Opinión / Columna
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De cara al Sol
Andrea Cataño Michelena
Malawi, Lesoto y México
El Sol de México
20 de noviembre de 2009
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Hay días que las malas noticias se amontonan más que pasajeros en micro de la ruta Auditorio a las ocho de la mañana. ¡No hay que ser! Esta mañana me desayuno mi capuchino descafeinado con la filípica que el premio Nobel de Economía 2001, Joseph Stiglitz, le recetó a nuestro abullonado secretario de Hacienda, en cuanto a su manejo de la crisis, el que consideró como "uno de los peores en el mundo", citando que, en cambio, países como Australia y Brasil fueron los que mejor la enfrentaron, ya que tuvieron una reacción gubernamental "muy fuerte", así como un reglamento bancario que hizo que su sistema financiero soportara las dificultades.
La mayoría de los comunes mortales entendemos poco de economía, pero sabemos que con un desempleo del ocho por ciento, con una miscelánea fiscal que causará que las familias se enfrenten a una disminución del cinco por ciento de su ingreso neto -según anticiparon especialistas de la firma Deloitte-, no hay forma de salir de la endémica crisis, así proclamen lo contrario nuestros políticos. El mercado interno, único capaz de sacar a flote la economía en tiempos difíciles, no crecerá, por el contrario, la nueva carga impositiva desalentará el empleo y la inversión. Y es una desgracia que los diputados de todos los partidos hayan aprobado la iniciativa presidencial de ingresos dándole apenas una manita de gato que a nadie favoreció, porque nadie quiere pagar el costo político que va aparejado con el cumplimiento cabal de una responsabilidad que aceptaron junto con su nada despreciable dieta.
Seremos más pobres, iremos como los cangrejos, los recortes indispensables para ajustar el gasto tocarán rubros esenciales, como educación, salud, desarrollo social y hasta seguridad pública. Y el remedio era bastante sencillo: terminar con los regímenes especiales de Impuesto al Valor Agregado y haber marcado con tasa cero alimentos (los no procesados) y medicinas, en lugar de ese engendro de ley de ingresos que no dejó contento a nadie. En estos tiempos lo que se necesita es que haya más contribuyentes que paguen menos y no al revés.
La lenta recuperación de Estados Unidos no generará la suficiente demanda para que la economía mexicana se recupere y es aquí donde habría que fortalecer el consumo interno. Pero a mayor pago de impuestos, menor crecimiento; a menor crecimiento, menor consumo; a menor consumo, menor empleo, y a menor empleo, menor tributación, y la crisis se profundiza. Es tan lógico que asusta.
Pero, además, Carstens replica que aparte de la crisis mundial, México perdió ingresos por la disminución en la producción petrolera (lo que no ocurrió de ayer a hoy y nadie parece haber previsto a tiempo para poner un remedio)... Pues este argumento en lugar de favorecer a nuestro amplio ministro, lo hace quedar peor, porque si ya se sabía que México no podía contratar más deuda, entonces habría que haber usado la creatividad para encontrar vías para obtener recursos que no fuera exprimiendo a los mismos de siempre. Y ahora, a pagar la factura. ¿Hasta cuándo?
El otro tema que me ha elevado la bilirrubina es que México ha caído 17 lugares en corrupción. Pienso en mi familia y en la de muchas de las personas que están cerca de mí y que son honestas, y no concibo que la mayoría de los mexicanos seamos corruptos. Pero ahí están los estudios que no mienten. Según el Índice de Percepción de la Corrupción 2009, de Transparencia Internacional, nuestro país cayó 17 lugares, hasta el sitio número 89, lugar que comparte con Malawi, Lesoto, Marruecos y Moldavia. En una escala descendente de 10 a 0, México obtuvo una calificación de 3.3, menor a los 3.6 puntos que había obtenido el año pasado.
Estoy convencida de que esta situación es multifactorial. Pero hay algunas causas que destacan: la falta de educación cívica que promueva valores éticos. ¿Dónde quedaron esas clases de civismo? El ejemplo también es esencial y es del que el niño verdaderamente aprende. Pero el principal problema de la corrupción es la impunidad. Mientras la gente sepa que puede cometer actos ilícitos y no le pasa nada, lo hará. Empezará por uno sencillo y terminará con uno mayor, porque finalmente, hay toda una red de complicidades o un sistema tan plagado de opacidades que lo ayudan a librar el castigo.
La corrupción no tiene nacionalidad, tiene salvoconducto. No es más honesto un americano que un ruso o que un mexicano. Es el sistema el que frena su impulso de cometer actos corruptos. En Inglaterra a nadie se le ocurre tratar de sobornar a un "bobbi", por citar un ejemplo. La respuesta es sencilla: si un policía inglés es sorprendido en un acto de cohecho le va tan mal que ni siquiera lo intenta, por eso, el conductor que se pasa un alto o conduce con aliento alcohólico tampoco se atreve a ofrecer dinero. La reacción en cadena no comienza y por eso disminuye la corrupción porque un sistema punitivo eficaz lo evita. ¡Es tan sencillo!
Ustedes dispensarán, hoy mi querida y única neuronita estuvo muy machacona con el sentido común, que es el menos común de los sentidos. Pero creo, que a la postre, tiene razón.
andreacatano@gmail.com
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