Comunidad y cultura
Los grandes olvidados de la literatura
Organización Editorial Mexicana
2 de abril de 2007

Londres, Inglaterra.- Hay cierto tipo de escritores que constituyen la moda durante un cierto lapso; brillan refulgentes, monopolizan la atención de los medios, sus libros se venden por toneladas, parecen destinados a la inmortalidad y luego desaparecen.

En el siglo XIX Carolina Invernizzo, Eugenio Sue y Vargas Vila eran autores de gran fama y enormes ventas. Vargas Vila vivió hasta 1933 y fue autor de obras como Flor de fango y Aura o las violetas, de inmensa difusión en su tiempo. Hoy nadie las recuerda.

El prestigioso diario The Daily Telegraph, de Londres, realizó en 1899 una lista de los mejores libros y los más prominentes autores del siglo XIX. Más de la mitad de quienes entonces eran prestigiosos literatos son hoy totalmente anónimos.

¿Quién ha oído hablar en nuestros días de Rolf Boldrewood, Amelie Rives o de Olive Schreiner? Entonces parecían gigantes, al extremo de ser seleccionados entre los perdurables por los críticos de la época. Hoy han sido olvidados.

De los 100 autores señalados por la crítica en The Daily Telegraph, en 1899, justamente cuando se despedían del siglo anterior, como los más importantes del siglo XIX, 40 han desaparecido completamente de los anales históricos.

Uno de esos cíclopes reducidos al enanismo fue el francés Pierre Loti, quien subyugó a toda una generación. Su verdadero nombre era Louis Marie Julien Viaud. Fue un aficionado al exotismo y sus novelas y cuentos, plenos de seductoras alusiones orientalistas (japonerías y chinerías) y también de hechizos arábigos y embelesos hindúes, tuvieron un gran triunfo en una época en que el turismo no se había democratizado. Solamente viajaban los opulentos y poderosos y las masas estaban anhelantes de conocer otros mundos más allá del propio.

Loti extrajo sus temas y asuntos de sus viajes, pues fue marino. A los diecisiete años se graduó en la Escuela Naval de Brest y salió a navegar por los mares del Sur del Pacífico. Sus primeros relatos se publicaron en 1882, pero fue en 1886, con Pescador de Islandia, cuando obtuvo su primer gran éxito que poco después se repitió con Madame Crisantemo.

En 1890 andaba por Marruecos en nuevas peripecias y en 1900 visitó la India y poco después viajó a China para presenciar la rebelión de los "boxers". En 1891 recibió la consagración definitiva al ser admitido en la Academia Francesa.

Fue un gran coleccionista y su matrimonio con una adinerada dama le permitió un estilo de vida ostentoso. Su casa en Rochefort estaba decorada con diversos salones que representaban los escenarios de sus más famosas novelas. De todo ello apenas queda rastro hoy.

Otro de los grandes olvidados es Paul Morand, que dominó el mercado librero en Francia en la época que precedió a la II Guerra Mundial. Morand fue diplomático y estuvo destacado en Londres, Roma, Madrid y Tailandia. En sus obras adoptó las técnicas cinematográficas de rápidos cambios de escenario, de aceleradas situaciones dramáticas, de ritmo galopante de los relatos.

Sus personajes fueron extraídos de la floreciente burguesía francesa. Fue popularísimo en su tiempo, pero al ser invadida Francia por los nazis se adscribió al régimen de Vichy y fue un colaboracionista, igual que otro prominente escritor, Pierre Drieu de la Rochelle.

Pero Drieu se suicidó tras la liberación y Morand tuvo que escapar a Suiza donde permaneció un largo período. En 1968 fue admitido a la Academia Francesa. Ni siquiera esa consagración le permitió prevalecer en la memoria de los lectores franceses.

La cultura de masas surge de la necesidad inmensa de programación de los medios de difusión modernos: radio, televisión, cine, periódicos, revistas y ediciones populares de libros.

Hoy el pop-art considera que una botella de cerveza o una frase de argot pueden ser consideradas un objeto artístico. Shakespeare y el teatro El Globo fueron en su tiempo lo que es hoy la serie negra: la novela policíaca, un entretenimiento masivo por excelencia. James Bond no se había convertido aún en el heroico errabundo con quien podemos trascender la enajenación de la vida cotidiana.

Pero hoy sabemos que James Bond y Don Quijote son primos hermanos. Hemos tenido que aceptar que los libros de memorias, los reportajes, incluso la propaganda pueden tener categoría de arte. Las telenovelas y las aventuras policíacas han ocupado en nuestro tiempo el papel que las novelas de caballería desempeñaban en el XVI y el folletín literario, en el siglo XIX.

Siempre ha prevalecido ese apetito de quimeras, ese impulso de ir mas allá de lo que permiten las circunstancias. A todo ello debemos muchas reputaciones efímeras, muchos autores que hoy son deidades y mañana apenas merecerán una lápida en el osario de los desconocidos.