|
Opinión
![]() Christopher Hitchens
Palabras combativas: cómo ganar la guerra del opio en Afganistán
El Sol de México
10 de octubre de 2008
¿EL MEJOR MODO DE PRIVAR A LOS TALIBÁN DE LAS GANANCIAS DE LA DROGA?
COMPRAR LAS COSECHAS DE AMAPOLA EN AFGANISTÁN Conocí a sir Sherard Cowper-Coles, embajador de su majestad británica en Kabul, y no dudo que fue citado de manera correcta en el cable enviado por el vice-embajador francés en Afganistán y que se filtró a la prensa parisina. Pienso que tiene razón al decir que aunque no puede haber una franca "victoria militar" del Talibán y de otros fundamentalistas y fuerzas criminales, existe la posibilidad de que una combinación de estas fuerzas pueda hacer ingobernable al país. También puede tener razón cuando dice que un aumento de tropas de la Organización del Tratado del Atlántico Norte en Afganistán podría ser mal recibido y causar corolarios inesperados, pues "nos identificaría de manera más clara como una fuerza de ocupación y multiplicaría los objetivos" para el enemigo. Afganistán e Irak han demostrado que la teoría de la cantidad de la contrainsurgencia tiene bases poco sólidas. Si un vasto número de soldados adicionales hubiera sido enviado a Bagdad antes de dar a la guerra desastrosamente manejada una nueva estrategia y un nuevo comando, entonces habría sido el caso de permanecer en el mismo agujero excavando de manera interminable (Eso hubiera dado como resultado más "bolsas de cadáveres", a raíz de una cifra más alta de soldados). Pero, tal como están las cosas, hemos aprendido tantas lecciones en Irak respecto a la manera de derrotar a Al Qaeda que podemos aplicar esas lecciones en Afganistán. Es algo exactamente opuesto a la cháchara que acostumbraba a contraponer la "buena" guerra afgana al maligno pantano en Mesopotamia. Hablando de pantanos, he aquí algunas cifras que vale la pena tomar en cuenta (obtener del testimonio ante el Congreso de Mark Schneider, del muy respetado International Crisis Group). Schneider citó al almirante Mike Mullen, jefe del estado mayor de las fuerzas armadas, quien dijo que los ataques suicidas en Afganistán habían aumentado un 27 por ciento en el 2007 con relación al 2006. Según el experto, Mullen "debería haber agregado que aumentaron un 600 por ciento respecto al 2005, y que todos los ataques insurgentes aumentaron un 400 por ciento con relación al 2005". Para ensombrecer aún más el cuadro estadístico, hay que tomar en cuenta un crecimiento en los ataques a las caravanas del Programa de Alimentos Mundiales, a los obreros de asistencia, y a prominentes mujeres afganas. Todo esto muestra una constante curva ascendente. Otro ejemplo es la capacidad del Talibán para actuar a través de la frontera paquistaní y atacar en el centro de la ciudad capital y de otras ciudades, especialmente en su antiguo bastión de Kandahar. La última cifra deprimente es el índice de bajas civiles causadas por los bombardeos aéreos de la OTAN. Esa es una de las principales tribulaciones que subyacen en el sombrío punto de vista de Sir Sherard: la actual estrategia liderada por Estados Unidos está "destinada a fracasar". Innumerables factores se combinan en esta evaluación. Muchos de ellos tienen que ver con el hecho de que Afganistán, un país muy pobre, quedó devastado en una serie de guerras civiles y rivalidades étnicas. Recuerdo haber volado hace algunos años desde Herat hasta Kabul en un avión de las Naciones Unidas. Me deprimió la escasez de verdor en el paisaje color fango. Hace treinta años, ¿cual era la más famosa exportación de Afganistán? Unas excepcionales pasas de uva apreciadas en todo el subcontinente. Afganistán fue un vergel de vides y huertos repletos de árboles frutales. Ahora, la mayoría de las vides y los árboles han sido talados para hacer leña. Irak puede muy bien ser inmensamente rico en una década o menos: Afganistán estará en el sótano del "Tercer Mundo" durante muchos años. Por esa razón es que resulta peculiar, si no grotesco y casi suicida, insistir en que su recurso económico más importante continúe controlado por el enemigo. La Oficina de Drogas y Crimen, una agencia de las Naciones Unidas, dice que el año pasado la cosecha de amapola en Afganistán produjo el 92 por ciento del opio del mundo. La producción potencial podría llegar a ser tan alta como unas 8 mil 200 toneladas métricas. Y, según la agencia, el vasto volumen de ganancias de la cosecha va directamente a los Talibán o a los señores de la guerra locales y a los mullás. Entre tanto, bajo la apariencia de libertadores, los soldados de la OTAN aparecen y le dicen a los aldeanos afganos que traten de quemar su única cosecha. ¡Y la Embajada de Estados Unidos ha ordenado fumigar esa misma cosecha desde el aire! En otras palabras, la desacreditada fantasía denominada "guerra a las drogas" de Richard Nixon es el dogma sobre el cual estamos preparados a apostar y a perder el país que dio nacimiento a los Talibán y ofreció hospitalidad a Al Qaeda. Seguramente que una estrategia más inteligente sería, a largo plazo, invertir una buena cantidad en la reforestación y especialmente en volver a plantar las vides. Y a corto plazo, debería permitirse a los campesinos afganos, agobiados por la pobreza, vender su opio al Gobierno en vez de hacerlo a bandas de narcotraficantes o al Talibán. No tenemos que fumar el material una vez adquirido: puede ser quemado o tal vez usado de manera más lucrativa para fabricar analgésicos que escasean en Estados Unidos (nosotros permitimos a Turquía cultivar campos de amapola de opio justamente con ese propósito). ¿Por qué en vez de eso no darle a Afganistán el contrato? Con un solo golpe, ayudaríamos a llenar sus arcas y a vaciar el principal cofre de guerra de nuestros enemigos. Sé que esa opción ha sido discutida a niveles bastante altos en Afganistán. Dejo al lector que adivine el tipo de requisitos políticos que han impedido una discusión inteligente en Estados Unidos. Pero si alguna vez tenemos que investigar cómo "perdimos" un país que una vez habíamos liberado, ese será uno de los lugares en donde deberá iniciarse la conversación. (Christopher Hitchens es columnista de la revista Vanity Fair y de Slate Magazine (www.slate.com), donde la columna "Fighting Words" aparece originalmente. Hitchens ha enviado reportajes desde más de 60 países y ha escrito más de una docena de libros. Los trabajos de Hitchens han sido también publicados de manera regular en The Atlantic, The New York Times Book Review, Harper's, Newsweek International y The New York Review of Books. Es autor de "Thomas Jefferson: Author of America", publicado por Atlas Books. Su último libro es "God Is Not Great: How Religion Poisons Everything" (Twelve). (Traducción de Mario Szichman) The New York Times Syndicate Columnas anteriores
|
Columnas
Cartones
|