Opinión
Cargador del tiempo
Martín Careaga
Niños de siempre

El Sol de México
26 de abril de 2008

Está por llegar el día en que se deberá de rendir tributo a los amos de las atenciones familiares, los queridísimos niños. Esos pequeños seres que dan vida y transforma de manera impresionante con su sola presencia el espacio que llegan a ocupar. Son seres extraordinarios, cuya alegría y ganas de diversión tornan el carácter del más reacio a su presencia.

Dígalo si no, el hecho de que un hogar no sería tal si faltara su presencia. Que sin ellos la familia no se terminaría de conformar completa. Que tenerlos le da otro cariz a la vida; que se crea a consecuencia de ellos otra manera de ser y comportarse. Son en esencia el chispazo que enciende nuevas y más altas metas.

Y también, por qué no decirlo, son francamente odiosos en los momentos de desbocarse. Son insoportables cuando les entran las ganas de correr y jugar en lugares ajenos. Son increíblemente pesados cuando se ponen en posición de revelarse a la autoridad paterna. Y cuando comienzan a ser independientes son causantes de los mayores padecimientos que sufren los padres. Son en fin, un eterno dolor de cabeza. Eso ni dudarlo.

Por eso, tantas veces cuando se cuestiona si es mejor la vida de pareja sin niños, si es realmente necesario que una casa para ser hogar requiera de ellos, o si es mejor verlos desde lejos; conocer y disfrutar momentáneamente a los ajenos, y apreciarlos y quererlos de veras, pero así, de "lejitos", como gustan decir aquellos amantes de las disminuciones en la vida.

Y en tal ponderación conviene escuchar a aquellos seres a los que lamentablemente no les fue dado el gozo de la procreación, y sufren abierta o calladamente, de acuerdo al manejo de cada caso, la ausencia de prole. Y, ellos afirman, desearían tener descendencia; desearían tener su retrato en cara prestada. Sus rasgos mejorados, sus maneras perfeccionadas, sus dichos ampliados y su carácter extendido, en esas hermosas creaciones que son los hijos. En esos regalos inconmensurables que tantas veces no atinamos a comprender e incluso llegamos erróneamente a desdeñar.

Y aunque hay de todo, aunque hay para dar y regalar, los niños representan lo más valioso que ser alguno pueda tener. Que son la ocupación primero, y luego la permanente preocupación de los padres, de acuerdo. Pero son también el camino más certero para la felicidad. Porque la ausencia prolongada de niños en el hogar les va cambiando el sabor a estos.

"Verbi gracia", los padres que pasan de ser tales a la calidad de abuelos, revolucionan de nuevo sus vidas, con el correr de las almas heredadas de los nietos. Los colores cambian y se reencuentran de manera superior a la llegada de una nueva generación.

Porque la presencia de los niños, amén de los corajes pasajeros que provocan, son la manera inmediata de sentirse con esperanza, con expectativa de alcanzar algo mejor, con la obligación de lográrselo a ellos. De darles algo extraordinario a estos pequeñines que recién comienzan la vida. Y no en su aspecto material que es el pretexto perfecto para las desatenciones que los padres luego tenemos con los hijos arguyendo "darles tanto". No, el hecho es la calidad de lo otorgado. El tiempo, la atención, el cariño, el acercamiento con los vástagos.

Por eso cuando ese pequeñín de escasos diez años actúa como adulto en los albores de su mocedad, tratando de alejarse de lo que todavía es, un niño, uno se extasía al verlo traspasar sus edades de imberbe adolescente y regresar a su niñez, la que indefectiblemente le gana cuando se explaya desinhibido en sus juegos infantiles.

O la incredulidad que se produce cuando algún niño precoz habla en voz baja de las muchachas y de sus deseos inmensos de crecer para poder salir con ellas a ver a qué. Y que decir de esos otros que expanden su imaginación de manera excelsa, y la plasma en dibujos, creaciones y demás demostraciones, donde la imaginación es su juguete más preciado.

O en los casos de las niñas que se dejan llevar por los sueños quinceañeros cuando apenas y cumplieron los siete de nacidas. Y de esas otras que juegan a ser artistas famosas y se contonean de lo lindo en sus míticas actuaciones. Y esas más que la hacen de "mamás" con sus escasos años y que dejan al descubierto la manera de ser de la progenitora en suerte.

Pero los niños, ¿dejan de ser tales a qué edad? Porque si bien es cierto, no se puede olvidar en el interminable recuento, a esa hermosa que tararea las viejas rondas infantiles a sus dieciocho años, aunque se ruborice al descubrirla. O aquel otro que cuenta chistes y se destornilla de la risa a sus tres décadas bien "copeteadas". Y ese más que pone apodos, cuenta anécdotas sabrosas y simpáticas, con casi ochenta años que coronan su existencia y se dice que se divierte como niño. Y no podía faltar, porque de ellos también como a veces de usted, de aquellas y de mí mismo, se nos acusa de actuar como niños.

Y si uno en el recuento medita hasta dónde llegó como niño, hasta dónde cambió en su forma de ser, y cuánto lo han cambiado los niños que ahora observa como propios, entonces conviene pensar un poco que lo que se perdió fue la inocencia y la intención, porque las ganas de diversión siguen intactas y mientras eso no se pierda siempre todo lo superará el regalo divino de la sonrisa de un pequeñín. Así de supremos son los niños.

martincareaga@gmail.com
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