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Opinión
![]() Juego de palabras
Gilberto D'Estrabau
Cirugía al Presidente
Organización Editorial Mexicana
11 de septiembre de 2008
-Pero ¿qué es lo que pasa?, ¿qué le hacen?, ¿cuándo lo hacen?
-Vienen por ti más o menos dos horas antes de las 12 del día en que vas a tomar posesión... He sido confidente de media docena. Cuando finalmente se deciden y empiezan a contar esa parte de sus vidas, el rostro se les transforma, la voz les tiembla y las puntas de los cabellos se les paran como las púas del crispado puercoespín. -¿Así nomás? -Tienen cita. Te advierten que es muy importante, incancelable. Te dan una lista de las cosas que no puedes hacer, a lo que no puedes acercarte. -¿A qué, por ejemplo? ¿A las mujeres? ¿Al vino? ¿Al mar? -No me recuerdes el mar, que la pena negra brota. -Perdón. ¿Qué pasa entonces? -Pues te encueran, te ponen un camisón de esos que dejan las pompas al aire, te acuestan en una camilla y te inyectan. Son muy gentiles, muy tranquilizadores. Te aseguran que no vas a sentir nada. Y te meten al quirófano que hay aquí, para uso exclusivo del Presidente. -Pero en esos momentos todavía no es Presidente. -No lo eres cuando entras, pero ya lo eres cuando sales. -Sí, claro, más de las 12. El país no puede estar acéfalo ni un nanosegundo. ¿Y luego? -Pues te ponen otra inyección y empiezas a sentir como que te vas, que te vas, y no te has ido. Y en ese momento, como si estuvieras escuchando una voz fantasmal, o a Carlos Loret de Mola cuando llega crudo a "Primero Noticias", te cuentan la historia más terrible, más espeluznante y más increíble: te cuentan la historia de tu propia vida. -Pero, señor Presidente, usted conoce la historia de su vida. Si iba a espantarse, ya se espantó. Nadie le va a decir nada nuevo. -Eso es lo que uno cree, sí, que conoce la historia de su propia vida. Pero en este mundo de la política pasan cosas de magia negra, de ciencia-ficción, de reportajes de "Primer Impacto". Aquella voz que cada vez se va haciendo más lejana, pero que escuchas perfectamente... -A lo mejor le han metido una bocina en el cerebro... -No lo dudo ni tantito, y luego va a saber por qué. Aquella voz, decía, te informa que al paso de los años, en otros salones de cirugía, cada vez que haz subido un escalón en la jerarquía política, sin avisarte, sin pedirte permiso, ¡te han cortado un pedacito! -Sin avisarte y sin pedirte permiso nunca. Y sin embargo, esta vez... -Sí, esta vez te están avisando. Nada más avisando, no pidiéndote permiso. Porque, aunque nadie te lo diga, te queda muy claro que si te niegas, no vas a ser Presidente. Así que en esta noche previa a la ascensión más importante de tu vida... -De la suya, señor Presidente... -Sí, de la mía. Esa noche pues, cuando vas a ser finalmente Presidente de la República, te confirman lo que ya sospechabas: ¡te lo van a cortar todo! -¡En la madre, mi general! -Así es, todo. No te van a dejar ni un cachito para presumir. -Y no puede negarse, no puede protestar. -Puedes hacerlo, pero no serás Presidente. Morirás de un infarto durante la noche. -¿Y usted qué hizo? -Lo que todos los demás antes que yo, y presumo que todos los demás después de mí. Les dije que adelante. -Hay que tener muchas ganas de ser Presidente. -Pues sí. -¿Se sintió diferente cuando despertó de la anestesia y ya no le quedaba nada? -Al principio no. Pero luego... sobre todo cuando lo ves, en su frasquito. -¿Guarda el suyo? -Sí. ¿Lo quieres ver? -Si no es muy asqueroso. -En realidad, no. ¿Nunca has visto el pitito de Napoleón? Parece un caballito de mar. Este es más o menos lo mismo. Metió la mano en un cajón del escritorio, y cuando la sacó tenía en ella un frasco con un líquido turbio que apenas dejaba ver una masa informe. -Aquí está -dijo con una mueca-. Esto fue lo que me extirparon completamente aquella noche: mi sentido del humor. Columnas anteriores
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