Opinión / Columna
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Enrique Hett
El polvo del muro caído (El mundo al vuelo)
Organización Editorial Mexicana
10 de noviembre de 2009
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No se puede esquivar un tema que pertenece propiamente a la historia, pero que la actualidad hace inevitable. No se puede, aunque indudablemente todo ha sido dicho ya sobre la caída del Muro de Berlín, cuyo vigésimo aniversario se celebró ayer, nueve de noviembre.
Sólo queda hacer algunas observaciones personales y no tan personales.
Decir, por ejemplo, que sí están sumamente presentes los numerosos efectos del proceso que dicho acontecimiento ha sido transformado en símbolo, muchas de las lecciones que debía enseñarnos han sido olvidadas.
Se repitió hasta la saciedad que no se debía construir tales muros, porque separan a las personas y a los pueblos, causando terribles sufrimientos individuales y colectivos, sin, en definitiva, proteger realmente a nadie.
Veinte años después se multiplican en el mundo entero, incluso hay varios "muros de la vergüenza". Ya vendrá la hora de su caída. Esperemos que no sea demasiado tarde.
Los europeos, que se conforman muy bien con los nuevos muros, decidieron festejar con gran lujo mediático la caída del de Berlín en una magna "fiesta de la libertad".
Cabe notar que a dicha celebración, que reúne a la crema y nata de los dirigentes europeos, no vino Obama. Su ausencia no puede no ser deliberada, luego significativa. Por lo pronto, parece confirmar que este presidente norteamericano se siente más alejado del viejo continente que sus predecesores.
Porque más que una celebración mundial, es una fiesta europea. Es lógico, los únicos que ganaron, casi sin perder nada, son los europeos. Estados Unidos ganó muchísimo, pero perdió un adversario que daba sentido a su acción internacional y excusaba todos sus excesos.
Pero si por su construcción misma y el papel que jugó, ese muro tuvo siempre un valor simbólico -negativo-, su caída cambió el signo a positivo, permitiéndole así ocupar el espacio histórico y simbólico del proceso del cual era sólo un aspecto.
De esa manera, lo que había sido un proceso que Gorbachov y sus partidarios en Rusia y en los países del Este lograron mantener en un cauce pacífico, a pesar de haber sido desbordados constantemente, se ha vuelto una proeza de los berlineses. Se sustituyó así una desintegración administrada burocráticamente por una imagen épica.
Las poblaciones de los países del este, particularmente la de Polonia, tuvieron ciertamente una participación importante en el proceso. Pero fue únicamente un factor coadyuvante del impulso principal que fue dado por la dirección soviética.
Dicha sustitución permitió además profundizar el proceso de desintegración de la misma Rusia. Principales resultados: el aislamiento de Rusia, transformada en un factor de inestabilidad en Europa y de rivalidad mundial.
La "caída del muro" permitió a toda una parte de Europa y poco a poco a Rusia misma acceder a las libertades y poderes democráticos.
Hizo de Alemania, aunque no ha logrado asimilar aún totalmente a su mitad del Este, una potencia desmesurada en Europa. Al grado que dirigentes con tan pocos objetivos afines como François Mitterrand y Margaret Thatcher hicieron lo que pudieron, en vano, para retrasar su reunificación lo más posible.
Mucho albergaron grandes esperanzas que el mundo sería mejor. Es mejor, en muchos sentidos, es peor, en otros.
La principal pérdida causada por el fin de la Unión Soviética es de un modelo, que aunque era en gran parte imaginario, permitía a los explotados y sometidos combatir con mucha más eficacia que actualmente. Limitaba también los peores excesos sociales del capitalismo. El comunismo inspiraba un santo temor, que se ha perdido.
En realidad, el fin de la bipolaridad ha creado un mundo más libre, más desigual, más anárquico, más imprevisible, más peligroso.
mehcbv@email.com
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