Opinión
Historias Extraordinarias
Edmundo Domínguez Aragonés
Josefo, el cuestionado historiador judío

El Sol de México
29 de julio de 2007

Lo ocurrido en una caverna en las proximidades de la fortaleza de Jotapat, en Galilea, es demostración del recio carácter del historiador judío Flavio Josefo, autor entre otras obras esenciales para tener conocimiento de aquellos remotos tiempos, de antigüedades judaicas.

Resulta que habiendo primero recomendado resignación a sus compatriotas impacientes por sacudirse el dominio de los romanos, pronto fue arrastrado por la indignación popular y entonces él organizó y condujo la insurrección.

El Ejército romano, tras un asedio que duraba ya 47 días, asaltó la fortaleza, disponiéndose a exterminar a todos los defensores.

Ante tal destino, Josefo decidió refugiarse con 40 de sus hombres en una caverna para impedir la matanza de los suyos. Los romanos ya estaban a unos metros de la cueva y entonces Josefo sugirió que "en vez de suicidarnos", cada hombre fuese matando por turno a su vecino.

La suerte decidiría el turno y "el primero matará al segundo, éste al tercero y así sucesivamente", y así dio comienzo la terrible salida.

Cerca del final, Josefo recurrió a la prestidigitación para extraer el último número y cuando era ya uno de los dos supervivientes, persuadió al otro para que se rindiese con él al Ejército romano y conservó la vida.

NIÑO PRODIGIO

Josefo, o José Ben Matías, nació en el año 37 después de Cristo y pertenecía a una noble familia de sacerdotes de Jerusalén.

Fue un niño prodigio, inteligente y estudioso, y en la adolescencia, a los 14 años, era consultado por los sacerdotes y otros hombres instruidos de la ciudad sobre cuestiones de la ley judaica.

Entonces se fue al desierto para estudiar con el eremita Bano, aprendiendo, después de tres años de pruebas y vida ascética, las doctrinas de las tres sectas religiosas del judaísmo: fariseos, saduceos y esenios, afiliándose a la de los fariseos.

Los fariseos se distinguían de los otros grupos religiosos por su actitud pragmática hacia el dominio romano.

A diferencia de grupos como los zelotes, antirromanos militantes, los fariseos creían que su integridad religiosa podía coexistir con el orden político romano.

Los fariseos eran el partido popular entre los judíos de Palestina en tiempos de Cristo, apareciendo por vez primera hacia 130 antes de nuestra era, en la época de los Macabeos, aplicándoseles el nombre de "separados" a causa de sus esfuerzos por mantener la fe judía fuera de toda contaminación pagana.

Rechazaron la doctrina de Cristo, contándose entre sus más acérrimos adversarios.

En los Evangelios se les maltrata, mas Josefo los presenta en forma positiva.

VIAJA A ROMA PARA INTERCEDER POR LOS SUYOS

A los 27 años, formado ya como sacerdote y poseyendo ambición intelectual, es enviado a Roma a gestionar la libertad de algunos sacerdotes judíos allí detenidos y en prisión.

Tuvo éxito porque Sabina Popea, la esposa del emperador Nerón, intercedió ante su marido para liberar a aquellos sacerdotes.

Josefo era un joven atractivo, gallardo y fuerte, y Popea, que era muy ligera de cascos, se acostó con él. Dos años antes, Popea había conseguido que Nerón, sobre quien tenía gran influencia, repudiara a su esposa Octavia para casarse con él, a la que desterró y luego fue asesinada, al igual que por sus ambiciones influyó para que Nerón le ordenase al filósofo Séneca suicidarse.

Josefo, gozando del dulce lecho de Popea, "disfrutó de su estancia en la cosmopolita ciudad imperial y le impresionó el poderío militar romano".

Tal hecho le confirmó la certidumbre de la inutilidad de una rebelión armada judía contra la todopoderosa presencia militar romana en Judea.

ARRASTRADO A LA REBELION

Después de esa dichosa estancia en Roma, el joven Josefo regresó a su patria para encontrarse con un ambiente insurreccional contra la dominación romana y se sumó a la enconada y sangrienta rebelión, que culminó con la destrucción de Jerusalén por los romanos en el año 70.

Josefo no podía permanecer neutral, aunque consideró que podría ejercer alguna influencia aconsejando moderación a los rebeldes que eran azuzados por los zelotes.

La revuelta estalló en el año 66 cuando el joven Eleazar interrumpió un sacrificio del culto imperial. Al mando de Menahem, hijo de Judas "El Galileo", fundador de la secta y aclamado como el rey-mesías, los zelotes se adueñaron de Jerusalén y de la fortaleza de Masada tras ese incidente.

MASADA

La reacción romana "fue rápida y brutal". El último reducto rebelde, la fortaleza rocosa de Masada, fue abatida a tiempo que sus defensores eligieron suicidarse colectivamente antes que rendirse.

Masada está en un espectacular peñasco de 400 metros de altura, al borde del desierto de Judea, convertido por Herodes en una gran fortaleza en los años 37-31 antes de Cristo. Podía llegarse allí siguiendo sólo lo que Josefo llamó "un sendero sinuoso".

Cayó en poder de los judíos en el año 66 mediante una estratagema, siendo el héroe del episodio Menahem.

En las disputas por el poder, Menahem fue asesinado y el mando de Mesada recayó en su sobrino Eleazar.

Cuando el general romano Flavio Silva la sitió, a fines de 72 después de Cristo, en la fortaleza había 970 insurgentes y refugiados, hombres, mujeres y niños. Entonces Eleazar forzó y convenció a los defensores a suicidarse en masa.

Estos hechos son descritos por Josefo.

JEFE MILITAR JUDIO

La capacidad, inteligencia y experiencia de Josefo lo convirtieron en el jefe militar de Galilea, y fue durante ese periodo que aconteció el suceso de la caverna.

Con el otro sobreviviente, Josefo se rindió a Vespasiano, comandante del Ejército romano.

Entonces, echando recurso de su ingenio, le profetizó que "llegarás a ser emperador", y así se libró de ser enviado a Nerón a Roma como "prestigioso prisionero judío", reconociendo que le sería difícil reencontrarse con Popea, que en esas fechas había encontrado plena satisfacción sexual con un gigantesco gladiador.

La profecía de Josefo se cumplió y Vespasiano fue emperador.

Ya en el poder absoluto, el emperador recordó la profecía que Josefo le hiciese y lo recompensó otorgándole la libertad, la ciudadanía romana y una pensión de por vida.

LA CLASE POLITICA LO MIMA

Es entonces cuando Josefo cambia su nombre de José Ben Matías al de Flavio Josefo y por haber sido acogido y premiado por Vespesiano, la clase política gobernante romana lo hace su favorito y lo "mima con gran consentimiento".

Vespasiano, que le tiene aprecio y le distingue, le encomienda acompañar a su hijo Tito, que está al frente del Ejército romano, para ponerle sitio a Jerusalén.

Josefo, ya convertido en ciudadano romano y consejero de Tito, pide a sus excompatriotas que se rindan.

Todo el pueblo de Jerusalén rechazó esas propuestas para rendirse, considerándolo "un desertor, un arribista y un traidor", y ahí comenzó entre los judíos el descrédito del futuro historiador.

Durante el saqueo de Jerusalén, por su cercanía con Tito, utilizó su influencia para "conseguir la libertad de muchos de sus amigos" y se negó a aceptar de Tito la parte del botín de guerra que le correspondía.

SE ESTABLECE EN ROMA

Josefo regresó a Roma para establecerse ahí definitivamente, habiéndose casado por cuarta vez ahora con la hija de una familia aristocrática y ocupando el palacio que perteneció a Vespasiano cuando era un simple ciudadano.

En Roma se dedicó por el resto de su vida a escribir sus obras históricas y su Autobiografía, y nunca retornó a Judea, falleciendo en la capital del imperio a los 70 años de edad.

EL SEVERO JUICIO HISTORICO

En Roma, después de su fallecimiento, se elevó una estatua en su honor para reconocerle su adhesión al imperio y a sus emperadores.

En cambio, en su nativa Jerusalén no se tomó en cuenta su participación en la insurrección, sino que, por el contrario, se le consideró un traidor que utilizó su influencia para disuadir a los judíos en su enfrentamiento a los romanos y ninguno honró su memoria.

LAS OBRAS

Sus escritos "nos lo muestran como un hombre vanidoso y a menudo como una persona pagada de sí misma", pero siempre consciente de su ascendencia y su identidad judías.

Su última obra, "Contra Apión", es una defensa del judaísmo, sus costumbres y filosofía contra los difamadores antisemitas de la época, mostrándose "leal a la cultura de su pueblo".

En su "Historia de la guerra judía" describe el conflicto en que había desempeñado un papel protagónico, primero como jefe rebelde y después como "privilegiado observador junto al Ejército romano victorioso".

En opinión de sus críticos: "La obra tiene un fin propagandístico, pues en ella Josefo intenta disuadir a otros pueblos del Medio Oriente de rebelarse, en su opinión inútilmente, contra la enorme superioridad romana".

También pretendía proteger la imagen de su pueblo, afirmando que si "se había rebelado era sólo por la instigación de visionarios fanáticos".

RELATA LA DESTRUCCION DE JERUSALEN

En "La guerra de los judíos", Josefo narra la destrucción de la ciudad en que aconteció la pasión, muerte y resurrección de Jesús. Por haber sido testigo presencial de los hechos, y aunque los historiadores consideran que es una visión tendenciosa, aceptan que es la única veraz.

"Antes, en el año 66, a Cestio Galo, gobernador de Siria, se le encomendó la misión de sofocar la rebelión y castigar a los culpables.

"Tras hacer estragos en los arrabales de Jerusalén, los soldados de Cestio acamparon en torno a la ciudad amurallada. Para protegerse del enemigo, emplearon el método de la tortuga o testudo, uniendo sus escudos para formar algo parecido al caparazón de la tortuga.

"Se deslizaban las flechas sin dañar a los soldados y así, éstos, pudieron sin riesgo minar la muralla y prepararse para pegar fuego a la puerta del templo. Cestio, entonces, retiró repentinamente sus tropas y sin razones valederas abandonó la ciudad.

"Cuatro años después, el general Tito, el hijo mayor de Vespasiano, marchó a conquistar Jerusalén y su grandioso templo. En la ciudad luchaban varias facciones por el poder. Recurrían a medidas drásticas que resultaban en baños de sangre.

"En vista de los males internos, algunos deseaban la entrada de los romanos, con la idea de que la guerra los librara de tantas calamidades domésticas.

"Los insurgentes eran ladrones que destruían las propiedades de los opulentos y asesinaban a las personalidades sospechosas de colaborar con los romanos. La vida degeneró a un grado increíble durante la guerra civil, llegándose a dejar insepultos a los difuntos.

"Los sediciosos luchaban sobre montones de cadáveres, y los muertos que pisoteaban avivaban su furor. Saqueaban y asesinaban para obtener comida y riquezas. Los lamentos de los afligidos eran incesantes.

"Tito exhortó a los judíos a rendir la ciudad a fin de salvar la vida; encargándome a mí que les hablara en nuestra lengua materna, pensando que los judíos atenderían mejor a un hombre de su misma nación.

"Mi actitud me fue reprochada por los judíos y, a continuación, Tito cercó la ciudad con estacas puntiagudas, eliminando la posibilidad de escapar o desplazarse. Así, el hambre devoraba familias y hogares.

"La lucha continua siguió engrosando el recuento de víctimas y Tito tomó Jerusalén.

"Al contemplar las sólidas murallas y las torres fortificadas, exclamó: 'Dios ha sido el que expulsó a los judíos de estas defensas', y a continuación las destruyó y asimismo el templo.

"Perecieron más de un millón de judíos. Era el primero de agosto de 67".
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