Opinión / Columna
 
Pedro Peñaloza 
26 de agosto de 2010

  La vida es aquello que te va sucediendo

mientras te empeñas en hacer otros planes.

John Lennon

Ahora resulta que los prominentes y prolíficos secretarios de Gobernación y de Educación nos informan que no saben sumar. Sí, hombre, a las calamidades estructurales que ya padecemos, tenemos que soportar a un par de funcionarios que se pelean con la realidad.

Aunque no debería extrañarnos esta revuelta ficticia de un par de servidores públicos muy bien pagados, no deja de molestar que en lugar de proponer alternativas concretas para contribuir a aminorar las exclusiones sociales de que son objeto una porción mayoritaria de la población, se presenten como exorcistas de lo cotidiano.

Ni modo, de nueva cuenta tendremos que tratar de educar o formar a estos conspicuos analistas de las sumas y restas. Recordemos: según Blake y Lujambio, no son 7 millones y medio los jóvenes que no estudian ni trabajan (ninis), sino sólo 285 mil. Hasta aquí el punto numérico del debate, que por cierto, colocó al rector de la UNAM, José Narro, en una posición digna y consistente, ya que ha demostrado, con las estadísticas del propio gobierno calderonista, que las cuentas del par de secretarios no tienen coherencia.

Expliquémonos: en la Encuesta Nacional de la Juventud (2005), en la página ocho, en el cuadro número uno, se señala que 22 por ciento de los jóvenes de 12 a 29 años no estudian ni trabajan. Si en el país hay 34 millones de muchachos en ese rango de edad, una pequeña operación nos da como resultado 7 millones y medio. ¿Acaso es tan complejo entender esta relación?

Pero las sorpresas no paran. Los funcionarios de marras también nos corroboran su formación patriarcal y machista, pues admiten el volumen de la encuesta, pero nos dicen que la mayoría de esos 7 millones son mujeres -lo cual es cierto- y que, declaran, a través de Priscila Vera, directora del INJUVE, "no es que no estén haciendo nada. Están dedicándose a las labores del hogar". Si el que estén las jóvenes en casa no las hace ninis. Válgame Díos. ¿Cinismo o cara dura?

Sin embargo, el fondo de la discusión va más allá del empecinamiento de un par de burócratas; no, lo que está en juego es cómo se gobierna y conduce a un país que está sumergido en la desigualdad y la marginación social creciente.

Está más que claro que la administración de Felipe Calderón no tiene, ni tuvo en su proyecto de gobierno la intención de impulsar políticas públicas que rompieran con el modelo de desarrollo que ha consolidado un patrón de acumulación capitalista, que es favorecedor de una minoría de ricos -la décima parte de la población- que se apropia del 40 por ciento del PIB. Ése es el punto de quiebre en el debate en torno a los jóvenes.

El panorama es devastador: la ausencia de un proyecto igualador de oportunidades y de fomento al empleo como pivote del desarrollo individual y social, ha dejado como saldo a millones de damnificados. Por ejemplo, un caso relevante es el de los excluidos del trabajo con estudios: casi tres de cada cuatro jóvenes en edad de cursar estudios superiores no pueden hacerlo; los estudiantes que alcanzan a egresar se enfrentan a una tasa de desocupación que asciende a casi 11 por ciento, cuando entre la población general es casi tres veces menor; de ésos, que tienen la fortuna de conseguir un puesto de trabajo, el 52.2 por ciento recibe ingresos muy precarios (equivalentes a tres salarios mínimos o menos).

El país está hecho de una especie de queso gruyere. No hay renglón de los principales vectores institucionales, donde no se refleje el deterioro y el déficit crónico. Si bien México padece problemas endémicos, no podemos eximir al foxismo y al calderonismo de su ineptitud personal y colectiva para efectuar cambios estructurales y de largo aliento. Su mediocridad es patética.

El futuro ya llegó. El tema de Estado que se guarda bajo la alfombra de la demagogia y la superficialidad, es el paulatino desvanecimiento del llamado bono demográfico, que no está siendo aprovechado para formar capital humano y no hay políticas públicas para enfrentar el inminente envejecimiento de la población. Como están las cosas, en 2050, seremos un país de viejos, de pobres y de ignorantes. Éste es el tema que debería ocupar nuestras preocupaciones.

pedropenaloza@yahoo.com
 
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