Opinión / Columna
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Ecos Lejanos
Gabriela Mora Guillén
Veracruz
El Sol de México
22 de noviembre de 2009
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Pese al mal tiempo, al aire que por momento nos hace sentir frágiles y a la deriva recordando tan sólo que nuestra condición humana jamás será capaz de desafiar a las fuerzas de la naturaleza; pese a la infinidad de nubes amontonadas en el infinito dándonos la sensación de que en mucho tiempo el sol no habrá de brillar, lo cierto es que después de varios años de ausencia el puerto jarocho nos vuelve a cautivar.
Evidentemente el desarrollo que en todos sentidos se evidencia, la calidez de su gente y el ambiente que florece de la unión de estos factores y varios más: su música, sus costumbres, su comida típica, el malecón y la Parroquia, sus bailes. Vocabulario y carácter, la "Casita Blanca" de Agustín Lara y sus intérpretes, hacen de este un lugar único al que siempre desearemos regresar.
Obviamente y resultando ya una característica de nuestro amado México, a lo largo de estos días no faltó el incidente que nos hace diferentes: al contratar un recorrido marítimo hacia la isla del faro y "Cancuncito", los porteños intentaron rebasar la capacidad de la lancha que claramente exhibía ser para doce personas y en la que habíamos dieciséis contando niños y personas de la tercera edad; al reclamar, los simpáticos lancheros intentaron convencernos de que se trataba sólo de un pedimento que no tenía sustento, garantizando ellos la integridad de todos los paseantes; ante nuestra inquietud y alegatos accedieron a cambiarnos de embarcación: resulta que el motor se ahogó y aunque para nuestra fortuna el incidente no pasó a mayores, cuando menos demostramos a los lugareños su irresponsabilidad y desafío que seguramente continuará.
No obstante, en algún momento antes de partir al recorrido se acercó a nosotros un funcionario de la Procuraduría de Protección al Ambiente (Profepa) quien nos dio algunas recomendaciones; al enterarse de lo que pasaba y solicitar su participación como autoridad federal, arguyó que los porteños daban una retribución a los vigilantes de la Capitanía de Puertos por cada pasajero excedente de la capacidad de las lanchas, por lo que él no podía ayudarnos. Finalmente, un mal rato que nos ratifica el estado en que nos encontramos, provocado en innumerables ocasiones por nosotros mismos: no hay reclamos, no hay alegatos y "cada quien rema para su molino..."
Lo cierto es que en Veracruz la vida transcurre lenta y encantadoramente. Ante la precipitación y locura con que vivimos particularmente los chilangos, el puerto jarocho nos hace retroceder en el tiempo y ubicarnos en el México en que crecieron nuestros abuelos: pausado y productivo a la vez; sin timidez ni recato...
Un poco llevada por mi curiosidad -que como buena mujer siempre aflora- y a sabiendas de que en estos días Fidel Herrera rindió su quinto Informe de Gobierno, durante la semana he realizado un pequeño ejercicio en el ánimo de la gente sobre la persona y el trabajo del Gobernador. A decir verdad y sin interés político o partidario alguno, resulta francamente satisfactorio observar que efectivamente Veracruz florece y su sociedad percibe esfuerzo y voluntad en el Ejecutivo por su bienestar y el desarrollo del lugar.
Pese a la excesiva divulgación de mensajes subliminales como la "fidelidad" en el transporte público y espectaculares, hemos de reconocer que quisiéramos encontrar en el país muchos más lugares en que el pueblo se muestre tranquilo, con el ánimo conciliador y festivo de los jarochos, que aunque siempre lo han tenido, hoy tienen todo -o mucho- para mantenerlo.
Lejos, muy lejos de Veracruz, México se encuentra alicaído, triste, deprimido y con todas las inclemencias políticas y económicas que el presidente Calderón -bien o mal- ha debido sortear, lo cual da cuenta de esta realidad: todo dividido, intereses personales por encima del bienestar nacional; políticos contra empresarios, el legislativo contra el ejecutivo...
Veracruz, rinconcito donde hacen su nido las olas del mar...
gamogui@hotmail.com
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