Opinión / Columna
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Bernard Henri Levy
Por qué Israel no merece boicot
El Sol de México
8 de febrero de 2011
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Ya que es necesario explicar las cosas, lo haré.
Nunca he presionado a nadie, directa o indirectamente, para cancelar una reunión en apoyo a un boicot a Israel. Ciertamente no tuve nada que ver con la cancelación de la reunión del 18 de enero de la campaña de Boicot, Desinversión, Sanciones en la Ecole Normale Superieur de París. La escuela misma fue la responsable. Nunca presioné a Leila Shahid, la representante de la OLP ante la UE; Stephane Hessel, el excombatiente de la resistencia francesa y autor del éxito de librería "Indignez-vous!" ("¡Indígnese!"), o a nadie más que tuviera programado aparecer en el evento.
Habría sido de lo más absurdo que yo me entrometiera, porque, por naturaleza y por convicción, creo en el poder de las ideas y, sobre todo, el poder de la verdad. Siempre estoy a favor del debate -el choque de opiniones, la confrontación de convicciones- no de la censura.
Y, particularmente en este caso, me habría hecho muy feliz presentar a los presentes en la Ecole Normale los hechos que parecían escapárseles: es decir, que BDS es una campaña hábilmente orquestada, pero difamatoria, belicosa, antidemocrática y totalmente despreciable.
¿Por qué?
Primero que todo, porque se debería boicotear a los regímenes totalitarios, no a las democracias como Israel. Por ejemplo, se puede boicotear a Sudán, un país culpable del exterminio masivo de un número importante de su propia gente. Se puede boicotear a China, culpable de violaciones masivas de los derechos humanos en el Tíbet y otras partes. Se puede boicotear a Irán, un país donde una mujer puede ser sentenciada a muerte por lapidación por supuestamente cometer adulterio, y un país cuyos líderes han dado oídos sordos al lenguaje del sentido común y los acuerdos. Al igual que Estados Unidos y otros 50 países boicotearon las Olimpiadas de Moscú de 1980 después de que la Unión Soviética invadió Afganistán, ciertamente se puede boicotear a aquellos regímenes que coartan la libertad de expresión y la castigan con sangre.
Pero no se debería boicotear a la única sociedad en Medio Oriente donde los árabes pueden leer una prensa libre, manifestarse generalmente cuando lo deseen, enviar representantes al Parlamento y de otro modo disfrutar de sus derechos como ciudadanos. Sin importar lo que uno piense de las políticas del gobierno israelí, no se debería boicotear al único país en la región donde los votantes tienen el poder de sancionar, modificar y revertir las posiciones de su gobierno.
Encuentro ridículo y vergonzoso que alguien como Hessel sienta "indignación" hacia el funcionamiento de una democracia que es, como todas las democracias, imperfecta; y mientras tanto no tenga nada que decir sobre los millones de víctimas de las guerras olvidadas de África, o la persecución de cristianos en Medio Oriente, o la masacre de musulmanes de Bosnia.
La campaña BDS también es despreciable por su indiferencia hacia los propios ciudadanos israelíes. No le importan nada, por ejemplo, sus opiniones sobre la reanudación de la construcción de asentamientos en Cisjordania. Ni le importan a la campaña las demandas, parámetros o condiciones de la paz establecida entre israelíes y palestinos. Y no le importan para nada los palestinos -sus esperanzas e intereses, y la forma en que el régimen de Hamas ha hecho pedazos esas esperanzas en Gaza- no le importan nada, y permanece en completo silencio.
Sin importar lo que digan los promotores y simpatizantes de BDS, el verdadero objetivo de la campaña es deslegitimar a Israel. Queda expresado, implícita y explícitamente, en las comparaciones entre Israel y la Sudáfrica bajo el apartheid, así como en la retórica antisionista empleada por todos los grupos asociados con BDS. Si las palabras tienen algún significado, sus palabras significan un intento de socavar la mera idea que une a la nación de Israel. Y esa es la razón de que su campaña contravenga el derecho internacional.
Por último, están aquellos involucrados con BDS, algunos desde sus inicios, cuya inspiración no son (por decir lo menos) la Francia Libre de Charles de Gaulle, o los autores de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, o aquellos a favor de un acuerdo de paz justo entre los pueblos israelí y palestino. Uno de ellos es Omar Barghouti, uno de los fundadores del movimiento, cuyo objetivo declarado no es dos estados sino dos Palestinas. Otro es Ali Abunimah, cofundador de la Intifada Electrónica, que también se opone a la solución de dos estados y ha demandado el fin del estado judío. Y luego están los líderes del Centro de Teología de la Liberación Ecuménica Sabeel con sede en Jerusalén, un grupo de cristianos palestinos con una importante subsidiaria en Norteamérica, quienes, ansiosos de darle "imperativos morales y éticos" a la idea de la "inversión responsable", han resucitado el estereotipo del judío que mató a Cristo. En su Mensaje de Pascua en 2001, el reverendo Naim Ateek, fundador del grupo, señaló que "los hombres, mujeres y niños palestinos (están) siendo crucificados... El sistema de crucifixión del gobierno de Israel está operando diariamente". Y la propia campaña BDS se ha involucrado en algunas iniciativas más bien turbias para marcar las mercaderías judías -lo siento, israelíes- con etiquetas que proclaman mensajes incendiarios como "Boicot al Israel del Apartheid".
Todo esto es deplorable. BDS presenta a estas personas como víctimas mientras promueve el discurso del odio. Esto habla mucho sobre el estado actual de la confusión intelectual y moral en el mundo occidental; un mundo que uno esperaría hubiera avanzado mucho más allá de su pasado criminal.
(Las preguntas de los lectores pueden ser contestadas en columnas futuras. Por favor, envíenlas a bhlevy@nytimes.com. Por favor incluya su nombre, país dirección de correo electrónico y el nombre del sitio o publicación donde usted leyó la columna.)
(Bernard-Henri Levy es el autor, más recientemente, de "Public Enemies: Dueling Writers Take On Each Other and the World". Traducción de Héctor Shelley.)
The New York Times Syndicate.
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