Opinión
Cargador del tiempo
Martín Careaga

El Sol de México
19 de abril de 2008

Se dice que el amor es el sentimiento más noble que puede experimentar cualquier ser humano. Es el sentimiento que hace, se dice también, cambiar el sentido y el modo de ver las cosas. Es algo maravilloso es, además, el motor que mueve muchas de las relaciones humanas. Tan profundo como la inmensidad del Universo y tan fuerte con el magnetismo que nos ata a la tierra.

Hay por supuesto, distintos tipos de amores, el filial, que probablemente es el más grande. Los hijos como el más grande de los logros. El amor a la pareja, el amor a los padres, el amor a los amigos, el amor a los semejantes. De ellos, de todos y cada uno de ellos, las dosis que le acompañan tienen que ver con el sentido mismo del amor. Es decir, el amor a la pareja conlleva pasión, atracción, deseo. El amor a los hijos conlleva grandes dosis de ilusión, de planes y proyectos, de gozos por las realizaciones alcanzadas. De éste, bien se dice, es tan grande e interminable, que por lo mismo es ejemplar y al mismo tiempo tan puro, tan sincero, que luego tal vez por lo mismo, quienes son sus depositarios, quienes lo reciben, no son capaces de reconocerlo.

El amor a los padres, pasa por las difíciles pruebas del crecimiento humano. Por las difíciles etapas de los cambios hormonales, de los cambios de personalidad, de las pruebas de autosuficiencia y por los constantes errores que en los padres, tarde que temprano, los hijos empiezan a descubrir. Situación que con el paso de los años y de la inexorable vuelta del ciclo de la vida, se convertirán en sus propios errores y defectos, cuando se asume el papel de padres.

El amor a los amigos se entrega sin mayores reservas porque es sincero, puro, basado en la confianza, el respeto y le deseo de bienestar mutuo. Se les conoce de una forma, se sabe de su evolución, y se les apoya cuando es menester, por muchas y sobre muchas cosas. Es un amor por lo general correspondido, que se da y se recibe, a veces con la misma intensidad, a veces con dosis diferentes. A los amigos se les atiende en la dimensión en la que nos lo permiten hacerlo. Son encuentros maravillosos, son complicidades de la intimidad. A los amigos es bien cierto, los escoge el corazón, mientras a la familia nos la da el destino. Nadie escoge el seno familiar donde en suerte le tocó nacer y crecer; pero lo que todo ser humano en libertad tiene el privilegio de elegir, a través de su libre albedrío, es a los amigos que habrán de acompañarle durante su existencia.

El amor a los semejantes, es aquel que se da de manera ejemplar. De manera honesta, que se da por el gusto sincero de dar; es el que produce un profundo gozo cuando se entrega, cuando se les otorga algo a los demás. Es la forma de entregarse y de encontrar enormes oportunidades que la vida brinda para retribuir a los otros los parabienes que ella nos ha regalado. Por eso, la gente que es capaz de entregar tal tipo de amor, sobresale por el resto de los mortales, ya que es tan difícil entregar algo a cambio de no recibir nada, que quienes así lo hacen, son francamente piezas de colección.

Aunque ellos, en no pocas veces corrigen que no es gratuito el hecho, que al contrario, son ellos los agradecidos al tener la oportunidad de ayudar a quienes lo necesitan; de tener a quienes les puedan dar un amor que está por encima de ellos, que los desborda. Este tipo de amor, es de admirarse francamente.

Pero como en todo, en los asuntos del amor, o mejor aún, que se pretextan como tales, también se juegan las deslealtades, los abusos y los chantajes. Las ganas de mostrarse. Hay tantas personas que sólo usan a su pareja, que la utilizan. Hay padres que les encanta chantajear a sus hijos con el argumento silibino de que habrán de quedarse solos si aquellos se van de su lado y hacen vida propia. O también su contraparte, los hijos que son eternamente una carga, un pesado fardo para sus padres de por vida.

Hay por su parte, seudo amigos, que se dicen tales, y que sólo usan ese preciado concepto, para obtener una serie de favores y canonjías de aquellos que sí les entregan amistad. Y hay gente que hace favores a los demás, con el único objetivo hipócrita, de que se le señale como "buena gente", que da para placearse, para que le aplaudan. Qué bueno, que tan bochornosos casos sean los menos.

Qué bueno que el amor sincero no conoce de condicionantes, ni de chantajes ni usa a los demás. Qué generoso que en torno a él, gire la relación humana. Y qué bueno es abrazar a la pareja, a los padres, a los hijos, a los amigos y a los semejantes que nos regalan la dicha de su amor. Y qué bueno poder seguir la conseja del inmenso Rubén Darío: "amar, amar, amar siempre y con todo el ser, y con la tierra y con el cielo, con lo claro del sol y lo oscuro del lodo; amar por toda ciencia y por todo anhelo. Y cuando la montaña de la vida nos sea dura, larga y alta y llena de abismos, ¡amar la inmensidad que es de amor encendida y arder en la fusión de nuestros pechos mismos!"

martincareaga@gmail.com
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