Opinión / Columna
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René González de la Vega
"La Bola"
El Sol de México
23 de noviembre de 2010
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Aestas alturas, es francamente difícil decir algo nuevo sobre la Revolución Mexicana. Dar otra lectura; una nueva interpretación. Dotarla de un nuevo sentido o de uno que sea distinto al de los muy diversos que ya se han dado. Unos dicen que fue una lucha del pueblo para reivindicar sus derechos. Otros, un movimiento por la tierra y la libertad. Otros más, dicen que fue una lucha en contra de la tiranía y la opresión gubernamental. Cierto. Todas estas lecturas son interesantes, apasionadas y románticas. Sin embargo, hay una lectura que regularmente se olvida y que me gustaría recordar. Una lectura que, me parece, no sólo nos permite ver la encarnizada y vacía realidad de ese movimiento social, sino también nos ofrece una lectura cruda -por su verdad- de la conciencia social e individual del mexicano.
Para Rabasa, la Revolución no fue más que un mitote social carente de unidad y propósito. A Camilo Soria (personaje de su cuento "La Bola") "no le importaban los derechos del pueblo; y como ya está rico, no se habría metido en la bola si no fuera porque quiere ver colgado a Mateo, y quedarse con Remedios para seguirla azotando como antes".
La anonimidad y la clandestinidad son los elementos que buscan aquellos que gustan de "la bola". Son valientes cuando nadie sabe quiénes son. Cuando no se les puede hacer un juicio de responsabilidad individual, sino colectivo. Cuando se pregunta: "¿quiénes fueron? Y sólo se contesta: fue "la bola". Cuando quieren "levantarse" en queja y no pueden (ni quieren) hacerlo solos. Se sirven del compadre, del amigo, del grupo, de la confusión, del bonche, para sentirse apoyados, cubiertos y encubiertos. El anonimato también les sirve de fórmula para evitar la afrenta pública en caso de fracaso. Para disolver la vergüenza del perdedor. No soy yo el que pierde, es la bola.
La Revolución Mexicana, de acuerdo con Rabasa, en cuanto tal, fue el movimiento de unos cuantos a costa de los muchos. Los ideales revolucionarios no fueron adoptados por todos. De hecho, en su gran mayoría, ni los conocían. Y muchos que los conocían, como Camilo Soria, no les importaban. No los conmovían; no luchaban por ellos. Las razones de sus líderes no eran las del "pueblo". Los que pertenecían a la bola tenían sus propias razones: el escándalo, la anarquía, la ausencia de orden. En una palabra: el desmadre. Sólo interesaba atender a la "fiesta de las balas y el mezcal". ¡Cómo perdérsela!
Eso es la bola. Una solidaridad mal entendida y enredada. Una revuelta sin sentido. Materia sin forma. "La Revolución -dice Rabasa- se desenvuelve sobre la idea, conmueve a las naciones, modifica una institución y necesita ciudadanos; la bola no exige principios ni los tiene jamás, nace y muere en corto espacio material y moral, y necesita ignorantes. En una palabra: la revolución es hija del progreso del mundo, y la ley ineludible de la humanidad; la bola es hija de la ignorancia y castigo inevitable de pueblos atrasados".
La bola es una de las herencias más reales y tangibles de la Revolución. De la cual, no deberíamos sentirnos orgullosos. La bola es algo que vivimos todos los días: en Reforma, en Insurgentes, en el Zócalo, en jueves, en viernes y en sábado. La bola no fue cosa de un momento histórico, es cosa de nuestra composición orgánica. De nuestra forma de ver el mundo. La bola es México. A todos nos gusta estar en la bola. Pues en la bola nadie tiene que coincidir, el único requisito es participar. Formar parte sin saber porqué. No importa. No es necesario. La bola no lo exige. Se pude ser un desmotivado como un apasionado guerrillero. Un líder popular o un aburrido desdibujado. Un ignorante o un sabio conocedor. La bola no tiene requisitos de ingreso.
"¡Miserable bola, sí! -Exclama Rabasa- La arrastran tantas pasiones como cabecillas y soldados la constituyen; en el uno es la venganza ruin; en el otro una ambición mezquina; en aquél el ansia de figurar; en éste la de sobreponerse a un enemigo. Y ni un solo pensamiento en común, ni un principio que aliente a las conciencias. Su teatro es el rincón de un distrito lejano [...] El trabajo honrado se suspende; la garrocha se necesita para la pelea y el buey para el alimento de aquella bestia feroz; los campos se talan, los bosques se incendian, los hogares se despojan, sin más ley que la voluntad de un cacique brutal; se cosechan al fin lágrimas, desesperación y hambre...Y, sin embargo, el pueblo, cuando reaparece este monstruo favorito a que da vida, corre tras él, gritando entusiasmado y loco: ¡bola! ¡bola! ¡bola!"
gonzalezdelavega@yahoo.com
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