Opinión
Cargador del tiempo
Martín Careaga
Tiempo de Pascua

El Sol de México
22 de marzo de 2008

Hacía ya tiempo que no lo veía, que sus rasgos se me habían ido yendo a eso que luego se llama el arcón de los recuerdos. Se había ido casi como había llegado. De pronto, de improviso, con ese toque de misterio y de donaire, que sólo le es propio a la gente de su categoría. Era una de esas personas que cuando uno ve, pero sobre todo cuando uno conoce, o lo poco que ellos dejan conocerse, dejan en definitiva huella. Luego de que cruce las primeras palabras con él, supe que sería un referente indefectible de la existencia terrena.

Su elegancia dejaba ver la grandeza que la vida le había brindado. Un impecable traje azul raya de gis, camisa azul y corbata roja, eran acompañadas por su infaltable sombrero y su bastón al ristre; todo rematado por el clavel en la solapa. Si bien era la moda de tiempos muy pasados, no dejaba de dar prestancia a ese delineado bigote cano y unas gafas que siempre he creído, usaba para mirar sin ser visto.

Su presencia era de esas que llaman la atención. Era del tipo de persona que uno tiene la necesidad de, así sea por un solo instante, voltear a ver. Tenía un dejo de nostalgia más bien porfirista. Caminaba erguido como el que más y era tan pulcro en su aspecto, que los renegados se repelían por sí solos. Su andar, era de mandón.

La primera vez que cruce palabra con él, fue para llamarme la atención por la forma en la que me santiguaba al final de la misa. Pero lo hizo, una vez que dejamos el dintel de la entrada y de una forma amable y elegante, que no dio pie a responderle de la manera en que se acostumbra, cuando alguien desconocido se mete en asuntos que no son de su incumbencia. Además, francamente me había caído bien desde que lo vi compartiendo banca conmigo, A la Iglesia, siempre hay que venir con tiempo y en paz, y llevarse la satisfacción de sentirse cerca de Dios. Por eso, no veo la necesidad de santiguarse tan aprisa, como si algo más importante nos aguardara, antes de despedirse adecuadamente de El en su casa, me dijo, al tiempo que retenía mi brazo derecho, a la altura del bajo tríceps, para rematarme un, Nos veremos la próxima semana. Que pase un buen día. Y se alejó, regalándome una sonrisa que remató con una relamida de bigote.

Desde entonces, la salida de misa me deparó un festín de buena plática, que se aderezaba con las más reconocidas anécdotas de todos y cada uno de los aspectos interesantes de la vida. Pero sobre todo, me permitió conocer de cerca a un místico. A un hombre profundamente comprometido con la espiritualidad. El arbolado paseo que circunda el seminario de Santo Tomás de Aquino, lo recorríamos en un suspiro y el parque vecino era pequeño para el número de vueltas que le dábamos charlando. Era, además, el escenario propio para su figura.

El fue, quien me llevó a reflexionar sobre los alcances de la religión, de la religiosidad y de las magnas enseñanzas de Cristo. Me mostró el por qué de tantas interrogantes, a veces ignotas de la vida. Quien me hizo ver lo que se encuentra más allá de un simple rito y lo generoso que representa, poder alabar a Dios.

Él fue quien me hizo saber, que la Semana Santa representa, no el pretexto vano y fútil para salir de vacaciones, para ganar días de asueto. Que es más, muchísimo más, que el jolgorio en el que paulatinamente se ha convertido, a raíz de un desapego a la religión y a la fusión de creencias y costumbres paganas y demás elementos que le han querido cambiar el sentido a la contrición. Me enseñó también, como cada quien en lo particular, es capaz de suponer y sufrir a veces, el dolor que se le ha causado al más grande hombre que pisó alguna vez la tierra. Aquel cuyas enseñazas, dejan égida de vida y deben marcar el rumbo de los hombres, si realmente se pretende ser tal.

Pero luego de esas enseñanzas, no lo volví a ver. Creo que se alejó de la Iglesia. Y se alejó por mucho tiempo. No sé en que andanzas andaba. Por eso, mi sorpresa de volver a verlo. De reencontrarlo justo ahora, cuando es época de reconocer de manera más puntual mis fallas y defectos.

De nuevo ahí, en ese mismo sitio, que siempre lo considere tan de él, porque jamás pude desasociarlos. Puntual, ahora que me habla del perdón y de la aceptación, de la guía y del amor, de la fraternidad y la solidaridad, del entregarse al prójimo, empiezo a recordar lo que un día me dijo, que los milagros y los ángeles se dan la mano y mientras no se pierda la capacidad de asombro, se les puede encontrar. Pero que luego, uno piensa que son otros los que fallan. Que son otros los que se alejan, que son otros los que se olvidan de agradecer a Dios.

Y entonces me parece, que he sido yo el que se ha alejado, el que dejo de ir, el que comenzó a dudar, el que anda errando el rumbo, y que entonces, es un buen momento para decir, Padre nuestro que estás en los Cielos...hágase tu Voluntad.

martincareaga@gmail.com
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