Opinión
Cargador del tiempo
Martín Careaga
Una Dama de la Bondad

El Sol de México
17 de mayo de 2008

Majestuosa, generosa, su principal virtud, es la enorme capacidad de desprendimiento que le distingue. Así ha sido desde los primeros años. Desde su lejana infancia en el pueblo frío enclavado en lo más intrincado de la hermosa sierra, que corona la espesura de un bosque ignoto, y que por mucho tiempo, fue la marca del progreso de un país, que se encontraba consigo mismo. Un pueblo boyante, cuyo diseño salió de algún cuento de ensueños, que en su caso, se tornó realidad y que para fortuna de muchos, se conserva aún casi intacto, esperando tal vez, el regreso de sus antiguos habitantes, que tuvieron un día que dejarlo.

Posiblemente, ese paisaje la llenó de cosas buenas. Porque creció con la frescura y la inocencia que una vida en constante contacto con la naturaleza, proporcionan. Su salida de aquel pedazo de gloria, la recuerda todavía con nostalgia. Al parecer, fueron los mejores días de su niñez. Rodeada de las personas a las que más quiso, y que de igual manera, la llenaron de cariño, de amor y le marcaron para siempre. Gente como ella, acostumbrada a dar lo mejor de sí para los demás.

El cambio a la ciudad la terminó de forjar. Así, conoció más de adversidades, de otro tipo de vida y otro tipo de personas. Aprendió que es necesaria la cautela a la hora de tratar a las personas; que no todas son tan desinteresadas como ella misma lo es. Que no todas están dispuestas a darse a los demás. Tuvo entonces otros cariños. Aunque ello, no le modificó el carácter ni la visión de gente que le es propia.

Se unió en confraternidad, a parientes que la desdicha había acercado. Aprendió un tipo de solidaridad que difícilmente se aprende en otros lados o circunstancias distintas. Ese, fue otro gran toque de vida, la necesidad de ser. Formó a temprana edad a su propia familia. Su familia núcleo. Aquí, otra vez tuvo que cargar con adversidades que la paciencia y el estoicismo le permitieron sortear. La vida, al parecer le deparó una empinada cuesta, que sólo el tesón no le permitió echar por la borda. Crió a sus cuatro hijos que no son precisamente el mejor modelo que mereciera tener, pero que, sin embargo, y pese a las décadas que a los mismos visitan, y a los errores y defectos que les caracterizan, los sigue tratando como a sus pequeños, con el mismo amor que les dio desde la vez primera que los tuvo en sus brazos.

Extiende este amor inacabable para sus segundos descendientes, sus nietos. Son éstos su adoración y son en muchas formas, su segunda crianza. No descansa en los cuidados que les prodiga, ante los cuales por supuesto, aquellos abusan sin reparo.

Pero su capacidad de dar y darse no termina ahí. Al contrario, pareciera que apenas comienza. Porque su don de gente se ve en las obras buenas que realiza para los demás; para los parientes, que no siempre han sido el más vivo ejemplo de solidaridad familiar, y que tantas veces al contrario, han sido una malsana presencia.

Pero tal parece que para todo ello el arcón del olvido es en su caso, inmenso. Todo indica que su corazón no ha aprendido a poner límites ni barreras. Ello lleva a pensar que tiene una memoria muy flaca. Porque no pasa mucho tiempo para que perdone las afrentas recibidas. Eso de verdad fastidia a sus cercanos, porque es casi nula su capacidad para guardar rencores. Su poca exigua razón, para que alguien sea objeto de sus malquerencias. De hecho no le conozco a quien sea objeto de éstas.

Cuando se le cuestiona el por qué de tanto afán de dar a quienes no lo aquilatan, a quienes al contrario serían dignos de desprecio y rencor, esconde la respuestas, evade el tema y despliega una explicación digan de franciscano, que sólo convence y afirma en el oyente, que esta mujer nació para dar y darse a los demás, y no para juzgar ni abusar de nadie. Es más, a veces creo, que no tiene la capacidad para guardar inquinas en el alma.

No sabe rechazar la posibilidad de hacer un favor, de apoyar, de ayudar, de dar, pues se congratula de ello. En su mesa, siempre hay un lugar servido para quien lo requiere. Sea así un conocido, o un perfecto extraño. Siempre hace sentir más de lo que un cuadro que adorna su morada dice "mi casa es su casa", que más que eso, es un hogar.

Hace poco tiempo el destino le jugó lo que parece ser su peor desventura. Le estrelló el corazón y le arrancó un pedazo. Le desprendió el elemento de ternura y apapacho filial. Entonces, parecía que su alma se desmoronaría para siempre. Pero el coraje que le distingue su vivir y la fortaleza que le recubre su actuar de generosidad, le regresaron a la senda de la vida. Tal vez ha comprendido con el generoso paso del tiempo que el alma solitaria que le abandonó temporalmente le devuelve los cuidados terrenos en el cielo, desde donde la cuida al igual que a sus cercanos.

Y aún con ello, con el sello del dolor ingrato que envuelve el traspaso mundano ha vuelto sobre sus pasos a ocuparse del mayor quehacer de su existencia, regalarse a los demás. Así de grande sigue siendo.

martincareaga@gmail.com
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