Opinión / Columna
 
Todo lo Bueno 
Edmundo Domínguez Aragonés 
Mona Lisa padecía exceso de colesterol; descubrimiento médico
Organización Editorial Mexicana
8 de febrero de 2010

  Tito Franco, profesor de Anatomía Patológica de la Universidad de Palermo en Italia, ha descubierto signos de distintas patologías en obras clásicas de la pintura: en la Mona Lisa, Las Meninas, Cupido durmiente, Madonna del parto y La Escuela de Atenas.

Esta es una tarea de patólogo: "Miro el arte con ojo distinto del de un experto en arte, como un matemático escucha la música de modo diferente de cómo lo hace un crítico musical".

Interesante el descubrimiento de Franco, que le ha llevado su tiempo y revela su conocimiento de las enfermedades que padecían los protagonistas de esas obras que se consideran íconos del arte pictórico.

Sin embargo, existen cientos de obras de grandes pintores donde las enfermedades y sus efectos se muestran explícitamente, como en el caso de la Tuberculosis, en el cuadro del británico William Lindsay Windus, de 1858, titulado Demasiado tarde.

Una joven demacrada por la tuberculosis y solícitamente abrazada a una amiga en la que se apoya, apenas si puede sostenerse en pie ayudada de un bastón. Sus ojos miran al hombre que una vez había tenido la esperanza de que sería su esposo. Ella está consciente de que no puede detener el curso fatal de su enfermedad y él se cubre los ojos con el brazo abrumado y dolido por la enfermedad que él provocó a la que una vez estuvo de ser su esposa.

La obra trata gráficamente de una mujer enferma y de un alto contenido sexual: la que la abraza y besa es su madre, y el hombre es su padre y no un novio sufriente. Esta obra ha causado polémica más por su contenido sexual que por mostrar una chica enferma.

Otra, La bebedora de sangre del francés Joseph-Ferdinand Gueldy, de 1898, descrita por el editor The Magazine ofr Art, que publicó la fotografía de la obra: "Una de las obras más populares del año, sin duda, la repulsiva representación de los bebedores de sangre, en la que un grupo de tísicos inválidos, reunidos en un matadero, beben la sangre fresca de un buey que acaba de ser sacrificado y yace en el suelo y su sangre lo cubre todo".

Esta era una supuesta solución médica al problema de la anemia por tuberculosis que afectaba y debilitaba a muchas mujeres de clase media en París: beber todos los días la sangre de un animal fuerte como los bueyes.

El caso de la mujer enloquecida por amor y que se suicida, es el de Ofelia, de la obra Hamlet, de William Shakespeare, y de este personaje insuperable ejemplo de demencia existen decenas de obras, siendo quizás la más célebre la de Sir Jhon Everett Millai, la chica flotando bella pero inútilmente en el agua con flores todavía enredadas en su pelo.

Las sifilíticas igual son representadas por Felicien Rops en su grabado Mors Syphilitica, de 1892, en el cual se muestra a una prostituta con los ojos lívidos y afilados dientes de vampiro que lleva la hoz de la muerte para simbolizar la muerte por sífilis, el Mal.

Y, las mujeres morfinómanas en el cuadro de Albert Matingon, de 1905: Morfina. La mujer solía aparecer retratada en los fumaderos de opio o adictas a la morfina, el hachis y la belladona y Matingon la presenta como si fuera mitad virginal, mitad vampírica, en los estertores del sueño de opio rodeada de la parafernalia de esa adicción, o cómo la morfina había penetrado en el elegante mundo de la disipación.

Más explícito, Eugene Grasset muestra a una mujer inyectándose, "en una litografía escalofriante por su precisión clínica".

Por su parte, el noruego Edvard Munch, ante la muerte de su hermana que perdió la razón, y tal acontecimiento habría de marcar por siempre sus recuerdos y sus creaciones artísticas, y, en su estilo maduro sus pinturas constituyen un reflejo de la histeria y la neurosis en las obras El grito, Ansiedad, Deseo, Odio y Celos.

Seguramente Franco va a enriquecer su catálogo de descubrimientos, tras describir los padecimientos de La Gioconda o Mona Lisa y los que ha dado a conocer en días pasados.
 
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