Opinión / Columna
 
El agua del molino 
Raúl Carrancá y Rivas 
Elecciones minadas
Organización Editorial Mexicana
21 de mayo de 2015

  El dirigente del PRD ha pedido a los candidatos de su partido a cargos de elección popular que se abstengan de hacer giras en lugares inhóspitos, que cierren sus campañas antes de las nueve o diez de la noche y que estén siempre acompañados. ¿Por qué? Por la evidente falta de seguridad. A su vez la dirigencia del PAN en Guerrero solicitó prácticamente lo mismo a sus candidatos: evitar actos de campaña por las tardes o noches. El hecho evidente es que cuando Calderón abrió la caja de Pandora de la delincuencia organizada, declarándole la guerra, hundió al país en una inseguridad creciente. La versión oficial, apoyada por Estados Unidos, es que la captura de cabecillas del narco, de capos sobresalientes de cárteles, ha provocado a la manera de una poda la proliferación de células criminales -no tan pequeñas- a lo largo y ancho del país. Sin embargo lo también evidente es que la inseguridad no disminuye y que todos los días, a diario, se sabe de acciones delictivas, que ya no son novedad, en los medios de comunicación.

Ahora bien, ¿qué democracia puede funcionar si los aspirantes a representarnos tienen que andar a tientas por el peligro a que se enfrentan, o bien jugarse la vida? De un lado ellos y del otro los delincuentes. En tales circunstancias el Estado, y por supuesto el Gobierno, se han debilitado enormemente. El sólo reconocimiento de dicha situación de peligro inminente es ya una señal ominosa de alarma para México, que inevitablemente afectará las elecciones del próximo 7 de junio. Negarlo es querer tapar el sol con un dedo pues por lo menos se votará en medio de una gran tensión, asechando el riesgo. Desde luego hay que cumplir con el derecho y obligación ciudadana de elegir a nuestros representantes, siendo lamentable que tenga que ser así. Pero a pesar de las advertencias y posibles sanciones hay un peligro mayor, el de que la contaminación criminal comprometa por medio de la violencia llamada moral el resultado de las elecciones. Habría que pecar de ingenuo para ignorar que muchos candidatos, sedientos de poder e influencia, utilizan y utilizarán todo lo necesario "a su juicio" para llegar al cargo al que aspiran, incluso engañándose con el falaz argumento de que el fin justifica los medios. Es decir, caerán de una manera u otra en la red de la delincuencia que ya lo ha calculado y cuenta con ello. ¿Conclusión? Estamos casi en vísperas de unas elecciones muy complejas y complicadas. Por desgracia no todo ha dependido, ni depende, ni dependerá tampoco de la buena voluntad del Instituto Nacional Electoral, es decir, de la organización y reglamentación de las elecciones. El ambiente es el difícil. Lo que pasa es que al margen de lo señalado el pueblo votará pues la movilización oficial para que lo haga ha sido y es enorme. ¿Pero el resultado? ¿Cuál será su naturaleza? ¿Sólo contará lo cuantitativo? O sea, ¿a partir del próximo 7 de junio se habrá dado un paso importante en la consolidación de la democracia mexicana? ¿Y lo cualitativo, de fondo, de verdadera substancia democrática? ¿O estamos ante un resultado sinuoso, incierto, inseguro? La advertencia de los dirigentes de los dos partidos a que me he referido es sintomática de algo muy grave, a saber, de que la democracia corre un gran riesgo si no hay paz y si la inseguridad amenaza la convivencia civil. Cosa sabida la anterior y por la que atraviesan muchos países del mundo, lo cual no le quita la gravedad. ¿En medio de este panorama qué nos toca y corresponde a los electores? Voto por votar aunque con prudencia, cuidado y precaución, algo inusitado desde hace muchos años en México. Sí, votar en contra de esta situación y conservando la esperanza que siempre queda en lo hondo de la caja de Pandora. Voto de crítica y, repito, de esperanza.

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