Opinión / Columna
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René González de la Vega
Leer la política en cirílico
El Sol de México
9 de febrero de 2010
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Un letrero con una flecha cruzada, me prohíbe el paso. Otro con un cigarrillo, me permite fumar. Uno con un rayo, me advierte del peligro. Todos estos son símbolos. Con ellos facilitamos nuestra comunicación. Son parte de un lenguaje ni oral ni escrito con el cual logramos comunicarnos. Ellos nos ayudan a guiar nuestras conductas. A informar nuestras necesidades, deseos, emociones, intereses. Los símbolos nos facilitan comprender sucesos, estados de cosas, circunstancias. Gran parte de su encanto lo compone su simpleza. No requerimos de grandes deliberaciones para comprenderlos. No nos imponen grandes retos intelectuales. Son notas, tópicos a los que hemos dejado de prestar atención pero que, sin embargo, nos sirven para comprender nuestro entorno. Los símbolos están por todas partes. En la religión hay gabanes, cruces, copas que significan distintas cosas. En las universidades hay togas, emblemas, grados, que hacen de ella mucho de lo que es. Incluso de vacaciones nos topamos con ellos: bandera roja en el mar, no se meta a nadar.
La política no es excepción. Está también plagada por ellos: banderas, emblemas, colores, corbatas, apretones de mano, gesticulaciones. Toda esa clase de símbolos nos facilitan la lectura de su andar. Nos permiten predecir cosas. Nos pueden decir por quién votar, por quién no. Con quién coincidir. A quién atacar. Por ejemplo, comúnmente por azul entendemos «derecha». Y por derecha entendemos una ideología que conserva el statu quo, que profesa mayoritariamente un apego por la religión, que defiende la libertad de mercado, la propiedad privada, la disminución de los impuestos, la patria, la soberanía. Rojo, en cambio, significa «izquierdas». Defensa de la igualdad. De la cooperación social. Defiende una sociedad laica. Promueve el pluralismo. Defiende la tolerancia, la imparcialidad, la neutralidad estatal.
Qué sucede cuando a símbolos conocidos, a imágenes ya aceptadas, se les dota continuamente de significado. No se respeta el ordinario. Se les reinterpreta todos los días. Si un distraído no lee los diarios por una semana o un mes, corre el riesgo de dejar de comprender las premisas básicas de su entorno político. La política se vuelve incomprensible. Como querer leer un libro en cirílico; reconocemos la existencia de símbolos, vemos que algunos de ellos forman palabras, y éstas, a su vez, oraciones, está todo el armazón lingüístico que nos es familiar, pero no sabemos lo qué nos dicen, lo qué quieren transmitir, lo qué significan. No podemos atrapar lo comunicado.
Un lugar donde el que está pintado de azul promueve el aumento de impuestos para la protección de los pobres y el que está pintado de rojo rechaza dicha propuesta. Donde el que está pintado de verde hace como propuesta de campaña la pena de muerte. Es ubicarnos en un terreno donde la política no está siendo escrita con nuestro alfabeto.
La frustración que surge de esto no es baladí. El no entender sirve para rechazar. De ahí surgen toda clase de conductas apáticas. De ahí surge la anomia. El rechazo de quien sabe que no entiende y por ello deja de intentarlo. Se da por vencido. Deja de ver el problema. No le da importancia. Esto sólo tiene una víctima: la deliberación democrática. Quien no entiende, no delibera: impone. Quien no comprende las premisas del debate, no discute ni argumenta: arrebata. Quien está perdido en una ciudad donde no conoce el idioma, no se detiene a ver los símbolos plasmados en los carteles, ¿para qué?, no los entiende. Lo único que le importa es salir del atolladero. Olvidar lo sucedido. Borrar de su mente el miedo sentido y la confusión causada.
No entender los símbolos que nos emiten las prácticas políticas, no nos permite conocer la política. Quien no la conoce, la desecha. Le da poca importancia. Todo ello en pérdida para la democracia.