Opinión / Columna
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Juan Antonio García Villa
Al rescate del Congreso
El Sol de México
3 de mayo de 2010
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Este viernes concluyó el periodo de sesiones ordinarias del Congreso que inició tres meses antes. Fue el segundo, de seis, de la actual Legislatura, es decir, la integrada por los diputados elegidos apenas en el anterior mes de julio. Se les fue ya una tercera parte del tiempo que comprende su mandato. ¿Es posible hacer un balance de su gestión? Preliminar sí, pero es pobre. En esta apreciación coincide un buen número de columnistas que han escrito sobre el tema en los últimos días. Es probable que no falte alguien por ahí que hable de tantos más cuantos centenares de iniciativas y de dictámenes formulados, miles de intervenciones en tribuna. Pero no se trata de eso. La cantidad sale sobrando. Lo que importa es la calidad, por así decirlo, del trabajo legislativo.
Como bien han apuntado algunos editorialistas, lo que el país espera de sus legisladores es que las iniciativas de gran calado que tienen para estudio y dictamen (sobre reforma política, trabajo, seguridad nacional, antisecuestros, medios de comunicación y antimonopolios, entre otras) no continúen atoradas. Si alguna de éstas llega a destrabarse en su Cámara de origen, según y de manera atropellada suele ocurrir en los últimos días de cada periodo, como para justificarse ante la opinión pública, será sólo para volverse a atorar en la colegisladora. ¿Qué es lo que de tres lustros para acá está sucediendo en México con los proyectos legislativos más importantes para la nación, que se atascan en el Congreso?
La respuesta es sencilla. Porque hasta 1997 y de este año durante siete décadas hacia atrás, hubo siempre en ambas Cámaras del Congreso aplastantes mayorías que con entera sumisión acataban las órdenes -en ocasiones sensatas, pero a veces también caprichosas y hasta arbitrarias- del presidente de la República en turno. Desde aquel año la realidad cambió. El Ejecutivo carece de mayorías afines tanto en el Senado como en la Cámara de Diputados, y aunque constitucionalmente sigue teniendo el derecho a iniciar leyes, incluidas las de modificaciones a la Carta Magna, ahora sus proyectos, sobre todo los de gran envergadura, suele tener como destino la "congeladora", como se dice en el argot legislativo. ¿Qué hacer entonces? Es sencillo decirlo, pero difícil de lograr. Sustituir al antiguo Presidente todopoderoso, por ciudadanos y legisladores informados y responsables.
Los ciudadanos deben desterrar la idea de que su participación política se reduce a emitir su voto cada tres años y ahí concluye. O que en el mejor de los casos comprende también el invento, festejo y transmisión de chistes sobre diputados y senadores. Por supuesto que no. Tal mentalidad y actitud deben cambiar por entero. Tan importante, o más, que elegir a los legisladores, es estar pendiente de su desempeño. Seguirles la pista de lo que opinan, discuten y aprueban. Porque hoy tal conducta omisa, pasiva, tiene sumido al país no sólo en la parálisis legislativa sino en el atraso. Por otro lado, como a lo largo del tiempo las figuras del diputado y del senador cayeron en el oprobio y el desprestigio, es claro que ahora, con la centralidad que, se reconozca o no, ha adquirido el Poder Legislativo, depende de los propios legisladores mejorar su imagen y prestigio. Las burlas y el deshonor de que fueron objeto durante décadas, formó parte en el pasado de la orquestada y permanente campaña para que en la escena política sólo el Presidente en turno luciera como digno y respetable. Y los legisladores como parásitos e inútiles. ¿Qué hacer?
Para empezar, primero hay que terminar con esa absurda disposición que prohíbe la reelección consecutiva de diputados y senadores. Por que a su vez impide que éstos rindan cuentas a sus electores. Naturalmente, para que tal rendición de cuentas sea útil y no estéril, se requiere que el ciudadano le dé seguimiento -más que a los chistes sobre diputados- a los temas del Congreso y a la agenda legislativa, para que tal seguimiento ilumine y oriente en la siguiente ocasión el sentido de su voto. No es fácil cuando se carece de una cultura política sólida, pero es el camino.
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