Opinión
Historias Extraordinarias
Edmundo Domínguez Aragonés
Lady Caroline Lamb, la amante de Byron

El Sol de México
24 de junio de 2007

Lord George Noel Gordon Byron, de 28 años de edad, abandonó Londres, Inglaterra, para iniciar un exilio voluntario en Suiza, Italia y Grecia, y jamás volvió a su país de origen.

Cinco razones obligaban y decidieron al poeta a embarcase hacia el Continente Europeo:

Haberse divorciado de su esposa, el escándalo que encendieron sus relaciones incestuosas con su hermanastra, el acoso de sus acreedores, la impopularidad de su política y la de huir de lady Carolina Lamb, su amante, esposa del abogado William Lamb.

Byron le dijo al dar por terminadas sus relaciones con ella: "Lo hago para impedir que la gente hable, los amigos se aflijan y los juiciosos me compadezcan".

Era el año de 1814.

UNA NIÑA EXTRAVAGANTE

Carolina Ponsonby nació el 29 de noviembre de 1785. Su padre era el tercer conde de Bessborough y su madre lady Bessborough, una mujer ardiente que dedicó los años de su madurez a dominar con sus artes al estadista británico lord Granville, al mismo tiempo que rechazaba las propuestas del príncipe de Gales.

Caroline tenía tres años de edad y su madre, que en ese entonces era la devota esposa del conde, sufrió un ataque de nervios que la imposibilitó cuidar a la pequeña y, entretanto se reponía, la niña fue enviada a Italia con una niñera permanente, permaneciendo en Roma seis años.

A los nueve su niñera y ella regresaron a Inglaterra, y la niña se fue a vivir bajo las atenciones de su tía, la atractiva duquesa de Devonshire; de su marido, el duque de Devonshire, y la amante de éste, lady Elizabeth Foster. Carolina creció juntamente con sus primos en la mansión londinense de la tía, que era rica, admirada y muy tolerante.

Carolina era extravagante, muy nerviosa e impaciente: "A los 10 años de edad todavía no sabía leer, deletrear ni escribir, pero componía versos que todos consideraban hermosos y me aplaudían el incipiente talento, sin preocuparse demasiado por mis retrasos de aprendizaje", escribió en sus "Memorias", publicadas en 1823 con el título de "Ada Reis".

Su educación dependía de los sirvientes de la casa, quienes apenas sabían ellos mismos leer y escribir, de manera que se explica el retraso formativo de la niña, ya que no tuvo ninguna enseñanza sistemática. En realidad, los médicos de la familia habían recomendado que Carolina se mantuviese ignorante "porque es muy nerviosa y las horas de enseñanza formal la harán enloquecer".

Tan ignorante que, según lo consignaría en sus "Memorias": "Mis primos y yo no teníamos idea de que el pan y la mantequilla se hacían; no nos deteníamos a pensar cómo era ello posible, pero no nos cabía la menor duda de que los caballos hermosos se alimentaban de carne de buey".

LAMB SE ENAMORA DE LA NIÑA

A los 15 años descubrió, "de repente", que le era posible dominar fácilmente el francés, griego, italiano y latín, y que poseía talento para la música, el arte, el teatro y la conversación.

Poseía cara de ángel impúdico, melena de rizado cabello corto y grandes ojos redondos color avellana. Era baja de estatura, esbelta y hablaba con un afectado susurro. Los amigos la llamaban "Ardilla", "Ariel", "Duende" y también la "Joven Salvaje".

Era una adolescente inconformista, irrefrenable y coqueta, y en esas, el amigo de la familia, William Lamb, quien había terminado sus estudios de abogado en la Universidad de Cambridge y luego llegaría a ser lord Melbourne, se enamoró de "aquella criatura tan vivaz y atractiva".

"De todas las muchachas de la casa Devonshire, ésta es la mía", dijo el joven abogado y comenzó a cortejarla.

Lamb la cortejó durante tres años sin impacientarse porque ella lo evitaba, aunque le coqueteaba abiertamente mostrándole las piernas y besándose ella sus manos como la caricia que deseaba de él.

Lamb "era un petimetre sofisticado, introvertido y desenvuelto, que poseía una sonrisa burlona y un aire fingido de aburrida indiferencia. Era inteligente y lo demostraba. Lamb nació para ser víctima de Carolina. Su espíritu escéptico y sofisticado se sentía divertido y vigorizado a un tiempo por la naturalidad y seguridad de ella", escribió David Cecil en su biografía "Lord Melbourne".

EL MATRIMONIO

Una tarde de junio de 1805 Carolina y Will se casaron. Durante toda la ceremonia ella estaba muy nerviosa y al terminar, en uno de sus arranques locuaces, dijo "haber sido ofendida por el obispo" casamentero y a continuación rasgó su vestido blanco y vaporoso, y cayó al suelo desvanecida.

Carolina se hizo escándalo y así, exangüe, acompañada por los invitados y los curiosos, su marido la metió en el carruaje, adornado con las galas ceremoniales.

Will la llevó a la mansión de la tía, quien les había acicalado la habitación nupcial y allí, dando gritos "que estremecían a los habitantes de la casa", Carolina fue echa mujer.

La pareja necesitaba su cuarto propio y así, lady Melbourne, madre de Will, les cedió un piso de su elegante casa en Londres, entretanto la suegra ocupaba el otro piso.

En los primeros cuatro años de un matrimonio apenas feliz, la pareja recibía invitados por la mañana, tarde y noche, y así nunca estaban solos, aunque aprovecharon las madrugadas para sucesivamente engendrar tres hijos.

Augusto, el primogénito, era "imbécil" y murió a los 29 años; los dos siguientes, George y John, murieron en la infancia.

La pareja se aburría, ella amaba a su marido y él también, pero la rutina y la trivialidad de la vida de casada la impulsaron a "descubrir nuevos mundos". Entonces abrieron su hogar a los personajes célebres, "los más creativos y sensacionales".

EL PRIMER AMANTE

Uno de estos habituales era Samuel Rogers, el banquero convertido en poeta cuya obra "Los placeres de la memoria" era un éxito literario con 15 ediciones sucesivas, y lady Oxford, que había hecho carrera entregándose a cualquiera porque era una "diosa de la sensualidad" y quien recomendó a Carolina "buscar distracción en otros brazos", entretanto ella le descubría los placeres del sexo entre mujeres.

Otro de los amigos de la familia era sir Godfrey Webster: "Un libertino alocado y superficial" al que Carolina hizo su primer amante. La ahora mujer adúltera no reprimió su tendencia al exhibicionismo y apareció con frecuencia en público en compañía de Webster. La familia y los amigos del matrimonio "estaban consternados", y sólo Lamb pacientemente esperó a que la relación terminara pronto, considerando que "era sólo una aventura pasajera". Sin embargo, Carolina ya había "probado las mieles de la sexualidad" y no se detendría nunca más.

EL ENCUENTRO CON BYRON

A finales de marzo de 1812 se publicó la primera parte del poema "El peregrinaje de Childe Harold" y Byron "despertó una mañana famoso". El libro apareció dos semanas después de que el poeta, que ocupaba un escaño en la Cámara de los Lores a partir del 13 de marzo, había pronunciado su primer discurso en el Parlamento contra la pena capital aplicada a los obreros que saboteaban las máquinas, causando escándalo.

Acarreado por la espectacular arenga, el poema fue un éxito de ventas y Byron se hizo famoso de la noche a la mañana.

El libro apareció en forma anónima y todo el Londres literario, que trató de develar la incógnita del anónimo autor, lo logró fácilmente y el nombre de Byron estuvo en boca de todos.

Entonces, Carolina, igualmente atraída por el poeta y su fama, pidió a su amigo Rogers la presentase ante él. Ella había leído el libro "con gran entusiasmo" y exclamó: "Debo verlo, ¡me muero por verlo!".

Rogers le comentó: "Tiene un pie torcido y se muerde las uñas".

"¡Aunque sea más feo que el mismo Esopo, debo verlo!".

Byron era cojo porque el médico que atendió el parto, "de una madre violenta y borracha", trató de corregirle una pierna lisiada consecuencia de "una hemorragia en la superficie del cerebro del niño" y lo dejó inválido.

Días después, Carolina lo vio en el baile que ofrecía lady Westmoreland. Tras la presentación, él le pidió si acaso podía visitarla al término de la reunión. Carolina nada respondió, lo miró a la cara, aquel rostro de belleza clásica, y se fue.

En la madrugada, ella escribió en su "Diario": "Loco, malo y peligroso de conocer. Este hermoso rostro es mi destino".

LA ENTREGA

En su "Memorias" Carolina registra la primera entrega sexual: "Dos días más tarde del baile en casa de lady Westomerland, en la Casa Holland, volvimos a encontrarnos. El me preguntó por qué lo había rechazado y, sin darle explicaciones, lo invité a visitarme en casa.

"Byron llegó. Rogers y Moore estaban conmigo. Me encontraba sentada en el sofá, acababa de dar un paseo a caballo. Me sentía sucia y acalorada. Antes de recibirlo, salí de la estancia para lavarme y refrescarme. Regresé al salón, antes Rogers le había dicho a Byron: 'sois un hombre afortunado. Lady Caroline se encontraba sentada aquí, totalmente desaliñada, pero cuando os anunciaron, ha salido apresuradamente a acicalarse'.

"Byron me pidió visitarme a las ocho: 'cuando estéis sola' y yo accedí.

"A las ocho, puntualmente, lo recibí. Apenas cruzamos unas palabras de bienvenida y, tomándolo de la mano, lo llevé hasta mi alcoba. Sin habernos quitado toda la ropa, con premura y tremenda excitación lo hice mío".

NO SE GUSTABAN

Ni ella gustaba de él, ni el poeta de ella y, sin embargo, mantuvieron relaciones sexuales con regularidad en las habitaciones de Carolina en Casa Melbourne y en ninguna otra parte. Ella lo recibía al mediodía y permanecían juntos hasta la madrugada. "El hablaba y yo lo escuchaba, y estábamos profundamente enamorados".

Byron escribió una carta a lady Melbourne: "Estoy obsesionado por un esqueleto. Me gustan las mujeres voluptuosas y poco complicadas. Las mujeres delgadas, como C., me recuerdan a las mariposas secas. C. no es de mi gusto en absoluto ni yo del suyo".

Ocurre que Carolina poseía una "nerviosa sexualidad", era abiertamente disponible a cualquier hora y por su inteligencia se acompasaba a la del poeta, y por eso mantuvieron sus relaciones durante algún tiempo.

ENLOQUECE DE CELOS

Carolina "perdió todo recato", se exhibía con Byron en público y lo celaba, tanto por haberse casado con Ana Isabela Anabella Milbanke, echarse de amante a la cuarentona lady Oxford, como por mantener relaciones incestuosas con su hermana Augusta, a la que le hizo una hija.

Si Byron asistía a una fiesta a la que ella no hubiera sido invitada, lo esperaba afuera de la casa hasta que él aparecía y entonces subía al carruaje con él. Si pasaba un solo día sin recibir su visita, se disfrazaba de criado, vestida de hombre, ropa que usaba a menudo, y se metía en casa de él.

Carolina enloqueció de celos, una locura que no la abandonaría durante toda su vida, pues ella se "sentía la propietaria de Byron".

LA RUPTURA

Fuera de sí, amante engañada, vengativa y feroz, accedió a ser testigo y ofrecer su testimonio para validar el divorcio de Anabella y Byron.

El documento, recogido por el doctor Lushington, uno de los abogados de la demandante y que se conoce como "Minutas de conversación con lady Carolina Lamb, del 27 el marzo de 1816", es cabal ejemplo de lo que una mujer despechada es capaz de hacer, revelando "los delitos más atroces cometidos por el demandado".

Carolina declara: "Confirmo que Byron sostenía relaciones incestuosas con su hermana Augusta, habiendo confesando 'que hasta ahora no sabía lo que era el amor. Hay una mujer a quien amo apasionadamente, lleva un hijo mío y si es niña se llamará Medora'.

"Además, en distintas ocasiones lord Byron confesó que desde la infancia tenía el hábito de prácticas contra natura; que Rushton era uno de aquellos a quienes había corrompido, que era su paje, y que lo amaba hasta el punto de impulsarme a llamar Rusthon a mi propio paje, cosa que admito con vergüenza haber hecho.

"Byron mencionó a tres compañeros de estudios a quienes había pervertido igualmente".

Carolina ya había olvidado que, en su momento, ella también había llevado a cabo esas prácticas antinatura con lady Oxford, quien también se convirtió en amante de Byron.

A pesar del testimonio y del escándalo social que conllevaría hacerlo público, el matrimonio Byron se separó amistosamente en abril de ese año y él de Augusta en septiembre, al mismo tiempo que de lady Oxford.

Así, Carolina se sumergió en una "terrible frustración". Para superarla, meses después publicó la novela "Glenarvan", donde apenas disfrazados los nombres, dio a conocer todos los secretos que poseía y su profunda amargura.

Carolina nunca pudo olvidar a Byron, lo sobrevivió tres años tras la muerte del poeta en 1824 en Grecia, entregándose a cualquiera, alcoholizada y degradada. En un viaje a París intentó seducir al duque de Wellington, sin conseguirlo. Ella murió de hidropesía en su casa de campo de Brokett Hall, donde se había retirado para escribir sus novelas.
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