivas 
El buen periodista
Organización Editorial Mexicana
26 de marzo de 2015

  En días recientes se armó un gran alboroto sobre la función y responsabilidad del periodista ("persona profesionalmente dedicada en un periódico o en un medio audiovisual a tareas literarias o gráficas de información o de creación de opinión": Real Academia Española). Menos concreta es a mi juicio la definición de periodismo dada por la misma Academia: "captación y tratamiento, escrito, oral, visual o gráfico, de la información en cualquiera de sus formas y variedades". Y digo que me parece menos concreta porque la creación de opinión es lo que al final de cuentas se busca en el buen periodismo. Para lograr esto, sin embargo, un buen periodista debe dar la noticia con objetividad, comentarla con mesura no incidiendo en la creación de opinión y desde luego no asumir que es un detective o un agente del Ministerio Público. Además, no ha de ser protagónico, o sea, no caer en el afán de mostrarse como la persona más calificada y necesaria en determinada actividad, al margen de que se posean méritos que lo justifiquen. Yo pienso que una cosa es investigar en el ejercicio del periodismo y otra muy distinta indagar con el tono de una autoridad ministerial. Sobre la base de una noticia hay que ir adelante, informando sus pormenores y detalles relevantes, obviamente investigando si es el caso pero sin sobrepasar los límites razonables definidos por la ética periodística. Por eso insisto en que no se debe perder el objetivo principal, que es la creación de opinión. Conozco periodistas, y los he oído en la radio, que informan sobre la aprehensión de un presunto responsable, agregando a los cuatro vientos que se trata de un delincuente, lo cual lleva a formar una opinión torcida acerca de la realidad. Por ello insisto en que la opinión del periodista se debe restringir a la noticia, sin ningún agregado o comentario de más. El buen periodista busca el juicio, el parecer de quien es depositario de la noticia. Por eso la Constitución consagra y tutela la libertad de manifestar las ideas (artículo 6º) tanto como la de difundir opiniones, información e ideas (artículo 7º), con una clara excepción "en el caso de que (se) ataque a la moral, la vida privada o los derechos de terceros, (se) provoque algún delito, o perturbe el orden público". Es que la vida privada o los derechos de terceros no deben ser investigados más que por el Ministerio Público solo en el supuesto de que haya indicios de responsabilidad penal, la que deberá definir el juez, fijar con claridad, exactitud y precisión. Y el buen periodista deberáasí mismo detener su tarea cuando aparezcan aquellos indicios, para que el Ministerio Público con base en lo informado cumpla con su alta función.

Ahora bien, en el mundo en que vivimos las noticias se difunden con la celeridad del rayo, y muy a menudo no hay tiempo para evitarlo o digerirlas. Tal es el cúmulo de noticias, de toda clase, proporción y magnitud, que si el periodista no es pulcro y ético en su oficio la sociedad corre el riesgo enorme, con evidentes repercusiones políticas, de ver modificada la realidad. Es como si nos pasaran una película adulterada. El código de ética periodística ha de ser, pues, cada día más estricto, elaborado por los propios periodistas adecuadamente colegiados o agrupados, aunque acorde al Derecho, porque aquí está de por medio la libertad de la sociedad y de los individuos que la componen. Lo que digo, por cierto, no preocupaba a los patricios ni se conocía en la época dorada de Roma, donde había tablillas o periódicos murales en que se informaba a los ciudadanos de la gran urbe. Y sin embargo ya se perturbaban entonces los ánimos y se hacían temblar las conciencias, como sucedió en la conspiración contra Julio César. El rumor corría entre las atarjeas inmundas, parejo a las aguas turbias del Tiber, pero los periódicos murales mantenían cierto escrúpulo desconociendo la manipulación y el consumismo de las noticias. Respetaban en proporción humana la libertad; no eran dioses, ni siquiera semidioses, y a ellos les debemos, sobre todo en Cicerón, concebir esa libertad como un privilegio del espíritu. Tratemos de conservar esta idea a toda costa, sin transacciones ni desviaciones.

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