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Opinión
![]() Historias Extraordinarias
Edmundo Domínguez Aragonés
Rousseau y Madame de Warens... su protectora, guía y amante
El Sol de México
1 de julio de 2007
Federico II de Prusia, juzga a Rousseau: "Creo que Rousseau equivocó la profesión; hubiera sido mejor un fraile, un anacoreta famoso por su austeridad y sus automortificaciones. Habría hecho milagros, se habría convertido en santo, aumentando con ello la lista del martirologio; ahora, simplemente se le considera un filósofo original que después de dos mil años ha vuelto a poner en la actualidad el pensamiento de Diógenes. Pero este fruto no compensa el esfuerzo de comer hierba ni el de enemistarse con todos los filósofos de su tiempo".
Por su parte, el filósofo alemán Arthur Schopenhauer dice: "Mi argumentación, de ética de la piedad, se apoya en la autoridad del mayor moralista de los tiempos modernos: me refiero a Rousseau, profundo conocedor del alma humana, hombre que extrajo toda su sabiduría no de los libros, sino de la vida, y que legó todas sus enseñanzas no para una minoría ilustrada, sino para toda la humanidad; a Rousseau, enemigo de los prejuicios, discípulo de la Naturaleza y único hombre al que ésta le otorgó el don de moralizar sin resultar aburrido, porque él halló la verdad que conmueve al corazón". EL BREVE PARRAFO QUE CAMBIÓ LA HISTORIA "El primer individuo al que, tras haber cercado un terreno, se le ocurrió decir 'esto es mío' y encontró a gente lo bastante simples como para hacerle caso, fue el verdadero fundador de la sociedad civilizada, cuántos crímenes, guerras, asesinatos, cuántas miserias y horrores no le hubiera ahorrado al género humano el que, arrancando las estacas o cegando el foso, hubiera gritado a sus semejantes: "Guardaos de escuchar a este impostor; estáis perdidos si olvidáis que las frutas pertenecen a todos y que la tierra no es de nadie". Con este pronunciamiento comienza la segunda parte del Discurso sobre el origen y los fundamentos de la desigualdad entre los hombres, publicado en 1755 en Ginebra, Suiza. La propuesta inspiraría a Pierre Joseph Proudhon, creador del término "anarquista", afirmar en 1840: "La propiedad es un robo", en respuesta a ¿Qué es la propiedad?, pregunta que él mismo se hace en su célebre ensayo con ese título. EL PROTEGIDO DE MADAME La Madame poseía ambiciones políticas y pretendía hacerse rica en los negocios, y no tuvo éxito. Nació en 1699, en Vevey, Suiza, junto al lago de Ginebra, quedando huérfana de madre a temprana edad. Ante tal hecho, como era lo acostumbrado, se la envió con sus tías que le impartieron educación religiosa. Ella llegó a convencerse de que "la castidad física es indiferente en la vida", y no se privó de nada. A los 14 años se casó con el capitán Sebastián Isaac de Loys, barón de Warens, de quien se separó a los pocos meses. Pronto tuvo por amante a un filósofo libertino e hizo íntima amistad con el cura de la aldea de Confignon, el abad Benoit de Pontverre. Este cura era famoso por su afán proselitista ya que hacía lo suyo para reconvertir a los católicos que habían sido seducidos por el protestante Juan Calvino y hasta él llegó, casi muerto de hambre Rousseau, a quien dio de comer y luego envió a Madame, Francisca Louisa Leonor de la Tour de Pil, baronesa de Warens para que lo protegiera y acaso guiara sus pasos ya que ella era talentosa y excelente conversadora. EL ENCUENTRO Rousseau encontró a Madame de Warens a la puerta de la iglesia de San Francisco de Annecy, el 21 de marzo de 1728, Domingo de Ramos, y él quedó cautivado por sus encantos: "Me había figurado una vieja devota muy ceñuda; la 'buena señora' del señor de Pontverre no podía ser otra cosa a mi juicio. Pero vi una cara llena de gracia, hermosos ojos azules llenos de dulzura, un cutis deslumbrador, el contorno de un seno lleno de encanto. Nada escapó a la rápida mirada del joven prosélito, porque me convertí al instante en el suyo, en la seguridad de que una religión predicada por tales misioneros no podía dejar de conducirme al paraíso". Juan Jacobo tenía 16 años. La Madame leyó la carta del abate de Pontverre, y otra exaltada que Juan Jacobo había escrito y metido en el mismo sobre, y le dijo: "Id a mi casa a esperarme; decid que os den el desayuno; después de la misa iré a conversar con vos". UNA CHAPARRITA SUCULENTA La Baronesa tenía veintiocho años. "Era una de esas bellezas que se conservan, porque están más en la expresión que en las facciones; por eso estaba todavía en su primer esplendor. Tenía un aspecto cariñoso y tierno, una mirada muy dulce, una sonrisa angélica; una boca a la medida de la mía; pelo de un rubio ceniza, de belleza poco común y al que daba un aspecto descuidado que la hacía más apetitosa. "Era de estatura pequeña, muy pequeña y un poco rechoncha aunque sin deformidad, más bien suculenta; pero era imposible ver una cabeza más bonita, un seno más hermoso ni brazos y manos tan bellos", declama Rousseau en Confesiones. SU MADRE MUERE AL DARLO A LUZ En alguna de las páginas de Confesiones, su autobiografía, Juan Jacobo escribe: "Costé la vida a mi madre, y mi nacimiento fue el primero de mis infortunios". En opinión de Sigmund Freud: "esta circunstancia podría explicar, en parte, el obsesivo sentimiento de culpabilidad que acompañó al escritor durante su vida". Esta historia de infortunios comenzó en Ginebra, Suiza, en 1712, cuando el matrimonio formado por el relojero Isaac Rousseau y Susana Bernard, mujer de cierta cultura y familia acomodada, se vio trágicamente disuelto por el nacimiento de Juan Jacobo. Era el 28 de junio de 1712. EL MASOQUISTA El huérfano Juan Jacobo fue confiado al pastor Michel Lambercier, en Bossey, pueblo cercano a Ginebra. Los días bajo la tutela de Lambercier definirían tres cosas esenciales en el autor de La Nueva Eloísa: contra la injusticia, su relación con las mujeres y su masoquismo. En la primera y tercera afirmación, éstas se originan al ser acusado de romper un peine, cosa que él no había hecho, y por la que el pastor le dio una "paliza tremenda". En la segunda, por otro error, la hermana del pastor "le propinó otra gran paliza". La señorita Lambercier era una solterona de 40 años, "de gran trasero", que pronto, masturbándolo, inició sexualmente al pequeño. El autor del Contrato Social escribió: "¡Oh! Señorita Lambercier, usted lo ignoraba, pero sus manos pecaron grandemente y es probable que hayan provocado un vuelco fatal en la vida de este niño". El masoquismo sería reforzado prontamente por una chica de apellido Goton ya que, cuando jugaban a los colegios y él hacía de alumno y ella de directora, la chamaca le "daba grandes palizas por su mal comportamiento y porque no se aprendía la lección". Tales experiencias establecieron su relación con las mujeres: de dependencia, abandono y disfrute sexual siendo azotado. EL AUTODIDACTA Rousseau nunca había ido a la escuela y su educación a cargo del pastor golpeador y de su hermana pedófila y golpeadora, era muy superficial, así que entró a trabajar como aprendiz, primero como oficinista y después, durante cinco años, con el grabador Abel Ducommun, "un hombre joven, rústico y violento". Bajo esta influencia, Juan Jacobo se convirtió en un holgazán y falso, y se puso a andar con "malas compañías" e incluso cometió varios robos, llegando a considerar que "robar no es malo". A pesar de tales andanzas, delitos y sufrimientos, leyó La Biblia, los clásicos griegos y "cuanto libro podía sacar de la biblioteca". Esto enfurecía al patrón, "que me daba palizas por leer en horas de trabajo". Tales desasosiegos e infamias lo hacían "Sentirme degradado y resentido, con ideas muy superiores a mi condición social. La autoridad injusta me inspiró comenzar mi guerra por la libertad". UNA MADAME ESTRAFALARIA La baronesa era una mujer estrafalaria, obstinada y codiciosa. En Vevey, tuvo muchos problemas por dedicarse a vender vino en la ciudad, ya que ni su marido ni ella habían nacido allí. El siguiente negocio que inició fue instalar una fábrica de medias de seda, que quebró rápidamente. Esto la decidió abandonar a su marido y se fue a vivir a Aix-les-Bains, en Savoy, donde "me habían maravillado la libertad y la vida muy agradable que se disfrutaba allí". Recogió todo su mobiliario, ropas de cama, vestidos, dinero y demás objetos de valor, y a las dos de la mañana del 14 de julio de 1726 se fue hacia Aix-les-Bains. EL REY AMADEO LE OTORGA PENSION La baronesa no huyó así nomás del hogar conyugal, lo hizo premeditadamente. Ocurre que el rey de Cerdeña, Víctor Amadeo II estaba entonces en Evian y la Madame se las arregló para "hacerme la encontradiza con él un día, cuando el rey volvía de misa, y suplicarle que me concediera una pensión". La Madame, hermosa, desinhibida y audaz le pidió al monarca le concediera una pensión en razón a que ella era una conversa importante que podía tener gran influencia para la conversión de muchos herejes suizos, así como llevar a cabo misiones secretas, políticas y diplomáticas para el rey. Víctor Amadeo, "al que gustaba echárselas de católico celoso, la tomó bajo su protección y dispuso otorgarle una pensión de mil 500 libras del Piamonte, "lo que era bastante para un Príncipe tan poco pródigo". El rey, que era suspicaz y malpensado, dedujo que la razón de aquella acogida podría ser interpretada como un gesto hacia su amante, y, para evitarse habladurías, envió a la Madame a Anency, escoltada por un destacamento de sus guardias donde, bajo la dirección del obispo titular de Ginebra, ella abjuró de su religión calvinista en el convento de la Visitación. ELLA LO MANDA AL HOSPICIO Tres días después del primer encuentro, la Baronesa mandó a Juan Jacobo a Turín para que ingresara en el Hospicio del Espíritu Santo, donde completaría su conversión al catolicismo romano. Rousseau ingresó el 12 de abril de 1728, y el 23 del mismo mes fue bautizado con los nombres cristianos de Juan José. El tiempo que Rousseau pasó en el hospicio le sirvió para comprender hasta qué punto "la naturaleza humana puede degradarse, tal como lo comprobé en el caso del Moro, un homosexual que pretendió poseerme, a lo cual me negué decididamente". Los "moros" eran homosexuales que se disfrazaban de limosneros para ingresar luego en conventos y hospicios para hacer de las suyas. EL LE DECIA "MAMA" Y ELLA "MI PEQUEÑO" "La señora de Warens me inspiró no solamente la más viva simpatía, sino una confianza perfecta que nunca he desmentido. Sentí por ella un verdadero amor", escribe en sus Confesiones. Y la describe: "Su excelente corazón estuvo siempre a prueba y se conservó siempre lo mismo. Su carácter amable y dulce, su sensibilidad por los desgraciados, su inagotable bondad, su humor alegre, abierto y franco, no se alteraron jamás, y hasta en las proximidades de la vejez, en el seno de la indigencia, de los males, de las diversas calamidades, la serenidad de su hermosa alma le conservó hasta el fin de su vida toda la alegría de sus más hermosos días". La madame tan amada se convirtió en "mamá" para él y él era el "petit" para ella, que nunca había tenido un hijo y Rousseau nunca había conocido una madre. Cuando ella se ausentaba, "el ansia de estar con ella era tal, que me producía dolor físico". La relación entre ambos duró 11 años y Juan Jacobo siempre, aunque también era casi un indigente, le enviaba algún dinero. La baronesa falleció, el 8 de marzo de 1762, y Rousseau, refugiado en la finca del marqués Louis René de Girardin, su último bienhechor, en Ermenonville, "ya cada vez más cerca de la locura", de apoplejía, a las once de la mañana del 2 de julio de 1778. Rousseau, en sus Confesiones, no registra la muerte de su protectora y amante. Ese año de 1762 él publica Emilio o la Educación y el Contrato Social y perseguido se le obliga a salir de Francia. Columnas anteriores
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