Opinión / Columna
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René González de la Vega
El maniqueísmo político, ¿de regreso?
El Sol de México
10 de noviembre de 2010
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La política puede verse desde dos polos opuestos: el primero, la ve como el único medio para resolver conflictos sociales. La entiende como un instrumento y no como fin. Su función es la de drenar los conductos de comunicación social; facilitar el diálogo y encontrar respuestas. El segundo, en cambio, ve en la política una forma de suprimir al "otro". De vencer al contrario e imponer las ideas propias. De ahí que no busque el diálogo ni la reconciliación, sino la victoria sobre el otro. La primera de ellas deriva de la tradición política del "contrato social". De la idea de que la política inicia cuando los individuos deciden resolver sus problemas sin tener que acudir a la violencia privada. La segunda, en cambio, deriva de lo que podríamos llamar "un maniqueísmo político".
Este maniqueísmo surge de la concepción política de Carl Schmitt. Cuando él reflexiona sobre el concepto de lo "político", lo hace a partir de los binomios que encuentra en otras áreas de la vida humana. La moral, piensa Schmitt, trata sobre el bien y el mal; la estética, sobre lo bello y lo feo; el derecho, sobre lo legal y lo ilegal; la economía sobre lo beneficioso y lo perjudicial. Si estas otras ramas están compuestas por un juego de binomios, luego entonces, según Schmitt, la política no debe ser la excepción. El binomio que la compone y la define se construye a partir de los opuestos "amigo-enemigo".
Es decir, Schmitt trata de encerrar a la política en esta relación. La reduce a estos términos. Para él, la política no es más que el arte del desenmascaramiento. El trabajo propio de quien levanta el dedo de acusador y elige a su víctima. La tarea del político es ubicar a los enemigos; reconocerlos. Éstos son definidos por Schmitt, simplemente como los "otros". Son el extraño, el ajeno, el diferente. El que es distinto en un sentido particularmente intenso. Esta perspectiva convierte a la política en un fin, y al poder que la rodea, en la meta al que todo grupo debe aspirar. Quien no pertenece al grupo de poderosos, quien no tiene el poder político, se convierte en la otredad; en el intruso, el desconocido, e.g. en el "enemigo".
No es fácil pronosticar los resultados que se puedan generar tras adoptar la primera forma de entender a la política. Todo depende de la negociación. Del convenio que se acuerde y de qué tanto se respete y lo hagan respetar. Sin embargo, la flexibilidad y las probabilidades de cambio son propias de este modelo. Pues está abierto al diálogo y a la negociación. En cambio, bajo el segundo modelo, sí es fácil pronosticar las consecuencias que se tendrían al adoptarlo. Este fue el modelo que rigió durante la Edad Media (los católicos y sus "enemigos"). También, aquel que rigió en la Alemania nazi (los arios y sus enemigos). Este es el modelo, que desde la segunda guerra mundial, el mayor número de países en el mundo, al ver las trágicas consecuencias a las que lleva, encaminaron sus esfuerzos para erradicarlo y alejarse de él.
Sin embargo, parece que los frutos de dichos esfuerzos (reflejados en instituciones como los derechos humanos y la neutralidad estatal) comienzan a esfumarse hoy. Piénsese en países como Holanda (y Geert Wilders), en Bélgica (y Filip Dewinter), Venezuela (y Chávez), México (y Calderón), Estados Unidos (y Bush), Cuba (y Castro), etc. Todos ellos, en mayor o en menor medida, se adhieren (o se han adherido) a una política del estilo "amigo-enemigo". Donde la otredad, la disidencia y la discusión crítica no tienen cabida. Son suprimidos, atacados y mal vistos. Las consecuencias son claras de esta forma de ver a la política. Sobre todo, cuando ponemos en juego valores como la libertad y la igualdad. Si es así, entonces, ¿por qué comienzan, ahora, a cobrar fuerza de nueva cuenta?
gonzalezdelavega@yahoo.com
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