Comunidad y cultura
El cuento de la inmortal Psique (I)
Organización Editorial Mexicana
6 de febrero de 2010
Genaro R. Mijares / El Sol de México
* INTRODUCCIÓN
El estudio de la Psicología es de aquellos conocimientos que se elevan, desde luego, a las más encumbradas regiones de la abstracción, haciendo su materia difícil y árida para muchos y casi ininteligible para algunos, en particular para los niños, a quienes se dedica este modesto trabajo.
Por consiguiente, nuestra principal labor será la de esforzarnos en "concretar", hasta donde sea posible, algunos conceptos o tópicos psicológicos, haciéndolos fácil de entender por medio de símiles o comparaciones.
No se espere, sin embargo, encontrar en este humilde ensayo una obra didáctica, ya que sólo se reduce, como su nombre lo indica, a una simple fantasía hecha con el único fin de divertir, acaso con cierta utilidad, a los niños.
El autor.
EL ESPÍRITU
Podríamos comparar el espíritu a un barco que infatigable cruza por el ancho mar, siempre en pos de una rada que le brinde abrigo y paz. Con uno de esos barcos que son verdaderos castillos o palacios flotantes; barcos de potentes máquinas, construidos de metales y maderas preciosas, y que además ostentan una complicada estructura, propia para desplegar sobre ella, un magnífico velamen.
Barcos de vapor y de vela, hechos para la navegación de altura, para cursar airosos las rutas de los siete océanos, para enfrentarse a vientos y borrascas, y para resistir las grandes tempestades.
Barcos ligeros, veloces y audaces, que trasponen todos los horizontes y que se abrazan a la salobre superficie de las ondas, disputándose el imperio de las aguas.
Hasta que un día, vencidos y maltrechos, después de tanto navegar, acaban por hundirse en el abismo de la muerte, tragados por una ola irresistible; o hechos pedazos, van a salpicar con sus entrañas, la solitaria playa de un rincón cualquiera del universo mundo, donde el decurso de los años se encargará, por fin, de cubrirlos piadosamente con una capa de arena... y otra de olvido.
LAS TRES FACULTADES
Tres clases de materiales entran fundamentalmente en la construcción de nuestro barco: a saber: el HIERRO, la MADERA y la PINTURA.
Así también el espíritu se compone de tres facultades o funciones que son QUERER, SENTIR y PENSAR, a las que corresponden, respectivamente, un conjunto de VOLICIONES, SENTIMIENTOS y PENSAMIENTOS.
Examinando la importancia y distribución de cada uno de estos tres elementos, tenemos desde luego el HIERRO, es decir, las VOLICIONES, como material casi exclusivo de las máquinas, centro motriz del barco y lugar donde residen sus más potentes energías.
Enseguida tenemos a la MADERA, o lo que es lo mismo, los SENTIMIENTOS, que forman el casco, la cubierta, los mástiles y demás partes que dan cuerpo al navío.
Por último, tenemos a la PINTURA, que representa los PENSAMIENTOS y que, desgraciadamente, a veces es tan escasa que en algunos barcos casi no se percibe, a pesar de su evidente utilidad, al conservar y preservar los otros materiales que recubre y a los que da brillo y lucimiento.
Como consecuencia práctica de lo anterior, debemos tener presente que para influir sobre el espíritu de alguna persona o para explicarnos el móvil de su conducta, o la razón de ser de su actitud, ante todo y en primer lugar habremos de investigar lo que ella desea, enseguida lo que siente y, por último, lo que piensa; aunque en rigor, para darnos cuenta cabal de lo poco influyentes que son generalmente los pensamientos al menos en el "hombre de la calle" o en el "hombre vulgar", esta tercera investigación podría suprimirse en la mayoría de los casos que nos presenta la vida, sin que por ello sufriese mucho la exactitud de nuestro juicio.
Así como un barco necesita un PILOTO y un MAQUINISTA, también el espíritu necesita un piloto que lo dirija y que se llama INSTINTO DE CONSERVACIÓN y un maquinista que se encargue del buen funcionamiento de los motores y procure mantener siempre vivo el fogón de las calderas y que se llama INSTINTO DE SOCIABILIDAD.
El primero de estos personajes es un gigantón tosco y brutal; nació ya con todos los conocimientos necesarios para guiar el buque con el mayor acierto. Es absolutamente infalible cuando obra y hace las cosas a la perfección, pero desgraciadamente nuestro piloto es un perezoso empedernido durmiendo y evitándose todo el trabajo que puede, para lo cual recorre con frecuencia los diversos departamentos del barco y obtiene MARINEROS oficiosos dispuestos a servirle, que representan los HÁBITOS, las COSTUMBRES, la EXPERIENCIA, la CULTURA y la EDUCACIÓN, en general.
Estos marineros, contratados aquí y allá, en los distintos puertos donde ha anclado el barco, sin exigírseles carta de recomendación alguna, tienen grandes deseos de llegar a ser pilotos y de conducir por sí solos un navío; por tal motivo, e impulsados por su afición, se aprovechan de las complacencias y de la pereza del piloto, esforzándose a suplir sus funciones y así tenemos que nuestro espíritu no es guiado como debiera, por su legítimo y verdadero piloto, sino que aquél queda en manos más o menos inexpertas, que son las que lo conducen, sabe Dios como, a través de su azaroso camino.
Algunas veces sucede, por ejemplo, que se pica el mar, desatándose la borrasca; en tales circunstancias la falta de pericia de los marineros oficiosos del piloto ponen al barco en inminente peligro de hundirse. Pues bien, en esos casos de absoluta emergencia, acontece, por regla general, que el piloto se despereza, despertando de su sueño y en el instante mismo que lo hace, todo se arregla como por encanto, porque con precisión infalible y maestría insuperable enfila el navío y capea la marejada, hasta que una vez recobrado el equilibrio y normalizada la marcha, fuera de todo peligro, entrega de nuevo la rueda del timón a sus torpes ayudantes y, como de costumbre, se hecha por allí a seguir su interrumpido sueño.
Hay ocasiones terribles, sin embargo, en que el adormilado piloto suele no despertar, ni aún en estos casos de gravísimo peligro y si por mala fortuna tal cosa llegare a suceder, el barco se hundiría sin remedio y el naufragio se consumaría, sin que nada ni nadie pudiere evitarlo.
Tal sucede en el espíritu acobardado de los suicidas y en el exaltado de los temerarios, en los que el piloto se queda dormido y el instinto de conservación no reacciona ni actúa para evitar la catástrofe.
Pero veamos ahora al MAQUINISTA de nuestra alma, el INSTINTO DE SOCIABILIDAD. Ese es un hombrecillo menudo, nervioso y extraordinariamente inquieto; no tiene mucha fuerza, pero su agilidad es asombrosa y su espíritu de mando y de organización son admirables.
Si alguna vez llegare a fallar el maquinista o simplemente a descuidar su ímprobo trabajo, las calderas se enfriarían rápidamente y su presión decrecería al grado de que la fuerza del vapor resultaría insuficiente para que las máquinas se movieran por sí solas.
Cierto que los múltiples marineros oficiosos del piloto, en su afán de intromisión, penetran algunas veces al departamento de las calderas y motores y tratan de ayudar, también el maquinista, pero como éste casi nuca descuida sus labores, el trabajo principal lo hace siempre personalmente: y su atingencia y pericia jamás podrían ser sustituidos eficientemente ni por todos los ayudantes juntos.
Sin el instinto de sociabilidad el hombre se iría aislando poco a poco de sus semejantes; nunca se habría reunido en comunidades y las facultades de su espíritu irán decreciendo, faltas de estímulo y desarrollo, hasta caer, por último, en una estupidez rayana y sólo comparable a la de los animales.
LA PERSONALIDAD
Vamos a suponer que nos encontramos en un gran puerto donde existen y se mueven muchos barcos, pero entre todos hay uno que parece mantener sus calderas al máximo de presión, según revela la viveza de sus impulsos; su quilla corta como afilado puñal la superficie de las aguas, el vapor escapa por sus válvulas continuamente formando nubes a su alrededor, el humo negro de las chimeneas contrasta con la blancura del vapor y se eleva en espesas volutas hacia el cielo; fuerte, potente, enérgico, lanza su sirena a los aires y todo en él indica seguridad, confianza en sí mismo, resolución, perfecto funcionamiento y agilidad. Además, este barco se mueve con mayor diligencia que los otros, está como poseído de una febril actividad consciente y gozosa; dirigiéndose afanoso y alegre en mil direcciones.
Por otra parte, vemos con ansiedad que este barco, que todo lo hace rápida y fácilmente, se precipita por doquiera sin temor, haciéndonos creer, en ocasiones, que va a chocar con otros navíos, a los que, sin embargo, elude sin tocar siquiera, salvando todos los obstáculos como por arte de magia y como si una buena estrella lo guiase en su camino.
Pues bien, un barco semejante llamaría desde luego la atención, sin duda alguna, de todos los demás y cosa igual pasaría con un hombre cualquiera; si como el barco de nuestro cuento, tratase de revelar más presión en sus calderas, más fuego en sus hornillos y firmeza en sus silbatos, más pujanzas en sus máquinas, más vapor en sus escapes, más humo en sus chimeneas y más actividad, rapidez, precisión y arrojo en sus movimientos; en una palabra: un hombre en tales condiciones tendría "MÁS VIDA A LA VISTA" y, por consiguiente, "MAYOR PERSONALIDAD".
He aquí, pues, el secreto de la personalidad; no es una cosa misteriosa, inaccesible o extraordinaria y no es cierto que sea exclusiva de los que ya nacen con ella. Cualquiera puede adquirir personalidad y para lograrlo, le bastará con imitar, hasta donde sea posible, el barco de nuestro ejemplo, siguiendo la fórmula: "PONER MÁS VIDA A LA VISTA"; es decir, todo se reduce a un poco más de espuma y frescura en nuestros sentimientos, a unos cuantos silbatos más sonoros, lo que equivale a mayor seguridad y firmeza en nuestra voz, a otros tantos chorros de vapor que denoten fuerza y energía, y por fin una mayor actividad, viveza, regocijo y arrojo en nuestros movimientos y en nuestras actitudes.
LAS PASIONES
Hemos visto ya cómo nuestro barco navega dirigido casi siempre por los marineros oficiosos del adormilado piloto y los peligros que de tal circunstancia derivan.
Ahora vamos a relacionarnos con otros personajes que también intervienen en la dirección del barco y que, si cabe, son de mayor cuidado que los anteriores.
Cuando el barco de nuestro espíritu es abordado frecuentemente en los puertos que toca, por unos sujetos desarrapados que viajan sin boleto y que son verdaderos POLIZONTES o "trampas".
Estos "trampas" equivalen a las PASIONES; hay algunos buenos y otros malos, pero todos se cuelan furtivamente y ninguno está provisto de pasaporte.
Además, los polizontes son algunas veces tan fuertes y violentos que sólo el piloto podría arrojarlos del barco, pero ya sabemos que nuestro piloto casi nunca lo hará debido a su sempiterna pereza y a su culpable condescendencia; mas, no es todo, a los polizontes les gusta ser pilotos y les encanta dirigir el barco. Para conseguir sus deseos apartan bruscamente a empellones a los marineros, ayudantes oficiosos del piloto y se hacen cargo del gobierno del navío.
Cuando los polizontes son buenos, conducen el barco admirablemente, pero cuando son malos, debido a su pésimo manejo y dirección, lo orillan a los más funestos naufragios que solo el piloto logra evitar, si para nuestra ventura se le ocurre despertar a tiempo.
LOS REFLEJOS
Otro de los nuevos personajes que vamos a conocer es un mono, que constituye la "MASCOTA" de nuestro barco y que representa en el espíritu el "MOVIMIENTO REFLEJO". Este mono sabe hacer algunas cosas, efectuar ciertas maniobras en el navío, tales como izar o arriar una vela, tirar del cordón de una campana, abrir una válvula, hacer funcionar la sirena, desprender y hacer caer el ancla y otros maniobras sencillas que se resuelven en actos simples.
Pero como el mono es solamente un animalito, lo mismo le da hacer las cosas cuando vienen al caso, que cuando son inoportunas o perjudiciales; así obra sin ton ni son, ayudando y prestando valiosos servicios algunas veces, y otras causando desaguisados y cometiendo torpezas.
LA VOLUNTAD
Existe un último personaje en la tripulación del barco de nuestro espíritu que desempeña el cargo de CAPITÁN del navío y que equivale a la VOLUNTAD.
Este postrer personaje no obtuvo su cargo en atención a sus propias cualidades, ni a sus conocimientos, sino por mero favoritismo. De manera que al entrar en servicio carece de competencia y ni siquiera posee cualidades de mando; su aspecto es insignificante y su voz débil, por lo que, al menos en un principio, nadie le hace caso.
Hay algunos capitanes, sin embargo, que con el tiempo y al contacto con los demás tripulantes, van adquiriendo fuerza, dignidad, respetabilidad, voz autoritaria y grandes conocimientos y prudencia, que acaban por permitirles desempeñar bien su cometido, imponiéndose y haciéndose obedecer por todos los personajes del barco.
Desgraciadamente, muchos capitanes se muestran incapaces de reaccionar y perfeccionarse, jamás aprenden su oficio y terminan por convertirse en seres miserables, desvalidos, pesimistas, saturados de resentimientos, a quienes los demás desprecian y dominan con la mayor facilidad.
EL TEMPERAMENTO Y EL CARÁCTER
Supongamos ahora que el barco de nuestro cuento se encuentra en la rada de un gran puerto, de donde parte toda una red intrincada de rutas que conducen, cada una, a las más diversas y variadas regiones. Para salir de la bahía y lanzarse a alta mar, nuestro barco se verá obligado a emprender su navegación por alguna de esas rutas, pero entre todas ellas, ¿cuál escogerá?
Desde luego, el problema es complejo y difícil, y muchas consideraciones entrarán en juego para hacer que la proa del barco enfile por una determinada ruta con preferencia a las otras. Con este motivo se suscitan discusiones más o menos acaloradas entre los diversos tripulantes del navío, en las que toman parte los marineros y ayudantes oficiosos del piloto y maquinista que, como ya sabemos, representan las costumbres, los hábitos, la experiencia, la cultura y la educación.
Otras circunstancias hay también que influyen en la dirección que ha de tomar el barco, entre las que haremos notar la originada por cierta actividad arbitraria de los marineros, quienes aprovechando la ignorancia y debilidad de algunos capitanes y la pereza y complacencia del piloto, izan con frecuencia algunas velas, que cuando los vientos son favorables suman su impulso a la energía de la hélice aumentando la velocidad del navío; mas si son contrarios o éstos cambian, dificultan y embarazan torpemente, tendiendo a desviar la ruta del barco.
Por tales circunstancias, y además por otras causas que son efecto de la propia construcción del navío, éste lleva en sí mismo una tendencia, disposición o inclinación particular a tomar una ruta con preferencia a las otras.
Las CARACTERÍSTICAS DE CONSTRUCCIÓN de cada barco, la manera peculiar de ser de cada uno, es lo que constituye el TEMPERAMENTO y la INCLINACIÓN; la TENDENCIA a escoger determinadas rutas sobre las demás es lo que se llama CARÁCTER.
El carácter depende, pues, del temperamento, o lo que es los mismo, el temperamento es la causa y el carácter el efecto o la consecuencia.
Debido a la multitud de rutas marítimas por las cuales podemos navegar y debido también a la anarquía que suele existir en aquellos buques donde todos los tripulantes, incluso los polizones, quieren mandar, sin que el capitán haya logrado imponerse bien de su oficio, resulta que el barco emprende a veces su ruta equivocadamente por aguas y mares que no van de acuerdo con sus características de construcción, viéndose obligado a devolverse, desandando el camino recorrido para emprender la marcha por uno nuevo.
Aquellos barcos que no han determinado aún su ruta, aquellos que se desvían de ella y van desorientados, los que desandan los itinerarios en un principio escogidos y los que toman destinos a la ligera, que no van de acuerdo ni con el temple ni con las capacidades de su temperamento, guiándose por lo que le aconseja cualesquiera de los tripulantes del barco, sin que entre ellos cuente para nada la voz de mando de un buen capitán que, como representativo de la voluntad, es el único que en estos casos podría dar una orden acertada, son navíos, o mejor dicho, son almas sin carácter.
EL DESTINO
El temperamento y el carácter, las características de construcción y la disposición para navegar por determinadas RUTAS, en relación con el ITINERARIO que en un momento dado sigue el barco de nuestro cuento, nos indica el rumbo, la orientación, la significación que hemos impreso a nuestro DESTINO.
En el mar inmenso de la vida navegan BUQUES DE GUERRA, poderosos y soberbios; CORSARIOS, peligrosos y astutos; PIRATAS, funestos y pérfidos; YATES DE RECREO, lujosos e indolentes, MERCANTES, ávidos y cautelosos; BARCAZAS DE CARGA, pacientes y sufridas; BARCOS EXPLORADORES, románticos y audaces, AVENTUREROS, capaces de todo; y BUQUES FANTASMAS, perdidos y al garete.
Estos últimos llevan frías sus calderas, sus máquinas están muertas y ya no producen energía, y si acaso navegan aún sobre las aguas, se debe tan sólo al impulso de sus velas, caprichosamente izadas por los marineros representativos de los hábitos, de las costumbres y de la rutina.
Tales buques fantasmas son CADÁVERES VIVIENTES, pobres almas vencidas, derrotadas, juguete de todos los vientos, que van esparciendo tras de sí las cenizas apagadas de sus vicios, fracasos o desilusiones y que ya tan sólo esperan el naufragio para acabar de sepultarse en el eterno silencio de las olas.
(Continuará)
* INTRODUCCIÓN
El estudio de la Psicología es de aquellos conocimientos que se elevan, desde luego, a las más encumbradas regiones de la abstracción, haciendo su materia difícil y árida para muchos y casi ininteligible para algunos, en particular para los niños, a quienes se dedica este modesto trabajo.
Por consiguiente, nuestra principal labor será la de esforzarnos en "concretar", hasta donde sea posible, algunos conceptos o tópicos psicológicos, haciéndolos fácil de entender por medio de símiles o comparaciones.
No se espere, sin embargo, encontrar en este humilde ensayo una obra didáctica, ya que sólo se reduce, como su nombre lo indica, a una simple fantasía hecha con el único fin de divertir, acaso con cierta utilidad, a los niños.
El autor.
EL ESPÍRITU
Podríamos comparar el espíritu a un barco que infatigable cruza por el ancho mar, siempre en pos de una rada que le brinde abrigo y paz. Con uno de esos barcos que son verdaderos castillos o palacios flotantes; barcos de potentes máquinas, construidos de metales y maderas preciosas, y que además ostentan una complicada estructura, propia para desplegar sobre ella, un magnífico velamen.
Barcos de vapor y de vela, hechos para la navegación de altura, para cursar airosos las rutas de los siete océanos, para enfrentarse a vientos y borrascas, y para resistir las grandes tempestades.
Barcos ligeros, veloces y audaces, que trasponen todos los horizontes y que se abrazan a la salobre superficie de las ondas, disputándose el imperio de las aguas.
Hasta que un día, vencidos y maltrechos, después de tanto navegar, acaban por hundirse en el abismo de la muerte, tragados por una ola irresistible; o hechos pedazos, van a salpicar con sus entrañas, la solitaria playa de un rincón cualquiera del universo mundo, donde el decurso de los años se encargará, por fin, de cubrirlos piadosamente con una capa de arena... y otra de olvido.
LAS TRES FACULTADES
Tres clases de materiales entran fundamentalmente en la construcción de nuestro barco: a saber: el HIERRO, la MADERA y la PINTURA.
Así también el espíritu se compone de tres facultades o funciones que son QUERER, SENTIR y PENSAR, a las que corresponden, respectivamente, un conjunto de VOLICIONES, SENTIMIENTOS y PENSAMIENTOS.
Examinando la importancia y distribución de cada uno de estos tres elementos, tenemos desde luego el HIERRO, es decir, las VOLICIONES, como material casi exclusivo de las máquinas, centro motriz del barco y lugar donde residen sus más potentes energías.
Enseguida tenemos a la MADERA, o lo que es lo mismo, los SENTIMIENTOS, que forman el casco, la cubierta, los mástiles y demás partes que dan cuerpo al navío.
Por último, tenemos a la PINTURA, que representa los PENSAMIENTOS y que, desgraciadamente, a veces es tan escasa que en algunos barcos casi no se percibe, a pesar de su evidente utilidad, al conservar y preservar los otros materiales que recubre y a los que da brillo y lucimiento.
Como consecuencia práctica de lo anterior, debemos tener presente que para influir sobre el espíritu de alguna persona o para explicarnos el móvil de su conducta, o la razón de ser de su actitud, ante todo y en primer lugar habremos de investigar lo que ella desea, enseguida lo que siente y, por último, lo que piensa; aunque en rigor, para darnos cuenta cabal de lo poco influyentes que son generalmente los pensamientos al menos en el "hombre de la calle" o en el "hombre vulgar", esta tercera investigación podría suprimirse en la mayoría de los casos que nos presenta la vida, sin que por ello sufriese mucho la exactitud de nuestro juicio.
Así como un barco necesita un PILOTO y un MAQUINISTA, también el espíritu necesita un piloto que lo dirija y que se llama INSTINTO DE CONSERVACIÓN y un maquinista que se encargue del buen funcionamiento de los motores y procure mantener siempre vivo el fogón de las calderas y que se llama INSTINTO DE SOCIABILIDAD.
El primero de estos personajes es un gigantón tosco y brutal; nació ya con todos los conocimientos necesarios para guiar el buque con el mayor acierto. Es absolutamente infalible cuando obra y hace las cosas a la perfección, pero desgraciadamente nuestro piloto es un perezoso empedernido durmiendo y evitándose todo el trabajo que puede, para lo cual recorre con frecuencia los diversos departamentos del barco y obtiene MARINEROS oficiosos dispuestos a servirle, que representan los HÁBITOS, las COSTUMBRES, la EXPERIENCIA, la CULTURA y la EDUCACIÓN, en general.
Estos marineros, contratados aquí y allá, en los distintos puertos donde ha anclado el barco, sin exigírseles carta de recomendación alguna, tienen grandes deseos de llegar a ser pilotos y de conducir por sí solos un navío; por tal motivo, e impulsados por su afición, se aprovechan de las complacencias y de la pereza del piloto, esforzándose a suplir sus funciones y así tenemos que nuestro espíritu no es guiado como debiera, por su legítimo y verdadero piloto, sino que aquél queda en manos más o menos inexpertas, que son las que lo conducen, sabe Dios como, a través de su azaroso camino.
Algunas veces sucede, por ejemplo, que se pica el mar, desatándose la borrasca; en tales circunstancias la falta de pericia de los marineros oficiosos del piloto ponen al barco en inminente peligro de hundirse. Pues bien, en esos casos de absoluta emergencia, acontece, por regla general, que el piloto se despereza, despertando de su sueño y en el instante mismo que lo hace, todo se arregla como por encanto, porque con precisión infalible y maestría insuperable enfila el navío y capea la marejada, hasta que una vez recobrado el equilibrio y normalizada la marcha, fuera de todo peligro, entrega de nuevo la rueda del timón a sus torpes ayudantes y, como de costumbre, se hecha por allí a seguir su interrumpido sueño.
Hay ocasiones terribles, sin embargo, en que el adormilado piloto suele no despertar, ni aún en estos casos de gravísimo peligro y si por mala fortuna tal cosa llegare a suceder, el barco se hundiría sin remedio y el naufragio se consumaría, sin que nada ni nadie pudiere evitarlo.
Tal sucede en el espíritu acobardado de los suicidas y en el exaltado de los temerarios, en los que el piloto se queda dormido y el instinto de conservación no reacciona ni actúa para evitar la catástrofe.
Pero veamos ahora al MAQUINISTA de nuestra alma, el INSTINTO DE SOCIABILIDAD. Ese es un hombrecillo menudo, nervioso y extraordinariamente inquieto; no tiene mucha fuerza, pero su agilidad es asombrosa y su espíritu de mando y de organización son admirables.
Si alguna vez llegare a fallar el maquinista o simplemente a descuidar su ímprobo trabajo, las calderas se enfriarían rápidamente y su presión decrecería al grado de que la fuerza del vapor resultaría insuficiente para que las máquinas se movieran por sí solas.
Cierto que los múltiples marineros oficiosos del piloto, en su afán de intromisión, penetran algunas veces al departamento de las calderas y motores y tratan de ayudar, también el maquinista, pero como éste casi nuca descuida sus labores, el trabajo principal lo hace siempre personalmente: y su atingencia y pericia jamás podrían ser sustituidos eficientemente ni por todos los ayudantes juntos.
Sin el instinto de sociabilidad el hombre se iría aislando poco a poco de sus semejantes; nunca se habría reunido en comunidades y las facultades de su espíritu irán decreciendo, faltas de estímulo y desarrollo, hasta caer, por último, en una estupidez rayana y sólo comparable a la de los animales.
LA PERSONALIDAD
Vamos a suponer que nos encontramos en un gran puerto donde existen y se mueven muchos barcos, pero entre todos hay uno que parece mantener sus calderas al máximo de presión, según revela la viveza de sus impulsos; su quilla corta como afilado puñal la superficie de las aguas, el vapor escapa por sus válvulas continuamente formando nubes a su alrededor, el humo negro de las chimeneas contrasta con la blancura del vapor y se eleva en espesas volutas hacia el cielo; fuerte, potente, enérgico, lanza su sirena a los aires y todo en él indica seguridad, confianza en sí mismo, resolución, perfecto funcionamiento y agilidad. Además, este barco se mueve con mayor diligencia que los otros, está como poseído de una febril actividad consciente y gozosa; dirigiéndose afanoso y alegre en mil direcciones.
Por otra parte, vemos con ansiedad que este barco, que todo lo hace rápida y fácilmente, se precipita por doquiera sin temor, haciéndonos creer, en ocasiones, que va a chocar con otros navíos, a los que, sin embargo, elude sin tocar siquiera, salvando todos los obstáculos como por arte de magia y como si una buena estrella lo guiase en su camino.
Pues bien, un barco semejante llamaría desde luego la atención, sin duda alguna, de todos los demás y cosa igual pasaría con un hombre cualquiera; si como el barco de nuestro cuento, tratase de revelar más presión en sus calderas, más fuego en sus hornillos y firmeza en sus silbatos, más pujanzas en sus máquinas, más vapor en sus escapes, más humo en sus chimeneas y más actividad, rapidez, precisión y arrojo en sus movimientos; en una palabra: un hombre en tales condiciones tendría "MÁS VIDA A LA VISTA" y, por consiguiente, "MAYOR PERSONALIDAD".
He aquí, pues, el secreto de la personalidad; no es una cosa misteriosa, inaccesible o extraordinaria y no es cierto que sea exclusiva de los que ya nacen con ella. Cualquiera puede adquirir personalidad y para lograrlo, le bastará con imitar, hasta donde sea posible, el barco de nuestro ejemplo, siguiendo la fórmula: "PONER MÁS VIDA A LA VISTA"; es decir, todo se reduce a un poco más de espuma y frescura en nuestros sentimientos, a unos cuantos silbatos más sonoros, lo que equivale a mayor seguridad y firmeza en nuestra voz, a otros tantos chorros de vapor que denoten fuerza y energía, y por fin una mayor actividad, viveza, regocijo y arrojo en nuestros movimientos y en nuestras actitudes.
LAS PASIONES
Hemos visto ya cómo nuestro barco navega dirigido casi siempre por los marineros oficiosos del adormilado piloto y los peligros que de tal circunstancia derivan.
Ahora vamos a relacionarnos con otros personajes que también intervienen en la dirección del barco y que, si cabe, son de mayor cuidado que los anteriores.
Cuando el barco de nuestro espíritu es abordado frecuentemente en los puertos que toca, por unos sujetos desarrapados que viajan sin boleto y que son verdaderos POLIZONTES o "trampas".
Estos "trampas" equivalen a las PASIONES; hay algunos buenos y otros malos, pero todos se cuelan furtivamente y ninguno está provisto de pasaporte.
Además, los polizontes son algunas veces tan fuertes y violentos que sólo el piloto podría arrojarlos del barco, pero ya sabemos que nuestro piloto casi nunca lo hará debido a su sempiterna pereza y a su culpable condescendencia; mas, no es todo, a los polizontes les gusta ser pilotos y les encanta dirigir el barco. Para conseguir sus deseos apartan bruscamente a empellones a los marineros, ayudantes oficiosos del piloto y se hacen cargo del gobierno del navío.
Cuando los polizontes son buenos, conducen el barco admirablemente, pero cuando son malos, debido a su pésimo manejo y dirección, lo orillan a los más funestos naufragios que solo el piloto logra evitar, si para nuestra ventura se le ocurre despertar a tiempo.
LOS REFLEJOS
Otro de los nuevos personajes que vamos a conocer es un mono, que constituye la "MASCOTA" de nuestro barco y que representa en el espíritu el "MOVIMIENTO REFLEJO". Este mono sabe hacer algunas cosas, efectuar ciertas maniobras en el navío, tales como izar o arriar una vela, tirar del cordón de una campana, abrir una válvula, hacer funcionar la sirena, desprender y hacer caer el ancla y otros maniobras sencillas que se resuelven en actos simples.
Pero como el mono es solamente un animalito, lo mismo le da hacer las cosas cuando vienen al caso, que cuando son inoportunas o perjudiciales; así obra sin ton ni son, ayudando y prestando valiosos servicios algunas veces, y otras causando desaguisados y cometiendo torpezas.
LA VOLUNTAD
Existe un último personaje en la tripulación del barco de nuestro espíritu que desempeña el cargo de CAPITÁN del navío y que equivale a la VOLUNTAD.
Este postrer personaje no obtuvo su cargo en atención a sus propias cualidades, ni a sus conocimientos, sino por mero favoritismo. De manera que al entrar en servicio carece de competencia y ni siquiera posee cualidades de mando; su aspecto es insignificante y su voz débil, por lo que, al menos en un principio, nadie le hace caso.
Hay algunos capitanes, sin embargo, que con el tiempo y al contacto con los demás tripulantes, van adquiriendo fuerza, dignidad, respetabilidad, voz autoritaria y grandes conocimientos y prudencia, que acaban por permitirles desempeñar bien su cometido, imponiéndose y haciéndose obedecer por todos los personajes del barco.
Desgraciadamente, muchos capitanes se muestran incapaces de reaccionar y perfeccionarse, jamás aprenden su oficio y terminan por convertirse en seres miserables, desvalidos, pesimistas, saturados de resentimientos, a quienes los demás desprecian y dominan con la mayor facilidad.
EL TEMPERAMENTO Y EL CARÁCTER
Supongamos ahora que el barco de nuestro cuento se encuentra en la rada de un gran puerto, de donde parte toda una red intrincada de rutas que conducen, cada una, a las más diversas y variadas regiones. Para salir de la bahía y lanzarse a alta mar, nuestro barco se verá obligado a emprender su navegación por alguna de esas rutas, pero entre todas ellas, ¿cuál escogerá?
Desde luego, el problema es complejo y difícil, y muchas consideraciones entrarán en juego para hacer que la proa del barco enfile por una determinada ruta con preferencia a las otras. Con este motivo se suscitan discusiones más o menos acaloradas entre los diversos tripulantes del navío, en las que toman parte los marineros y ayudantes oficiosos del piloto y maquinista que, como ya sabemos, representan las costumbres, los hábitos, la experiencia, la cultura y la educación.
Otras circunstancias hay también que influyen en la dirección que ha de tomar el barco, entre las que haremos notar la originada por cierta actividad arbitraria de los marineros, quienes aprovechando la ignorancia y debilidad de algunos capitanes y la pereza y complacencia del piloto, izan con frecuencia algunas velas, que cuando los vientos son favorables suman su impulso a la energía de la hélice aumentando la velocidad del navío; mas si son contrarios o éstos cambian, dificultan y embarazan torpemente, tendiendo a desviar la ruta del barco.
Por tales circunstancias, y además por otras causas que son efecto de la propia construcción del navío, éste lleva en sí mismo una tendencia, disposición o inclinación particular a tomar una ruta con preferencia a las otras.
Las CARACTERÍSTICAS DE CONSTRUCCIÓN de cada barco, la manera peculiar de ser de cada uno, es lo que constituye el TEMPERAMENTO y la INCLINACIÓN; la TENDENCIA a escoger determinadas rutas sobre las demás es lo que se llama CARÁCTER.
El carácter depende, pues, del temperamento, o lo que es los mismo, el temperamento es la causa y el carácter el efecto o la consecuencia.
Debido a la multitud de rutas marítimas por las cuales podemos navegar y debido también a la anarquía que suele existir en aquellos buques donde todos los tripulantes, incluso los polizones, quieren mandar, sin que el capitán haya logrado imponerse bien de su oficio, resulta que el barco emprende a veces su ruta equivocadamente por aguas y mares que no van de acuerdo con sus características de construcción, viéndose obligado a devolverse, desandando el camino recorrido para emprender la marcha por uno nuevo.
Aquellos barcos que no han determinado aún su ruta, aquellos que se desvían de ella y van desorientados, los que desandan los itinerarios en un principio escogidos y los que toman destinos a la ligera, que no van de acuerdo ni con el temple ni con las capacidades de su temperamento, guiándose por lo que le aconseja cualesquiera de los tripulantes del barco, sin que entre ellos cuente para nada la voz de mando de un buen capitán que, como representativo de la voluntad, es el único que en estos casos podría dar una orden acertada, son navíos, o mejor dicho, son almas sin carácter.
EL DESTINO
El temperamento y el carácter, las características de construcción y la disposición para navegar por determinadas RUTAS, en relación con el ITINERARIO que en un momento dado sigue el barco de nuestro cuento, nos indica el rumbo, la orientación, la significación que hemos impreso a nuestro DESTINO.
En el mar inmenso de la vida navegan BUQUES DE GUERRA, poderosos y soberbios; CORSARIOS, peligrosos y astutos; PIRATAS, funestos y pérfidos; YATES DE RECREO, lujosos e indolentes, MERCANTES, ávidos y cautelosos; BARCAZAS DE CARGA, pacientes y sufridas; BARCOS EXPLORADORES, románticos y audaces, AVENTUREROS, capaces de todo; y BUQUES FANTASMAS, perdidos y al garete.
Estos últimos llevan frías sus calderas, sus máquinas están muertas y ya no producen energía, y si acaso navegan aún sobre las aguas, se debe tan sólo al impulso de sus velas, caprichosamente izadas por los marineros representativos de los hábitos, de las costumbres y de la rutina.
Tales buques fantasmas son CADÁVERES VIVIENTES, pobres almas vencidas, derrotadas, juguete de todos los vientos, que van esparciendo tras de sí las cenizas apagadas de sus vicios, fracasos o desilusiones y que ya tan sólo esperan el naufragio para acabar de sepultarse en el eterno silencio de las olas.
(Continuará)