Opinión / Columna
 
Pablo Marentes 
Expertos
El Sol de México
11 de noviembre de 2009

  Benjamín Franklin, en 1756, afirmó que el hombre maduro tiene dos certezas irrebatibles: que se va a morir y que tiene que pagar impuestos. La conclusión ineludible es que cualquier hombre que carezca de una o de ambas certezas, es un hombre inmaduro. Un hombre inmaduro es quien asesina a mujeres en Ciudad Juárez porque le negaron sus "favores" ahí y entonces: enseguidita. Es inmaduro, el individuo incapaz de posponer sus necesidades primarias y también el que no cumple con sus obligaciones. Sus papás no lo formaron como un hombre social, sino como un tiranuelo quien se merece todo en el instante que pide o rechaza.

Alexander Hamilton, el primer secretario del Tesoro -secretario de Hacienda- de Estados Unidos, supo de la afirmación del sabio Don Benjamín y diseñó el sistema de recaudación de impuestos que desde entonces funciona en su país, fundado en 1776 en torno a una innovadora estructura estatal que se denomina Sistema Federal. Con algunas innovaciones tecnológicas que van desde la recaudación mediante fórmulas estadísticas, hasta el registro computarizado de datos, el sistema fiscal estadunidense es el mismo.

El Internal Revenue Service estadunidense es implacable. No fue el FBI del policía secreto Eliot Ness el que exterminó a los mafiosos de Chicago. Fueron los agentes del Servicio de Recaudación Fiscal quienes denunciaron que Al Capone no pagaba impuestos y lo metieron a la cárcel de alta seguridad de la isla de Alcatraz, en la Bahía de San Francisco. Los mismos que recluyeron 18 meses en la cárcel a la iracunda Leona Hemsley, la dueña de la cadena de hoteles más exclusiva de Manhattan, la intermediaria para el arrendamiento de los pisos del Empire State, la millonaria número 250 de Estados Unidos, quien se negaba a pagar al fisco porque "Sólo las personas menores pagan impuestos".

A los que especulan en la bolsa y no pagan impuestos, les convendría saber que fueron los mismos investigadores fiscales quienes recluyeron a Martha Stewart, la consejera culinaria y "de estilo" más acaudalada del mundo, porque le descubrieron que empleó información privilegiada para hacer transacciones bursátiles que le produjeron decenas de millones de dólares.

Cuando Felipe Calderón Hinojosa, desde la cúspide de poder político que preside, afirmó que la mayoría de las grandes empresas sólo pagan el 1.8 por ciento de impuestos, el presidente, Armando Paredes, del Consejo Coordinador Empresarial, lo desmintió aduciendo que el secretario Carstens -"Hacienda y Crédito Público"- le había proporcionado datos imprecisos. Esa imprecisión, según el presidente Paredes, causó la tensión entre el Ejecutivo federal, los consorcios empresariales y los hombres de negocios más importantes. "El 1.8 por ciento es lo que pagan por los ingresos, no por las utilidades", quiso aclarar Paredes. Pero Paredes no mencionó el monto de las utilidades. Seguramente porque Paredes compartió, hasta entonces, el criterio de la Leona Hemsley de que "sólo la gente menor paga impuestos."

Conforme pasaron los días, las imprecisiones presidenciales fueron convirtiéndose en verdades precisiones y certezas mediante sencillas explicaciones. Algún honesto excepcional de la cúpula empresarial aceptó que, en efecto, algunos de sus colegas abusan de los agujeros que tienen las leyes fiscales para eludir impuestos. Los empresarios no son delincuentes fiscales, dijo. Sólo practican la elusión fiscal, lo que suena como un pasatiempo delicioso. Días después, ya en este noviembre de borrascas y diluvios, Carstens explicó que un ejército de contadores expertos en elusión fiscal -es decir, conocedores de los hoyos negros con que están horadadas las disposiciones fiscales-- recomienda a los corporativos una estrategia agresiva que la mayoría aprovecha para pagar menores impuestos.

Los consejos de esos expertos contadores a los empresarios para que paguen la menor cantidad posible de impuestos, son iguales a los que podrían dar los agentes del Ministerio Público, federales y locales, en seminarios abiertos a todo público y a ladrones, defraudadores y asesinos, para indicarles cuáles son los agujeros de las leyes penales y de las normas procesales que les permitirían delinquir y resultar impunes. Y los ministerios públicos saben tanto de elusión penal, como los contadores de elusión fiscal. Ambos tipos de expertos estarían haciendo lo mismo.

Los colegios de contadores tendrían que actuar como la conciencia moral de sus afiliados. Y recordarles a los peritos en elusión que para hacerse expertos en esa especialidad no era necesario cursar la carrera. Los delincuentes no van a universidades ni a institutos de enseñanza superior a aprender cómo cometer delitos. La delincuencia es una vocación anterior.

ticobrae@gmail.com
 
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