Opinión / Columna
 
Ramón Ojeda Mestre 
Hartazgo electoral
Organización Editorial Mexicana
13 de febrero de 2012

  En la gozable novela de Enrique Jardiel Poncela "Amor se escribe sin hache" que todos los amorosos deberían leer mañana 14 de febrero, Lady Sylvia Burns de Arencibia le lanza la daga al pobre Zamb. Me aburro, le dice ella, obligándolo a realizar las más increíbles peripecias.

En toda la obra fantástica de Jardiel Poncela el aburrimiento juega papeles sustanciales y si bien ese hastío es a veces el origen del arte, también llega a ser criminogénico como en el caso de los juniors multimillonarios Artie Strauss y Judd Steiner que inmortalizó Compulsión de Meyer Levin.

Estos dos jóvenes de Chicago, mataron a un pobre niño nada más para experimentar a ver que se sentía y comprobar que podían cometer un crimen perfecto. En la película que recuerda ese repugnante crimen de los juniorcitos, el abogado Jonathan Wilk es Orson Welles, cuando en realidad los nombres de los indiciados eran de la familia Leopold y Loeb y el abogado fue el extraordinario Clarence Darrow quien los salvó de la silla eléctrica.

En años recientes, el aburrimiento, un tema que había caído en una especie de letargo, ha sido reanimado por un número importante de libros académicos. El último de estos textos es Boredom: A Lively History "El aburrimiento: una historia animada", escrito por Peter Toohey, un profesor australiano que vive en Canadá -país que carga con la reputación de ser muy aburrido-. El Malpensante publicó la traducción de un ensayo de Andrew Anthony acerca del tema: el aburrimiento, esa conciencia de estar confinado en una situación concreta o en un mundo en el que Dios ha muerto.

El aburrimiento puede fungir como aliciente de la creatividad. "Madurar", dice Lars Svendsen, "es aceptar que la vida no puede permanecer en el reino de la infancia, que la vida hasta cierto punto es aburrida, pero al mismo tiempo darse cuenta de que esto no la hace invivible."

Ya desde Pompeya se planteaban eso. Hay un muro con graffiti de hace dos mil años que dice: "Muro, me pregunto por qué no has caído en ruinas cuando tienes que cargar con todo el aburrimiento de los que sobre ti escriben". L'ennui, que llaman los franceses es ese aburrimiento cuya etimología hay que saber porque como expresó Marcus Terentius Varro, quien entiende bien las palabras comprende bien las cosas.

La palabra aburrimiento viene del latín abhorrere (tener aversión a algo), compuesto por el prefijo ab- (sin) y el verbo horrere (erizarse, estremecerse). Horrere dio origen a palabras como horror y horrible. En un principio los términos aburrir y aborrecer compartieron el mismo significado: tener aversión a algo; después del siglo XVI se produjo la distinción como hoy la conocemos. Para muchos el aburrimiento es la existencia desprovista de sentido, otros, como Kierkegaard, sostienen que el aburrimiento fue lo que pobló al mundo: Dios se aburría, por eso creó a Adán; como Dios y Adán se aburrían, creo a Eva y así sucesivamente, explicó Brenda Yenerich.

En esta nepotcracia asfixiante que sufrimos, los pobres partidos han hastiado al ciudadano y los políticos lucen grotescos en sus infinitas repeticiones de palabrería hueca y gestos caricaturescos. Se paga ya descaradamente con transporte, alimentación, bebidas, camisetas, gorras y un estipendio al que asiste a ver y oír a esas patéticas gesticulaciones y gritería de los precandidatos, candidatos y postncandidatos, que luego, al ser derrotados, la inmensa mayoría, se convierten en candidatos a otras cosas y así ad nausean. No sólo dan flojera, dan lástima por mucho que se disfracen según la ocasión, ya sea de sombrero chiapaneco, de huipil, de jorongo, de cuera, o de guayabera -esa les encanta- para aparentar lo que no son ni serán. Han hartado al público y éste empieza a silbar irrespetuoso, desafiante. Cave canem.

rojedamestre@yahoo.com
 
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