Opinión / Columna
 
René González de la Vega 
El argumento de Antígona
El Sol de México
18 de mayo de 2010

  Sófocles nos invita a ver en Antígona al prototipo de un personaje íntegro. Un personaje que viola la ley del Estado porque la considera injusta. Un personaje que trata de hacer valer por todos los medios, corriendo toda clase de peligros, lo que le parecía era su derecho -sepultar el cuerpo de su hermano con todos los honores. Por ello, Antígona se considera la objetora de conciencia por excelencia. Una inspiración de la justicia. Una musa de la razón. Su valentía y determinación la llevaron a la tumba por defender una causa justa. Pero también fueron esos rasgos de su personalidad los que le ayudaron a sostener su postura con convicción y elegancia frente al tirano: Creonte.

Creonte, el Rey de Tebas, es un personaje que invita al repudio; sea por la posible ilegitimidad de su mandato, por la infinita terquedad de sus actos o por la irracionalidad de sus decisiones. Sea por la razón que sea, Creonte representa la imagen de un Rey sordo a la razón; ciego ante la justicia. De una arrogancia desquiciante. Con tal de defender la legalidad de sus órdenes no escucha las advertencias del coro -la conciencia de los dioses. Un personaje que piensa que las Leyes del Estado son justas y que deben ser obedecidas por el simple hecho de que han emanado de su voluntad.

La dramatización de las circunstancias de Antígona la han convertido en una de las heroínas del discurso sobre la justicia. Frente a Creonte, Antígona afina el tono y argumenta: "he desobedecido las leyes humanas porque éstas no pueden prevalecer sobre las divinas". Su argumento ha recorrido muchas páginas de la historia y ha sufrido muchos cambios. Ahora, removidos sus sesgos teológicos, adoptando una forma secularizada, su argumento ha quedo así: "el derecho institucionalizado no puede prevalecer por encima de los derechos humanos". En otras palabras, el argumento encarna la idea de que el Derecho positivo no puede determinarlo todo, hay derechos que son su límite.

El argumento Antígona ha sido debatido por muchos filósofos del derecho. Ahora no es necesario recurrir a ellos. Sófocles lo ha dejado claro: las leyes del Estado no siempre son acordes con la justicia. Y está en nuestro derecho reclamárselo. Por ello, el argumento Antígona se ha convertido en una las gemas más preciadas de los disidentes. Una de esas prendas que sólo se sacan a relucir en las mejores galas. No siempre se esgrime. No siempre está presente. Hay que guardarlo para los momentos más recalcitrantes que se viven dentro de la política y el Derecho. Pero su intermitente presencia tiene una excusa: en su fortaleza radica su debilidad. Si se usará continuamente, de manera indiscriminada, para cualquier situación, su importancia terminaría por trivializarse. Perdería su peso e importancia. Se dejaría a un lado. Es gracias a su fuerza y espaciada presencia que sirvió de argumento para uno de los eventos históricos más relevantes del Derecho: los juicios de Nuremberg. También, sirvió como el Leitmotiv de Martin Luther King cuando luchaba la injusticia de las leyes separatistas. También funcionó como la palanca que impulso a Solidaridad en Polonia.

Hace mucho tiempo que no se veía al "argumento Antígona" salir de casa. En que fuera desempolvado y vuelto a usarse. En que deslumbrara al tirano con su brillo. Pero la situación no es para menos. Su fuerza se debe imponer ante una ley que permite detener a cualquiera que tenga un "mexican looking type". Se debe imponer ante una ley que tiene claros sesgos raciales. Que castiga la portación de una cara. A quien habla con cierto acento. A quien trabaja. A quien no se ve reflejado por las barras y las estrellas. Afortunadamente, en los últimos días hemos visto esas caras, ahora criminalizadas, y esos acentos, ahora prohibidos, marchando por las calles gritando que "el derecho de Arizona no puede prevalecer por encima de los derechos humanos".

gonzalezdelavega@yahoo.com
 
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