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Opinión
![]() Historias Extraordinarias
Edmundo Domínguez Aragonés
Federico Barbarroja apoyó al Papa "legítimo"
El Sol de México
19 de agosto de 2007
Y Milán se sublevó y la destruyó
Acerbo Morena, quien sirvió fielmente hasta su muerte a Federico I, apodado "Barbarroja", lo describe: "El emperador nació de nobilísima estirpe; era de altura media, de bella estructura corporal, de miembros derechos y bien proporcionados, de rostro blanco y rosado, de cabellos casi rubios y crespos, de expresión alegre al punto que parecía desear sonreír; de dientes blancos, manos bellísimas, boca agradable; muy belicoso, lento en la ira, audaz e intrépido, rápido, elocuente, liberal, no pródigo, sagaz y previsor en sus juicios, agudo, rico en sabiduría; afable y benigno para con los amigos y los buenos, pero con los malvados, terrible y casi inexorable; cultor de la justicia, amante de las leyes, temeroso de Dios; muy afortunado, amado por casi todos. "En él, la naturaleza sólo había errado al hacerlo mortal, y no se lo podía comparar con ninguno de los antiguos emperadores". DE TRES FEDERICOS, EL Federico sucedió en el trono al rey Conrado III, quien murió envenenado por su hermano Roger. Su elección al trono, el 4 de marzo de 1152, se había producido con la esperanza de poner fin a las largas y devastadoras luchas entre las dos grandes casas de Baviera y Suabia, los muy conocidos y populares güelfos y gibelinos. Ocurre que de la sucesión había sido excluido el hijo de Conrado, Federico, aún niño, y se había preferido hacer converger los votos de la Dieta, o Parlamento, de Constanza en el más maduro y enérgico Federico de Hohenstaufen, también porque era hijo del duque de Suabia, otro Federico, y tenía por madre a una princesa de la casa güelfa, Judith, hermana del duque Güelfo VI y de Enrique "El Soberbio", padre a su vez de Enrique "El León", el más grande feudatario de Alemania y primo de Federico, "Barbarroja". Federico, al ser designado por la Dieta feudal al imperio con el título de rey de los romanos, debía entonces ir a Roma para recibir del papa Adriano IV, de origen inglés, la coronación y llegó a la ciudad eterna el 30 de noviembre de 1154. Tenía 32 años de edad. En realidad, el Papa le pagó a Barbarroja sus servicios, ya que le pidió ayuda en contra de Arnaldo de Brecia, y Federico apresó a Arnaldo y lo mandó ejecutar; a cambio, el Papa lo coronó emperador. Brecia encabezaba la sublevación contra el Papa y había creado una comuna que pretendía gobernar Roma al margen de la autoridad papal. DOS PAPAS ELECTOS Barbarroja se había propuesto restaurar la dignidad imperial, dominando la posesiones alemanas en Italia y, para tales propósitos, se valió de la colaboración de varios jurisconsultos, magníficos intérpretes del Derecho Romano. Entonces fue cuando se le presentó la oportunidad de intervenir en Italia cuando el Papa le solicitó el favor antes dicho. A la muerte de Adriano IV, Barbarroja tuvo serias dificultades con el nuevo pontífice, Alejandro III, por quien fue excomulgado y vencido. Ocurre que a la muerte del papa Adriano IV, el primero de septiembre de 1159, Barbarroja no deseó perder la ocasión de intervenir, "a cualquier costo", para obtener una situación más favorable en la curia romana. Así, para suceder al extinto pontífice, apoyó la elección del cardenal Octaviano Monticelli, que era un amigo seguro, pero la mayoría del colegio cardenalicio concentró sus votos en Rolando Bandinelli, que se había enfrentado en Besancon a Barbarroja durante la segunda incursión de éste a Italia. Pero cuando la elección estaba decidida, hubo "un golpe de escena", respaldado por una válida minoría y Monticelli le quitó el manto pontifical a Bandinelli y se envolvió en él. El nuevo elegido fue obligado a huir y sólo pudo ser consagrado en Ninfa, una pequeña ciudad en el interior de la llanura romana. Entretanto, Octaviano era consagrado en la solemne abadía de Farfa. El primero asumió el nombre de Alejandro III y, el otro, el de Víctor IV. Ante esta doble elección, con dos Papas electos, a Barbarroja se le complicaron las relaciones entre la Iglesia y su imperio, y se aplicó a impedir el cisma de la Iglesia y no lo consiguió. SUBLEVACION, CONQUISTA Y DESTRUCCION DE MILAN La escisión permitió a Barbarroja intervenir del modo clásico reuniendo un concilio en Pavía, en enero de 1160, donde reconoció como Papa legítimo a Víctor IV, mientras el otro papa, Alejandro III, buscaba apoyos en el reino normando al sur de Italia, cuyos reyes eran vasallos de la Santa Sede y en otros países europeos, además de enardecer el descontento lombardo contra Barbarroja y Víctor IV. Ya en 1158 Milán se había sublevado contra Barbarroja y fue castigada, mas no aplacada y así, un año después torna a la revuelta y Barbarroja le pone sitio. Entonces, ante el apoyo de Barbarroja al antipapa Víctor IV, Milán se subleva de nuevo en 1161 y es conquistada por las armas y arrasada. Barbarroja y sus consejeros advertían que en el centro de todas las cuestiones tanto espirituales como temporales estaba la resistencia de Milán. La ciudad soportaba intrépidamente ataques y amenazas, intentando reforzar sus posiciones mediante febriles tentativas. Aparte del papa Alejandro III, los milaneses buscaban el apoyo del rey de Sicilia y Manuel Comneno, emperador bizantino del Imperio de Oriente, por ello, en una lenta y significativa progresión de importancia, la lucha de Milán terminaba por comprometer la política de toda Europa continental y de los países mediterráneos. Milán adquiría así, y más que antes, la importancia de un símbolo: "No es sólo una ciudad rebelde, es el único obstáculo verdadero para los fines que Barbarroja se propone". El magistrado Alfredo Beccardo, uno de los asesores de Barbarroja, en una carta describe la situación: "Vencida Milán, por gracia divina, hemos vencido todo; y pronto se convocará a un concilio. "Y si no acuden nuestros adversarios, una vez establecido el papa Víctor IV, lograremos nuestro objetivo. Si acuden, aunque por la libertad de su juicio soliciten que se aleje la fuerza del emperador, sin embargo el pueblo y el clero de Roma no desearán que se lleven a su pontífice, el papa Víctor; antes bien, con argumentos podrán demostrar cuán conspiradores son aquellos cardenales y Rolando, el presunto papa Alejandro III, y aquellos que hayan sido condenados deban ser proscriptos. "Entonces será fácil la vía para que todo contribuya al honor del imperio". EL ASEDIO Convencido, Barbarroja decidió que "era necesario abatir a Milán y el momento es favorable". Ante la inminencia del ataque, el papa Alejandro III y sus cardenales decidieron alejarse de Italia, buscando refugio en Francia. Milán avisa que no cederá. Era un desafío inaceptable y Barbarroja responde con una serie incesante de operaciones militares contra este o aquel punto del territorio milanés, con destrucciones, saqueo, violencias, que pretendían debilitar a los habitantes destruyendo las cosechas y luego empobreciendo a los aliados y a los protectores, rodeando a la ciudad de un desierto. Milán respondía golpe por golpe y a menudo victoriosamente, como cuando venció a Barbarroja en Carcano, en agosto de 1160. LLEGAN REFUERZOS A BARBARROJA En la primavera de 1161 comenzaron a llegar los refuerzos. Llegó el landgrave Ludovico II de Turingia, cuñado de Barbarroja; Conrado, conde palatino del Rin; su hermano Federico, hijo del rey Conrado de Suplimburgo, y el duque de Suabia, su primo, y luego, además de Reinaldo, también Federico, hijo de Ladislao II de Bohemia junto con su tío, el duque de allá mismo. Las hostilidades arreciaron y se concluyeron por fin en un verdadero bloqueo de la ciudad. Barbarroja se proponía tomar Milán con el hambre y el terror. Se continuó la destrucción sistemática de cultivos y cosechas, mientras mutilados, los prisioneros reingresaban a la ciudad. Milán no recibía ayuda de nadie y de ningún lado. Un cronista milanés describe así la situación, que muestra cómo se llegó a la rendición: "Entonces nació una grandísima discordia entre los ciudadanos, entre padre e hijo, entre marido y mujer, y entre hermano y hermana. "Se discutía ya por los mercados, diciendo que se deseaba rendir al emperador por el acuerdo que algunos de los grandes ya habían hecho para salir de la ciudad o por el precio altísimo de los productos". LA RENDICION Barbarroja impuso, aun antes de hacer conocer su voluntad, una serie de humillaciones que "dieron satisfacción a mi orgullo y a mi prestigio tantas veces ofendido y que esto sirva a todos de ejemplo". El jueves primero de marzo de 1162, los nueve cónsules de Milán acompañados de otros ocho nobles se trasladaron a Lodi, donde se hallaba el palacio imperial de Barbarroja, llevando las espadas desenvainadas sobre la cabeza. En presencia del emperador y de su séquito juraron estar dispuestos a obedecer sus órdenes y comprometerse a hacerlas seguir a todos los habitantes de la ciudad. El domingo 4 de marzo, 300 nobles y con ellos 36 portaestandartes, precedidos por los cónsules, se arrojaron implorando piedad a los pies de Barbarroja. Le entregaron las llaves de la ciudad y los 36 estandartes principales, jurando obediencia a las órdenes del emperador. Dos días después fue a humillarse todo el pueblo de Milán con su carro en el que se enarbolaba la bandera de la Comuna, con todos los nobles y sus estandartes, aún los de las delegaciones y los barrios; todos ellos más de un centenar. Entonces todos invocaron misericordia. Luego de que uno de los cónsules hubo pedido piedad con un discurso, la multitud se arrojó a tierra y "tendiendo las cruces que tenían en las manos, con grandes gritos invocaron también ellos misericordia". Luego, el conde de Biandrate, implorando por los milaneses, que habían sido sus amigos, una vez más movió a las lágrimas, pero sólo el emperador "mantuvo inmóvil su rostro como de piedra". Tras el juramento de todos los ciudadanos y la entrega de 400 rehenes, la decisión imperial se escuchó rotunda y a voz en cuello: "Milán debe ser destruida". LA DESTRUCCION DE MILAN El encargo de realizar la tarea correspondió a las ciudades y localidades rivales: Lodi, Cremona, Como y Pavía, y los habitantes del territorio de Seprio y Martesana. El domingo primero de abril, Domingo de Ramos, las casas fueron totalmente destruidas; quedaron en pie los muros de seguridad de la ciudad y la antigua catedral, pero también ésta fue demolida, al hacer que cayera sobre ella el altísimo campanario. Fue la victoria total y Barbarroja podía celebrar solemnemente la Pascua en Pavía y ceñirse aquella corona que había jurado no poner sobre su cabeza hasta que hubiera destruido Milán. La jornada concluyó con un grandísimo banquete para celebrar la gran victoria. Vencida y destruida Milán, reducida a escombros, humillados todos sus rivales, reducido a la impotencia el papa Alejandro III, una tras otra, las plazas enemigas Brescia, Piacenza y Bolonia se rindieron ante el emperador de la barba roja. Columnas anteriores
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