Opinión / Columna
 
Ecos Lejanos 
Gabriela Mora Guillén 
Haití
El Sol de México
17 de enero de 2010

  El pasado martes 12 la naturaleza nos ha dado otra lección al recordarnos que, pese a todos los avances tecnológicos, cualquier grado superdotado de inteligencia, por mayor valentía, arrojo y reto que un ser humano pueda poseer, ante su fuerza, furia y poder no hay nada que hacer.

Esta vez uno de los países más pobres del orbe, cuyos habitantes viven la pobreza extrema en un porcentaje muy superior al de nuestro México -lo cual ciertamente no implica mayor consuelo nosotros-, acostumbrados a enfrentar y debatir constantes adversidades, Haití ha revivido en nosotros aquella trágica mañana del 19 y la tarde del 20 de septiembre de 1985. Indudablemente aquel terremoto que devastó a la Ciudad de México fue para nosotros una de las más amargas y dolorosas experiencias a las que la vida nos pueda enfrentar... Irremediablemente marcó nuestras vidas.

Así pues, el pueblo mexicano conoce muy bien lo que hoy miles de personas sufren en Haití, cuya capital, Puerto Príncipe, y algunas otras regiones de su territorio se contemplan totalmente devastadas.

Haití, decíamos, es el país más pobre de América Latina y de Occidente; según cifras de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), es una de las naciones con Índice de Desarrollo Humano más reducido. El PIB per cápita es de tan sólo mil 350 dólares anuales lo que denota que el poder adquisitivo de los haitianos está francamente disminuido.

Sabemos que este fenómeno que alcanzó los 7 grados en escala de Ritcher representa la mayor tragedia que ha sufrido el país y una de las más graves en la historia de América Latina, habiendo afectado a poco más de tres millones de haitianos, además de causar la muerte a más de 100 mil personas de todo tipo, raza, religión, condición social y más aun, nacionalidad. La población de Haití se conformaba por cerca de 9 millones 700 mil habitantes: el 30 por ciento de la sociedad resultó afectada y es posible concluir que alrededor del 1 por ciento de los habitantes del país murieron en la catástrofe.

Indudablemente el terremoto en Haití es una herida profunda para el mundo, para Latinoamérica y principalmente, para la historia de esa abatida nación que nunca volverá a ser la misma.

México se solidariza con Haití, y nuevamente esbozamos una luz de esperanza al contemplar la generosidad y el apoyo de nuestro pueblo para con sus hermanos en desgracia: ante la debacle el mundo ratifica la solidaridad de los mexicanos resurgiendo el orgullo y el afecto que en la unión somos capaces de brindar, lo cual nos lleva a pensar que juntos pudiéramos lograr cualquier reto, podríamos vencer cuanto obstáculo se nos presentase en el camino, en verdad tendríamos todo para salir adelante pensando en esta, nuestra nación.

No obstante, el ejemplo del mundo ha sido verdaderamente loable y Haití ha recibido ayuda de las más diversas naciones: Rusia ha enviado al menos tres aviones con víveres y un hospital móvil; Brasil ha hecho lo propio al mandar dos aviones; Reino Unido anunció la donación de 6.15 millones de libras, equivalentes a 10.5 millones de dólares; Estados Unidos también dispuso la aportación de 100 millones de dólares y el envío de 300 médicos y paramédicos, mientras que la organización Médicos sin Fronteras se sumó a la causa, enviando equipo de apoyo y personal galeno.

Si estos hombres y mujeres del mundo fuéramos diferentes; si esta solidaridad se tuviera presente en todo momento y en cualquier acto de la vida de los seres humanos, sin duda alguna el mundo sería mejor. ¿Por qué tanto egoísmo y envidia en nuestras vidas? ¿Por qué nos complicamos y no nos ayudamos mas que cuando la situación es irremediable?

Hoy la tragedia de Haití nos enseña que aun hay valores y sensibilidad en los seres humanos. Llorando la tragedia aprendamos de esta nueva lección.

gamogui@hotmail.com
 
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