Opinión
Cargador del tiempo
Martín Careaga

El Sol de México
10 de mayo de 2008

La mujer como madre. Un regalo de Vida

Es, me dijo, mi más grande logro. Y es que al principio yo no atine bien a concederle la razón, porque uno se imagina que en la cotidianidad del mundo, el hecho mismo de su supuesto triunfo es compartido por millones como ella. Sin embargo, luego apure a reflexionar que esa es una reacción de bote pronto, el cuestionarle a alguien, el qué tendrá de especial el hecho, qué tendrá de maravilloso, de extraordinario, de diferente su logro.

Su mejor papel en este mundo, ha sido precisamente ese. Me insistió, me hizo hincapié. Me resaltó lo que a los neófitos como yo no nos queda claro: que la supremacía, la especialidad del hecho, es que da luz a un nuevo ser, que da camino a una nueva alma. Que lleva en su cuerpo la esperanza de una nueva vida a la que de a poco ve crecer, ve seguirle, ve imitarla.

Me dijo, que su gran logro es mejor que el del resto de los seres que le rodean. De hecho, me confesó "sotto voce", que todas en su condición opinan lo mismo. Me aclaró también que cada uno de los frutos que componen lo que en general es su logro, es distinto entre sí. Que cada uno de ellos es especial. Que si bien es cierto hay cosas en las cuales se parecen, hay otras tantas en las que son tan distintos; pero eso mismo aumenta precisamente sus buenas querencias hacía ellos. Que esos que parecen para el común pequeños detalles, son perceptibles tan sólo para ella, que con cariño los engrándense y les da tintes de particularidad. Y la razón, me dejó muy en claro, "es que yo lo tuve nueve meses en mi vientre".

De estos frutos, sus frutos, sólo me refirió cosas buenas. Jamás le escuche algún mal comentario, una frase dura o una crítica acérrima, aunque yo estoy seguro que por mucho, bien se lo merecían. Pero ella parece que no sabe ver sus defectos. Al contrario, sólo virtudes les encuentra. Habla siempre de sus cosas sobresalientes como si lo demás no existiera.

Y en ello es bastante generosa. Regala adjetivos tan complacientes, que a veces quería yo interrumpirle, para aclararle que no era así lo que estaba diciendo. Que en todo caso me parecía que estaba exagerando bastante. Pero cuando intentaba hacerlo, me bastaba con verle a los ojos, y encontrarme siempre con un reflejo que sólo lo tienen personas de su clase, por lo que estaba claro que hubiera sido una grosería imperdonable refutarle algo. Además, se le veía tan emocionada, que más que palabras lo que salía de sus labios era una melodía tan especial, que invitaba a seguirla en todo.

Por eso, me recordó la primera vez que la vi. Cuando un abultado vientre, le adornaba la silueta. Me parecía tan raro ver a alguien así, y al poco tiempo, encontrar que ya había desaparecido, me provocaba extrañeza, por sobre todo. Después, cuando me entere del motivo y la consecuencia, me dio por mirar su rostro y apreciar que con tal panza, iba transformándose cada día más feliz, cada vez más lleno de luz, cada vez más repleto de lo que luego supe, era la esperanza.

Y, en esas veces en las que la curiosidad se imponía a la moderación, me daba por preguntarle, por qué sonreía de esa manera tan especial, por qué fijaba la mirada en un punto equidistante, y se ponía a suspirar a la par que sobaba con ternura su abultado vientre. Pero por respuesta recibía siempre una caricia en el cabello y me obsequiaba, aunque de soslayo, parte de esa mirada con la que pagaba con creces mi impertinencia.

Cuando la vi llorar, cuando realmente la vi sufrir, fueron las veces en las que sus retoños enfermaban. Parecía que la enfermedad era suya. Su intención era sin duda cambiarse por ellos. Que la dejaran sentir el dolor, soportar los achaques. Pero el hecho mismo era que no podía hacerlo, y la impotencia la doblaba aún más, aunque eso sí le demostraba a su pequeño, que no pasaba nada y le infundía un ánimo que en tales trances sólo le he visto a ella.

Si la describiera, apenas podría notarle defectos en su papel. En su forma de ser. El amor es parte de su esencia. Ni lo regatea ni lo esconde para con quienes han sido extensión misma de su cuerpo, de su ser. Físicamente no puedo decir que sea o no joven. De hecho, jamás le he notado alguna arruga que no le adorne su cara y cuya parte baja no tenga el nombre de uno de sus hijos. No puedo decir que no sea bella. Ese rostro tan hermoso, lo es más, cuando se refiere a alguno de sus vástagos. No puedo negar su inteligencia: la educación y formación dada a sus descendientes son muestras palpables de lo mismo. No puedo ignorar su fortaleza; cuando las situaciones más difíciles afloran es la primera en dar la cara, en hacerles frente. No puedo negar su ternura, la regala a manos llenas sobre todo cuando más se le necesita. No puedo tampoco ignorar su hermoso nombre, de hecho, el mismo le da principio a todo, lo palpable y lo abstracto: Madre.

Sin duda siempre y por mucho el papel más grande de la mujer. Que Dios les bendiga siempre.

martincareaga@gmail.com

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